Quienes detentan alguna forma de poder  duermen poco. Se despiertan varias veces en la noche, sudorosos y alarmados. Temen perder sus lingotes de oro, su sillón presidencial, los reflectores de su fama, su séquito de aduladores o su escritorio gerencial. Mejor dicho, para ellos no vale el dicho aquél de “dormir a pierna suelta”. Todo lo contrario: muchas veces prefieren hacerlo parados, como los caballos. Así pueden reaccionar más rápido ante la irrupción de posibles asaltantes, que no son pocos.

GUSTAVO COLORADO IZQ

Por Gustavo Colorado

Porque el poder propio desata la codicia ajena, y con  ella  nace la paranoia, la sensación de ver  perseguidores, reales o inventados, por todas partes.

Un vecino bastante poderoso -o eso cree él- desarrolló unos hábitos por lo menos curiosos: de día consume cocaína  para mantenerse  alerta y al ritmo de las exigencias de su mundo y de noche se atiborra de somníferos para obtener una pizca de sosiego  artificial. Más curioso todavía: quienes lo rodean lo consideran un triunfador o “un hombre exitoso”, como dicen en los manuales de auto superación.

Leo biografías de reyes, celebridades, magnates, gobernantes y otros especímenes y encuentro una legión de seres habitados por el miedo. Y este último puede engendrar cosas terribles. Como el totalitarismo, para mencionar solo una de ellas. Stalin, por ejemplo,  persiguió por todos los rincones de la tierra a León Trotski y no descansó hasta que un  fanático de apellido  Mercader acabó con su vida destrozándole el cráneo con un pico de alpinista en su refugio de Coyoacán, México.

En Colombia el miedo a los terratenientes creó las guerrillas comunistas. Años después, el miedo a estas  sirvió de justificación a los paramilitares. Los amigos de estos engendraron a su vez  los ejércitos anti restitución de tierras. Y así vamos, cabalgando en ese potro de horrores llamado Historia Patria.

Paso a los asuntos de la vida privada y el panorama no mejora. “La maté porque tenía miedo de perderla”, tituló uno de esos periódicos cuya lectura deja las yemas de los dedos tintas de sangre. Estamos aquí ante una forma del pavor que es a la vez visceral  y metafísica: la desencadenada por el poder sexual, que en muchos sentidos resume  a todos los demás. El temor a perder el cuerpo del otro y con él  la posibilidad de controlar su vida, es quizás el más hondo de todos. Tanto, que la expresión  “crimen pasional” todavía lleva implícita una carga de justificación. Hasta hace poco tiempo, el derecho penal consideraba como atenuante de un crimen “la ira y el intenso dolor” provocados por los celos.

Los   teóricos de  la guerra  afirman que la mejor defensa es el ataque.  El guerrero teme tanto a su enemigo, es decir a la posibilidad de que este invada su territorio, que opta por aniquilarlo antes de que él haga lo propio. Esa misma premisa  se aplica en  todas las facetas de la vida en que un alguien  quiere ocupar el lugar de otro. En el mundo de los negocios lo llaman libre competencia de los mercados. En el de las pugnas religiosas recibe el nombre de lucha contra los herejes. En el caso del poder político prefieren  hablar de defensa de los principios.  La potencia de turno se siente así autorizada  a aplicar el principio de  tierra arrasada en nombre de esos valores.

Por eso ninguno duerme. Todos ven conspiraciones, asaltantes, trepadores, advenedizos o sustitutos dispuestos a ocupar su lugar al menor descuido. Para ganar un poco de tranquilidad levantan muros a la medida de sus temores. En la alta noche, cuando  los mortales  duermen a pierna suelta, es posible ver sus sombras deslizarse por los pasadizos del reino. De vez en cuando bostezan y añoran. Bostezan y añoran. No se sabe qué, pero añoran.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada