Según esa visión del mundo, la única salida es volver a controlarlo todo, empezando por la vida privada de los individuos, hasta llegar a la letra de las constituciones políticas. En ese terreno se mezclan la política, la religión y los prejuicios particulares, dando lugar a una madeja difícil de desenredar.Por: Gustavo Colorado
Dependiendo de las distintas concepciones y corrientes políticas, la figura y el papel del Estado admiten comparaciones con el rol ejercido por el padre al interior del núcleo familiar. Tenemos, por ejemplo, al padre irresponsable y desentendido de la prole que deja en manos de la selección natural la posibilidad de supervivencia de sus críos. En segundo lugar aparece el papá controlador, empeñado en determinar cada uno de los pasos y decisiones de sus descendientes, sin dejar resquicio alguno para el ejercicio del libre albedrío. Existe también el progenitor sin carácter, incapaz de establecer los mínimos parámetros de convivencia entre los integrantes del clan. Finalmente está el padre proveedor, atento siempre a satisfacer los deseos y caprichos de los suyos con la esperanza de conquistar así su lealtad.
La primera categoría correspondería a los gobiernos ultra liberales, convencidos del poder casi mágico de las fuerzas del mercado para regular el curso de los intereses en pugna. El resultado más reciente de esa visión se manifiesta en el caos desatado por la especulación financiera y la desregulación laboral. Al desaparecer los controles básicos, la ambición sin medida y la búsqueda de dinero rápido se convirtieron en la medida de todas las cosas y en la causa de la disolución de los mínimos patrones éticos.
Como resultado de lo anterior, reviven los Estados inspirados en ideologías conservadoras. Según esa visión del mundo, la única salida es volver a controlarlo todo, empezando por la vida privada de los individuos, hasta llegar a la letra de las constituciones políticas. En ese terreno se mezclan la política, la religión y los prejuicios particulares, dando lugar a una madeja difícil de desenredar. Eso explica porqué funcionarios públicos como el Procurador Ordóñez se pronuncian en igual medida sobre las corrupción al interior del gobierno y el derecho de las mujeres a practicarse o no un aborto: para personas como él, ambas cosas pertenecen a la misma esfera.
En el tercer plano emergen los Estados amorfos. Empecinados en quedar bien con todo el mundo, acaban por perder el control, ganándose así la hostilidad de todas las partes del cuerpo social. Muy pronto se convierten en un buen pretexto para los nostálgicos del autoritarismo, dispuestos a patrocinar cualquier atrocidad con tal de recuperar el orden perdido. Modelos como el comunismo, el fascismo o el nacionalismo surgieron en circunstancias de esa índole. Basta un ejemplo: la llegada de Castro al poder en la Cuba de Batista fue facilitada por el ambiente de laxitud propio de un lugar habituado de suyo a funcionar menos como un país y más como un prostíbulo y un paraíso de mafiosos norteamericanos
Y el último, pero no menos importante, es el Estado proveedor. Su versión moderna nace de una interpretación amañada de un modelo tan exitoso como el New Deal validado por F.D. Roosvelt en los Estados Unidos. En el caso norteamericano se trataba de conjugar la capacidad de producir bienes materiales demostrada por el capitalismo industrial con el sentido de justicia económica propuesto por los socialistas. La idea anclaba en el más puro pragmatismo: unos ciudadanos con capacidad de consumo disponen de las herramientas para perpetuar el sistema.
No es ese el caso de países como Colombia, donde la multiplicación de los subsidios exonera a los gobiernos de la responsabilidad de crear condiciones reales para el progreso de todos. Y no se trata aquí de una declaración retórica. Basta con cruzar los indicadores de crecimiento económico, los niveles de concentración de riqueza y consiguiente desigualdad en la distribución de la misma para captar la diferencia entre el modelo de un Estado generador de oportunidades y otro proveedor de recursos para no morirse de hambre. Es la misma diferencia entre un orden social y político que valora el papel del ciudadano como constructor de sociedad y otro que concibe la inversión social en términos de réditos electorales. Hagan el ejercicio con el modelo de vivienda gratuita. Calculen cuántos votos reporta cada familia beneficiaria y saquen sus propias conclusiones.
No es ese el caso de países como Colombia, donde la multiplicación de los subsidios exonera a los gobiernos de la responsabilidad de crear condiciones reales para el progreso de todos. Y no se trata aquí de una declaración retórica. Basta con cruzar los indicadores de crecimiento económico, los niveles de concentración de riqueza y consiguiente desigualdad en la distribución de la misma para captar la diferencia entre el modelo de un Estado generador de oportunidades y otro proveedor de recursos para no morirse de hambre. Es la misma diferencia entre un orden social y político que valora el papel del ciudadano como constructor de sociedad y otro que concibe la inversión social en términos de réditos electorales. Hagan el ejercicio con el modelo de vivienda gratuita. Calculen cuántos votos reporta cada familia beneficiaria y saquen sus propias conclusiones.

