El poder de joder

GUSTAVOCOLORADOA Orozco se le dio la espalda, no porque sus propuestas carecieran de validez. Simplemente  no entraban en consonancia con los compromisos pactados por la nueva administración.

Por: Gustavo Colorado

Tal vez con exceso de idealismo, algunos  forjadores de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX concibieron el poder como una herramienta diseñada para  gestionar los intereses de las distintas fuerzas sociales del momento en unas condiciones de equilibrio conseguidas, entre otros mecanismos, a través de la figura de pesos y contrapesos.

Exceso de idealismo, digo, porque en realidad la búsqueda del poder echa sus raíces en facetas más oscuras y profundas de la condición humana. De hecho, la fuerza que nos empuja a competir y a primar sobre los demás a cualquier precio, incluido el de la vida propia y ajena, está ubicada en la corteza más primitiva del cerebro. Ese detalle nos convierte en parientes cercanos de los lagartos. Como para no hacerse muchas ilusiones, dado el carácter depredador de estos bichos.

Por eso me asusto cuando escucho hablar de los altos intereses de la patria, la ciudad o la región. Algo muy peligroso alienta detrás de toda esa retórica basada en nuestra fascinación por el chovinismo. Para muestra voy a postular un ejemplo. En Pereira, durante la administración de Israel Londoño y utilizando dineros públicos se adelantó la construcción de un documento de prospectiva dirigido, según la retórica al uso “a soñar los escenarios y los instrumentos para construir la ciudad región del futuro, a partir del aprovechamiento de las experiencias adquiridas y del consenso entre las distintas fuerzas sociales, políticas y económicas”. Hasta allí todo funciona en términos racionales. El problema empieza  cuando uno se entera de que el estudio duerme el sueño eterno en los archivos de algún despacho de la alcaldía, ahora en cabeza del ciudadano Enrique Vásquez  Zuleta.

Dado a indagar sobre las razones para ese olvido me di de narices con el talante mismo del poder mencionado al comienzo. “No es que el documento carezca  de contenidos importantes para la planeación de la ciudad región” -aseguró una de mis fuentes. “El asunto va por  otro lado. Sucede que el actual Secretario de Planeación Carlos Arturo Caro participó en la construcción del Plan de Desarrollo de Pereira cuando ocupaba un cargo similar en la Universidad Tecnológica”. Allí se contemplaba el ejercicio de prospectiva como componente de la gestión.

De entrada se dio por sentado que la Universidad sería la encargada de ejecutar esa tarea. Sin embargo, y como corresponde a la ley, la alcaldía de Londoño abrió una convocatoria en la que resultó beneficiada la Universidad Externado de Colombia. Desde entonces el hoy funcionario público se desentendió del documento”.

Hasta allí las declaraciones de la fuente cuya identidad debo proteger. Escuchándola y confrontando la información me afirmo en la sospecha inicial. No son los intereses de la ciudad, es decir, de sus habitantes, los que priman a la hora de emprender los proyectos si no las expectativas personales de los funcionarios y los juegos de poder de quienes financian las empresas  políticas los determinadores del camino a seguir, sin importar cuánto dinero de los ciudadanos se eche por la borda.

De carambola, esa misma actitud perjudicó desde un comienzo la gestión del ex alcalde Gustavo Orozco Restrepo como coordinador de las actividades de sesquicentenario de Pereira. La indolencia, la indiferencia y el irrespeto por parte de algunos mandos medios lo llevaron a un estado de impotencia y desazón que finalmente condujo a su renuncia, cuyas razones expuso en detalle en una carta pública.  

Las razones apuntan en la misma dirección: en este caso los intereses no eran los de la ciudad, es decir los proyectos a desarrollarse tomando como pretexto la celebración de los 150 años. Todo lo contrario: a Orozco se le dio la espalda, no porque sus propuestas carecieran de validez. Simplemente no entraban en consonancia con los compromisos pactados por la nueva administración. Los discursos floridos sobre el patrimonio edificado en el último siglo y medio eran apenas eso: palabras al viento. En últimas primaron otras cosas. Entre ellas la  tácita aceptación de que,  lejos de servir  para gestionar los recursos y hacer realidad las expectativas de los integrantes del colectivo, el poder a duras penas alcanza para satisfacer el propio apetito y, de paso, joder las ilusiones de los otros.