Al final, como en una buena corrida de toros, viene la estocada: una moraleja contundente, que bien puede solicitar el fuego eterno para el asesino o convertir a la víctima en responsable de lo sucedido. Es bien jodido este Aurelio.

Por: Gustavo Colorado Grisales

Tengo un vecino capaz de prescindir de todo, menos de un ritual mañanero que le da sentido a sus días: la compra del pan fresco y de un ejemplar del periódico Q´hubo, un tabloide especializado en el registro de los hechos violentos acaecidos en la ciudad de Pereira y su área de influencia: suicidios, asaltos, asesinatos, violaciones y agresiones entre parejas son parte de un amplio compendio de ese lado oscuro de la existencia que tanto nos atrae, por la razón más simple de todas: es parte de nuestra propia condición, aunque algunos logremos domesticarla o disimularla mejor que otros y a su vez otros nos adelanten en la tarea no siempre afortunada de apaciguar la bestia que nos habita.

Pero el cuento no para allí. Tal como un sacerdote hace la exégesis del evangelio leído en la jornada, mi vecino Aurelio no descansa en paz hasta encontrar un prójimo -niño, joven, adulto o anciano- dispuesto a escucharlo. Conseguido el objetivo, se consagra con asombrosa minuciosidad a relatar los detalles del episodio registrado en la primera página del mencionado periódico. Quién era la víctima, quién es el principal sospechoso, dónde ocurrieron los hechos, cuales pudieron ser los móviles, si tenía hijos, si sus gustos sexuales encajaban dentro de la norma. Acto seguido, procede a la parte más sustanciosa del asunto: la interpretación de los acontecimientos, no exenta de algunos apuntes sobre las posibles explicaciones sociales, económicas o antropológicas. Al final, como en una buena corrida de toros, viene la estocada: una moraleja contundente, que bien puede solicitar el fuego eterno para el asesino o convertir a la víctima en responsable de lo sucedido. Es bien jodido este Aurelio.

Ah, olvidaba un detalle esencial: el periódico citado, como todos los de su género, reserva un regalo para el final: la estampa de una mujer de grandes pechos y amplias caderas, casi siempre en ropa interior, que se ofrece como una recompensa frente a los horrores de la primera página. Aunque andemos con cuidado. Mi vecino tiene su propia teoría moral sobre esa parte: un alto porcentaje de los crímenes reseñados en la publicación tiene móviles sexuales. El tópico es bastante conocido como para redundar en él: el sexo, la violencia y la muerte son vecinos que a menudo se enfrascan en contiendas irremediables.

Los encuentros con Aurelio me remiten siempre a una vieja idea del escritor argentino Ernesto Sábato. Para el autor de Sobre héroes y tumbas, la diferencia entre una crónica judicial y una novela como Crimen y Castigo reside en dos únicos puntos: el estilo y la capacidad para darle la vuelta a los pliegues del alma humana como si se tratara de un guante donde se esconden las claves de la existencia. Ustedes recordarán sin duda la anécdota de la novela de Dostoievski: un estudiante pobre mata a una vieja usurera, es decir, el titular de un periódico como Q´hubo. De ahí en adelante el genio del ruso nos lleva de viaje hacia el corazón de las tinieblas, es decir, de nosotros mismos. Por supuesto, los redactores del tabloide no son Dostoievski, ni tienen pretensiones de serlo. Tampoco la publicación aspira a inscribir sus páginas en la historia de la literatura universal. Pero sospecho que, acaso sin saberlo, en el ritual matutino de mi vecino alienta algo más que el mero instinto de devorar historias truculentas o de ver una muchacha bronceada con las tetas al aire: al fin y al cabo las dos cosas abundan en los medios de comunicación. En mi pálpito, Aurelio no compra un periódico si no el boleto de ingreso a un teatro donde reinventan cada mañana la antigua puesta en escena de la muerte y la vida instaladas en habitaciones contiguas. Con una diferencia, claro: en este caso los personajes pertenecen a nuestra propia dimensión. Es más: en cualquier momento podemos pasar de la butaca al escenario, por obra y gracia del azar que todo lo gobierna. Ese azar que algunos, menos escépticos o más supersticiosos, llaman destino. No sé si a Aurelio le sirva de algo saberlo, pero dicen que Shakespeare madrugaba todos los días a los mercados, no tanto para hacer la compra como para escuchar los relatos turbulentos de verduleras y matarifes. Luego se encerraba a escribir esas historias terribles que hoy nos ayudan a conocernos y a soportarnos un poco más. Debe ser por eso que miro cada vez con mayor respeto a mi vecino.