El negocio de la B

Por eso, jugar la B es como ganarse la lotería. Con todo lo recibido arman equipos de medio pelo, juegan por cumplir con la competir y sobreponen la excusa del otro año será. Para los dirigentes de esos equipos los saldos en rojos son cosas del pasado.

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

El fútbol se transformó, no es el mismo de antes. Colombia no es ajena a ese fenómeno y por ende una serie de hechos son aplicables de forma exclusiva al fútbol criollo. Como por ejemplo, jugar en segunda división y sentirse de primera. Pero no propiamente por lo deportivo sino por lo que allí acarrea en otras esferas, sobre todo si es una escuadra fundadora del fútbol profesional, de tránsito largo por la A y que por azares del destino fue condenada al indeseable descenso. Aunque esos fracasos, últimamente, han hecho que los equipos rebajados de categoría se “caigan” para arriba.

Lo anterior por el boom que en lo económico ha tenido el rentado colombiano en los últimos años. La llegada de Postobón como patrocinador oficial se suma la llegada de Direct TV como el proveedor de las transmisiones oficiales. Esos dos “cocos” llenan las arcas de la Dimayor, pero a decir verdad poco se trasmite en el espectáculo que brinda. Es duro decirlo pero mucha plata sobre la mesa para un fútbol pobre, atrasado, lento y aburridor. En buena hora se le aparecieron los verdes a Jesurum y su corte.

Sin embargo, ese dineral ha caído de perlas a una serie de equipos tradicionales y considerados de primera división que deambulan por un campeonato difícil y tortuoso. Suena extraño pero para esos equipos clásicos resulta un negocio permanecer en ese torneo. América, Cortuluá, Bucaramanga, Unión Magdalena, Pereira y el recién sumado a la lista Real Cartagena no sufren allí lo que viven otras escuadras. Viven como reyes en un torneo de plebeyos. Todo lo tienen servido: tiquetes aéreos, alojamientos, dinero de patrocinio y de televisión para su buen accionar en la categoría. Mientras tanto, otros recorren la geografía nacional en bus y con hambre sobrepasan incluso, equipos que han alcanzado los doce pergaminos.

Por eso, jugar la B es como ganarse la lotería. Con todo lo recibido arman equipos de medio pelo, juegan por cumplir con la competir y sobreponen la excusa del otro año será. Para los dirigentes de esos equipos los saldos en rojos son cosas del pasado. Puede ser contradictorio pero la B cayó como respiro económico y no como un castigo.

Mientras tanto el seguidor sufre. El argumento demagógico que los equipos son de los hinchas aplica solo para algunas escuadras. Muchos clubes se convirtieron en la caja menor o el patrimonio de unos individuos que abogan por el calor y el apoyo de una fanaticada pero solo para satisfacer sus finanzas personales; o las de una familia. Por eso, resulta curioso que algunos de los equipos mencionados, tienen algo en común: pertenecen a individuos o familias  de apellido con negocios en otras esferas y están en la segunda división. Eduardo Dávila en el Unión, los Rendón en Cartagena, los López en el Pereira y en su momento Óscar Martán en Cortuluá y la familia Cadena en Bucaramanga son blanco de la discordia de las hinchadas respectivas por su falta de amor por los clubes, otrora patrimonio cívico de las regiones que representan.

Así pues irse al descenso no es ningún castigo en Colombia, se convirtió en todo un premio. Tan solo por efectos de televisión, los clase A reciben al año casi 2500 millones de pesos. Un botín que no se refleja en la razón de ser de esos equipos: el fútbol. Dineros que en ocasiones, son usados para tapar huecos o deudas ajenas a lo futbolístico.

De ese modo, no sea extraño ver que año tras año la B en Colombia se llena de equipos históricos mientras que la Liga se fortalece con equipos que nunca se les pasó por la cabeza llegar algún día al profesionalismo. Los papeles se están invirtiendo, pero está claro, en la cancha se puede perder, afuera todo es ganancia, los dirigentes de fútbol en definitiva siempre van a sumar de a tres.