Habrá que ver hasta dónde este gobierno puede tensar la cuerda de esta danza macabra en que la vivimos, y no es precisamente por la melodía mortífera que le han dado al coronavirus, sino por el compás repetitivo del “tastaseo” del fusil. 

 

Por / Jhonatan Valencia Torres

Nuestra tradición teológica habla del brazo providencial de Dios en la creación. Bajo esta visión no hay nada que pase inadvertido por la criba del ojo divino, y aun cuando las peores cosas puedan suceder en el mundo, todo está pensado en el sagrado plan de la creación. De acuerdo a esta visión reconciliadora se podría cumplir la famosa sentencia de Leibniz según la cual es este “el mejor de los mundos posibles”, y así, dada esta solución trascendental, podría el hombre reconciliarse con la naturaleza y vivir de la bendita resignación metafísica.

Sin embargo, en estos tiempos de pandemia podría pensarse en una especie de providencia, pero una que tenga como defensa el mal. Sí, una especie de ayuda perturbadora para quienes venían haciendo las cosas mal y que gracias a la pandemia apareció el pretexto perfecto para terminar de consumarlo de la peor manera. Una especie de orden cósmico invertido que llega en el mejor momento para ayudar a quienes querían estar en la impunidad y que gracias al estado de emergencia han logrado paulatinamente cumplir su cometido.

Ha llegado desde el cielo –o váyase a saber de dónde– la ayuda que necesitaba el “gobierno Duque” justo en el momento indicado. Ad portas del mayor escándalo en su gobierno por la innegable compra de votos, se da todo el terror mediático por causa del coronavirus. Los focos se centran entonces en este enemigo invisible, y el escándalo, otro más en este ensayo de gobierno legítimo, queda en el saco roto de la maltrecha memoria colectiva colombiana.

El resto ya es historia, una serie de prácticas encaminadas a limpiar la imagen de la cuestionable gestión de Duque. La más grandilocuente de todas, la emisión de su programa sobre “prevención y acción” que en cifras se traduce en un crecimiento de su popularidad al mejor estilo del culto a la personalidad de las mejores dictaduras.  Antes de la pandemia, según encuestas, su popularidad no sumaba más de 23%, con una desaprobación del 71%.

Pero pasado un mes, con la dosis diaria de su omnipresencia salvadora en los medios, Duque registra ahora una aprobación del 63,2% y una desaprobación del 24%. Ya dicen los especialistas que lo mejor que le pudo haber pasado a Duque es que haya habido coronavirus. Y así, sumado esto a la falta de discernimiento colectivo para que el colombiano preserve una memoria crítica, tenemos la fórmula indicada para que la seguidilla de escándalos a los que había estado sometido su partido y su gestión pasen de hurtadillas en tiempos de su administración.

Ahora los 3.350 millones de pesos de contrato para publicidad e imagen que el gobierno gastó en tiempos de “austeridad económica” se antojan lejanos y hasta justificables, lo mismo que iniciativas como la posibilidad de reducción de salarios a los maestros y el pago de las primas a cuotas al colectivo de los trabajadores colombianos (la austeridad solo va en una dirección, y es hacía abajo), O más aún, la desbandada de decretos impartidos en tiempos de “emergencia nacional” que rozan los límites de la legalidad constitucional.

Nuestra memoria es benévola e hila al huso que marcan nuestros sagrados medios de comunicación. El COVID es ahora el protagonista número uno y cual flautista de Hamelin ha sacado todas las ratas de nuestra fugaz memoria.  Ahora quedan atrás los escándalos por la nueva ola de chuzadas al mejor estilo de los tiempos de Uribe, lo mismo que el delicado momento que atraviesan nuestras cortes por la doble instancia al juicio de Andrés Felipe Arias, así mismo atrás queda el escándalo del laboratorio de coca del embajador Fernando Sanclemente, ni qué hablar de la entrañable relación entre Duque y el “ñeñe” Hernández, o del lejano y turbio escándalo por la muerte de Alejandro Pizano, hijo del principal testigo contra el exfiscal general de Colombia, Néstor Humberto Martínez, o la impunidad por la muerte de 18 niños en Caquetá por el bombardeo de nuestras Fuerzas armadas, o los audios del exagente del CTI que denunciaba los nexos entre Álvaro Uribe Vélez y el chapo Guzmán, o las mentiras frente la reforma laboral y pensional que ya ocasionó sendos paros nacionales, o la vergüenza del intento de Ernesto Macías de querer eliminar las observaciones que hace la ONU sobre las graves violaciones de DDHH en Colombia, o la afrenta al Centro Nacional de Memoria Histórica por parte de su director Rubén Darío Acevedo que con su posición negacionista pretende borrar más de 50 años de conflicto armado, o el infame actuar del ESMAD en Casacará que  terminó con la muerte de un joven por reclamar ayudas, o la muerte de Dilan Cruz, o las muertes de los líderes sociales que no paran y de las que no se tiene ni una captura, o las iniciativas para el fracking y la explotación del amazonas lanzadas en el congreso… quizás en otro orden de ideas el verdadero virus es Duque y los que los secundan, y el coronavirus su excusa perfecta para ocultar su escandalosa negligencia.

Hay quienes dicen que hay que ver en las crisis momentos de oportunidad y parece que este gobierno lo ha sabido aprovechar. Ciertamente, por el panorama que venía dándose, es improbable que haya sido la buena providencia quien ha salido en su ayuda, a menos que esté en nuestro destino ser gobernados por “practicantes” y que la impunidad sea la égida sobre la que nos debamos regir.

Habrá que ver hasta dónde este gobierno puede tensar la cuerda de esta danza macabra en que la vivimos, y no es precisamente por la melodía mortífera que le han dado al coronavirus, sino por el compás repetitivo del “tastaseo” del fusil.

No se debe olvidar, y esa es la premisa que siempre nos debe acompañar. Una píldora diaria de memoria podría hacer de este país si bien no el más feliz del mundo, sí probablemente el menos corrupto. De una buena vez el saco roto de la memoria colombiana se debe sellar y ojalá y sea por medio de la conciencia histórica, con espíritu crítico, con los nombres de todos los que han sido silenciados y quienes desde la eternidad esperan que nosotros desde la comodidad de nuestros asientos les demos la voz que tanto anhelaban. Y así, para asuntos teológicos, esa, esa sí que sería una verdadera manifestación de la divina providencia.