Por eso la fortuna de llegar a un cementerio, pues es uno de los pocos lugares que se resiste al imperio del bullicio.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Las sociedades modernas rehúyen de la muerte, prefieren ignorar un hecho que es indudable: que todos somos mortales y el viaje por la vida tiene su fin. Como si no bastara hacernos los de la vista gorda, rechazamos las metáforas de la muerte: la enfermedad, la vejez, lo obsoleto, la pérdida, la derrota… Los hombres y mujeres de esta época tienen la facilidad de no mirar los grandes problemas que han aquejado a la humanidad.

Es común observar cómo los cementerios, última morada del viaje por la vida resultan, son, para muchos, sitios tenebrosos y llenos de “malas energías”. Pese a la mirada simple y pueril que recae sobre estos lugares, es una fortuna que hoy por hoy la mayoría de personas sienta un recelo frente a los cementerios. Porque cuando se puede ir a visitar la tumba de un familiar o un amigo, es posible hallar un espacio de silencio y, por qué no, de reflexión.

La vida moderna, en términos generales, es caótica y bulliciosa. Al recorrer las calles del centro de cualquier ciudad se choca con oleadas de personas, gritos, parlantes a gran volumen; un movimiento turbio que empuja a todos hacia la rutina de siempre. Por eso, una salida al centro termina por consumir la mayor cantidad de energía posible, ya que se debe ir de un lugar a otro para cumplir con varias diligencias, esquivar los transeúntes, estar pendiente del ladronzuelo que quiere robar el celular, recibir los mil papelitos de brujas que prometen el retorno del amante arrepentido; todo un pandemonio.

Por eso la fortuna de llegar a un cementerio, pues es uno de los pocos lugares que resiste al imperio del bullicio. Al entrar se puede observar un grupo de personas en silencio que miran cómo se depositan los restos de un pariente en un osario. Ninguno habla, todos observan el cofre que contiene lo poco que queda del ser querido, cada uno evoca un recuerdo con el difunto y lucha porque ese recuerdo persista a pesar del tiempo; la memoria de los otros es la última trinchera que resiste la llegada de la muerte y el olvido.

Pese a esto, al caminar por el prado y entre las tumbas se confirma que toda trinchera termina por ser tomada y la victoria del olvido es inminente. Varias lápidas son devoradas por el césped y se hace difícil leer el nombre de los que moran allí; quizá hace ya tiempo sus familiares han superado el duelo y sólo queda un pequeño recuerdo del difunto.

Mientras se continúa con el trayecto entre tumbas y osarios, se observa cómo el césped del lugar brilla, algunas aves cazan insectos, una cantidad de hormigas emergen de la tierra en búsqueda de alimento; la vida continúa hasta en los lugares donde la muerte yace.

El silencio del cementerio permite recogerse en la memoria y observar en detalle el pasado y el presente. Se ve cómo una pareja de padres llora la ausencia de su pequeño hijo, no es posible saber qué provocó la muerte prematura del infante; solo se observa el llanto y la impotencia de unos padres que no se explican cómo una vida puede terminar apenas empezando.

Al llegar a la tumba de Kolia emergen recuerdos de conversaciones, discusiones, altercados y risas. Un sinsabor inevitable llega a pesar de la racionalización de la muerte; saber que es ineludible no quita su pesada carga. Pese a esto, el valor de la muerte radica en que al pensar la ausencia se da valor a la vida.

Mientras contemplo las familias, los huérfanos, el silencio y la paz la relativa de las tumbas, comprendo que los cementerios son un buen lugar para entablar un diálogo con el pasado. Tal como lo expreso Hölderlin en uno de sus bellos poemas:

 

Anduve un pequeño trecho,

Creciendo junto a los míos.

Todos y cada uno de ellos

Se fueron a dormir y me abandonaron.

A pesar de todo, durmientes, veláis

Conmigo, y vuestra imagen

permanece en mi alma.

Y entonces vivís, vivos como nunca

En esta gloriosa alegría del espíritu,

Que rejuvenece a los que van

A la vejez

Que rejuvenece a todos los muertos.

 

Los cementerios, entonces, albergan la posibilidad de un diálogo con el pasado, con uno mismo. Diálogo que funge como preámbulo de la llegada inminente de la muerte.