El rostro de la noche

Y sólo el lenguaje, escamoteado por todos los poderes, puede devolvernos el habla.  De una manera u otra, los protagonistas de la Trilogía viven a la espera de ese instante, incluido Huguenau, acaso el más alienado de todos.
Por / Gustavo Colorado Grisales

I

Arenas  movedizas

En las páginas finales de Huguenau o el realismo, la última de las novelas que conforman la  Trilogía de los sonámbulos, del escritor vienés  Hermann Broch, Alemania arde en llamas. Los resplandores anaranjados del fuego iluminan  los pasos erráticos de quienes intentan escapar o aproximarse a lo que suele  llamarse  Teatro de los hechos.
Estamos en noviembre de 1918, durante uno de los coletazos más feroces del fin de la Primera Guerra Mundial.
La guerra, el final de la guerra, es apenas la metáfora de una época que se desploma sobre quienes la vivieron, convencidos de que pisaban terreno firme.
Pero nada es firme en el mundo de los hombres. Y menos esa materia deleznable llamada Historia, esa suerte de ficción urdida por los anhelos y temores de sus testigos y protagonistas.
Fiel a su propósito de llevar hasta el límite los recursos de la literatura como  instrumento para abismarse en los misterios de la vida, Broch levantó este edificio narrativo constituido por tres novelas que después fueron bautizadas con el título de Trilogía de los sonámbulos.
A diferencia de obras totalizadoras emprendidas por otros autores, la Trilogía exige la lectura de las tres novelas, pues los destinos de  los acontecimientos  y sus protagonistas se enlazan en una  urdimbre de  la que participan a partes iguales la poesía, la narrativa, la teología, la filosofía y la crónica en tanto en cuanto son elementos acuñados por la humanidad  para tratar de comprenderse a sí misma  y a las fuerzas externas que la desbordan.
De modo que Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y  Huguenau o el realismo son los soportes de este trípode sobre el que se alza el espíritu de Broch  para  contemplar el rostro de la interminable noche humana.
El rostro de lo irracional, de lo más primitivo de nuestra condición, apenas contenido por la estructura de normas  y convenciones que esconden  otras formas de lo irracional.
Lo que en términos teológicos conocemos con el nombre de El Mal.
El narrador de Huguenau o el realismo nos recuerda que las revoluciones son la rebelión del mal contra el mal. Por eso,  salvo las apariencias, no existe diferencia alguna entre el comunismo  y el capitalismo. Ambos modelos están basados en “la decisión de elevar las máquinas a objetos de culto, haciendo sacerdotes de los ingenieros y de los demagogos”.

 

II

Las insignias del valor

Así las cosas, lo que se desintegra tras la Primera Guerra Mundial no es un modelo político o económico, como creen los historiadores: es una concepción del mundo soportada en un sistema de valores que las aristocracias rurales y su expresión militar y eclesiástica creían  eternos: el honor, el valor, el orden. De hecho, en la última parte de la trilogía, Broch emprende una serie de digresiones sobre la naturaleza de esos valores.
Por lo pronto, en la primera página  del libro, encontramos al joven Joachim von Pasenow a punto de enrolarse en el ejército. Su padre está convencido de que todo ese mundo de orden y  obediencia, de desfiles, uniformes, charreteras y cantos marciales es lo único capaz de mantener en su sitio al universo.
Fiel a esos principios, Joachim duda pero obedece, y eso lo precipita en los abismos de la Historia, de los que no lo salvarán ni un matrimonio de conveniencia ni los violentos alegatos de su padre, como el que encontramos en la página 145:
Aquí hay que restablecer el orden. Señor  notario, ¿se han ocupado de usted? ¿Le han preguntado si bebe vino  blanco o tinto? Solo veo tinto. ¿Y por qué no han servido champán? Un testamento hay  que regarlo con champán.
Sobre ese tipo de convenciones se asienta la vida entera de  la sociedad.
 A modo de contraparte, la vida de Joachim tiene en Bertrand una especie de  duende maligno que, a despecho de los valores rurales, decidió emprender el camino de la industria, el dinero y la especulación: símbolos de un mundo que, como el de la burguesía, se abate con su pragmatismo sobre unas vidas que temen al cambio como a la peste: detrás de su sortilegio se esconde el rostro de la noche.
De las tinieblas  y sus siempre devastadoras sorpresas.
Para conjurar esas sorpresas los futuros suegros de Joachim deciden  instalar un gong en su casa rural:
El criado Peter estaba en la terraza de la casa señorial de Lestow y hacía sonar el gong. La baronesa había introducido la costumbre de anunciar así las horas de las comidas, desde que estuvo en Inglaterra con su marido. Y aunque el criado Peter se servía de este instrumento desde hacía varios años, sentía siempre un poco de vergüenza  al provocar aquel ruido pueril, sobre todo porque el sonido llegaba hasta la calle del pueblo y le había valido el sobrenombre de Tamborilero.
Más adelante, en las páginas de  Esch o la anarquía,  encontraremos al próspero y sibarita Bertrand, descreído de cualquier cosa que no sea placer, disolviéndose él mismo en un torbellino que Esch pretende conjurar  alentando cada día el sueño, solo  el sueño de escapar a una América de leyenda  donde todavía es posible la quimera de la felicidad.
En principio, este Esch se gana la vida como Contable y tiene  su particular tabla de valores: “Para un contable el debe y el  haber son dos pilares que sostienen el universo entero. Así, si una sola cifra no está en su sitio, el universo entero empieza a tambalearse”.
Estamos ante algo así como  la filosofía de la contabilidad por partida doble que constituye la esencia del espíritu burgués.
El mismo espíritu que se expresará más tarde en la figura del  ingeniero teniente Jaretzki, un soldado que perdió su brazo izquierdo en la guerra, y como está obsesionado con la simetría desearía que le amputaran también el derecho.
De hecho,  el día en que a Jaretzki le instalaron la prótesis se sintió como “Una máquina recién nacida”.
A su modo, con esas palabras estaba expresando el espíritu de los tiempos. Ese espíritu que ya no viaja al ritmo alado del caballo sino a la velocidad metálica del tren:
Pero ellos son como personas a las que se hubiese despertado excesivamente pronto del sueño, llamándolas a la libertad para que alcanzaran puntuales al tren. Por eso sus palabras son cada vez más inseguras y soñolientas, hasta terminar en un confuso murmullo. Uno  u  otro añade aún que prefiere cerrar los ojos a una velocidad tan delirante, pero los compañeros de viaje, refugiándose en el sueño, ya no le escuchan.
Arrojado, igual que sus contemporáneos, al vértigo de las máquinas, cuya expresión más demencial es la guerra, Jaretski está convencido de que los hombres sólo pueden entenderse cuando están borrachos. Por eso pide que le den una borrachera de cualquier cosa: de morfina, de patriotismo, de comunismo… de algo que emborrache del todo. De algo que despierte en todos un sentimiento de solidaridad.

 

III

El  cero absoluto

Broch nos dice así que la Historia se ha desbocado y con ese acelerarse los valores alcanzan su máximo nivel de degradación, porque “Al que se haya frente a la muerte se le concede la libertad de  permitírselo todo”.
Y eso es lo que hace el cínico protagonista de Haguenou o el realismo,que se permite incluso el asesinato y el engaño, porque  en el mundo de los antivalores esas cosas ya no son crímenes sino anécdotas, datos para una biografía.
A esa altura del camino comprendemos que “La soledad del ser humano es tan grande, que nadie, ni siquiera Dios que lo ha creado, sabe  nada de él”.
El espíritu de la época ha migrado hacia el dinero y las máquinas, esas manifestaciones que para el narrador constituyen la quintaesencia de  lo infernal, del hombre arrojado a los brazos del sinsentido.  Por eso, en el mundo de lo íntimo “La relación entre Hanna  y su esposo está fundada en una felicidad puramente anatómica, pobre recompensa para quien busca el absoluto”.
Y ya no hay absoluto en este mundo.
Salvo el cero. Porque  en un mundo absolutamente racional no puede existir ningún sistema de valores trascendente. “Es una época tan racional que de continuo ha de estar huyendo”.
Ya no hay asidero: ni siquiera la vieja tabla de salvación ofrecida por protestantes, judíos y cristianos.
Para los judíos, por ejemplo, todo son símbolos. La misma diáspora, que a los ojos de los demás supone un drama, para ellos es símbolo.
Solo que para el hombre máquina de los sistemas  engendrados por la Revolución Industrial los símbolos se han extinguido. ¿El resultado? el valor ético del acto y el valor estético de lo realizado pierden su sentido.  De esa manera, un mundo que solo haya equilibrio en la rapidez se vuelve invisible hasta para el filósofo.
Y para el narrador la única actividad verdadera es la actividad contemplativa del filósofo.
En la página 698 de la Trilogía, el narrador nos da cuenta de ese estado de cosas:
Hubo un hombre que huyendo de su propia soledad buscó refugio en la India y en América. Pretendía resolver el problema de la soledad con medios terrenales. Era un esteta y por ello tuvo que matarse.
Lo que alcanza a intuir resulta pavoroso: en últimas, la guerra es también una manera de resolver el problema de la soledad.
De restaurar el sentido de la comunidad.
A todo eso contribuye el carácter fragmentario  y ficcional del Yo, condición que nos revela lo quimérico de toda improbable identidad individual. Porque intuyen eso, los hombres se refugian en la masa y se entregan a los caudillos: es el último y desesperado recurso contra la disolución del ser.
Por eso, en Huguenau o el realismo no cesan de advertirnos: “Piénsese lo que se piense de la actividad filosófica,  comparado con ella el mundo exterior seguirá siendo cada vez menos digno de atención y más insignificante”.

 

IV

El llanto del soldado

Al final de la saga, el joven soldado Joachim es ahora el mayor von  Pasenov. Antes que en lo material su derrota es espiritual.
Por eso, como todos los vencidos que se rehúsan a propinarse la propia muerte, busca en la palabra del buen Dios alguna clase de consuelo para sus desventuras.
Después de todo, el mayor von Pasenow  era un hombre que anhelaba profundamente recuperar la confianza en la Patria, que anhelaba hallar una confianza visible en las cosas invisibles.
Ante la irrupción de lo irracional de la razón, que algunos personajes llaman “El asalto de los de abajo”, frente a la intuición de esas formas de lo infinito todos somos sonámbulos.
Y sólo el lenguaje, escamoteado por todos los poderes, puede devolvernos el habla.  De una manera u otra, los protagonistas de la Trilogía viven a la espera de ese instante, incluido Huguenau, acaso el más alienado de todos.
 “Esperar es como tener un alambre de púas en el espíritu”, reflexiona el narrador de la tercera novela. Lo cual es otra manera de decir que recuperar el habla, el lenguaje es resucitar de entre los muertos.
En esa espera, el mayor von Pasenow se pregunta adonde han ido  a parar sus valores cuando, al escuchar la Sonata para violonchelo  en Mi menor, de Brahms, una lágrima se desliza por su mejilla. Pero no nos llamemos a engaño: no llora por las ineludibles devastaciones de la guerra: llora por ese mundo irrecuperable que el músico supo interpretar tan bien: el mundo de claroscuros de los sonámbulos.
Solo entonces comprende, aunque tarde, que la guerra es en realidad nuestro segundo y, acaso, verdadero rostro: el rostro de la noche pues, como ya se ha dicho antes:
Las revoluciones son insurrecciones del Mal contra el Mal, insurrección de lo irracional contra lo racional, insurrección de lo irracional -bajo la apariencia de razón liberada de sus cadenas- contra las  instituciones racionales que, para mantener su estabilidad, apelan, muy satisfechas de sí mismas, al irracional valor del sentimiento que reside en ellas; las revoluciones  son la lucha entre la realidad y la irrealidad, entre la violencia y la violencia.
Justo en ese punto, Broch nos recuerda que esa fuerza invisible que nos empuja es, de todos modos, algo que ha salido de nosotros mismos.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada