No solo nos quitan, con fallos y sin fallos, el territorio afuera y adentro del país, con toda suerte de figuras, desde concesiones petroleras, mineras y forestales, hasta tramposas alianzas competitivas.
Por: Carlos Victoria
Pareciera que fuera una maldición: vivimos de espaldas al mar. A los dos océanos. Somos insulares, y no peninsulares. Vivimos aferrados al ombligo. Solo miramos para fuera cuando tratamos de huir de la estrechez en la que vivimos: al otro lado del charco, incluyendo los de sangre, para saldar cuentas con la injusticia que nos carcome.
Las élites de este país son guerreras con sus connacionales en conflicto. En cambio con el extranjero han sido unas dóciles palomas. Aquí matan y comen del muerto. Allá, donde necesitamos que defiendan los intereses nacionales, se portan con ese espíritu que el criollato asumió con la metrópoli española, y más tarde con el tío Sam: genuflexos.
Semanas antes del fallo de La Haya, la extranjerización de tierras se puso de moda por cuenta de una ley de la república que pretende legitimar el tapete extendido a las trasnacionales. De nuevo la tierra del olvido hizo de las suyas. Llevamos siglos de extranjerización y como nada: campantes y rampantes.
En esta colcha de retazos que es Colombia, donde el Estado es una complejidad absurda, mesiánica, burócrata y corrupta, la Nación es peor: se ha perdido en los laberintos de los mandamases regionales. Total: ni lo uno ni lo otro. Somos precarios institucionalmente. Lo de San Andrés y Providencia prueba que somos andino céntricos.
Empezando su gobierno un vocero de los pescadores del Pacífico le dijo en la cara a Santos que hiciera algo para evitar que barcos de bandera extranjera siguieran usurpando aguas nacionales, llevándose nuestros recursos. Santos confesó su ignorancia en el tema. Acababa de posesionarse y no tenía ni ideal del asunto, y eso que pasó por la Armada en Cartagena.
A este mismo Presidente, hijo del altiplano oligárquico, los negros del Caribe y el Pacífico le han propuesto la creación de un Ministerio del Mar, y nada. Les ha respondido con la frialdad de ese cachaco que prefiere comer caviar en lugar de pescado frito con patacón. Los resultados no pueden ser más mediocres en estas materias, y en otras tantas.
No solo nos quitan, con fallos y sin fallos, el territorio afuera y adentro del país, con toda suerte de figuras, desde concesiones petroleras, mineras y forestales, hasta tramposas alianzas competitivas. Los tratados de libre comercio hacen parte del mismo repertorio. Al espíritu ladino de la dirigencia nacional no le cabe una condecoración más.
En resumen: el desacato al fallo que hundirá en la miseria y el destierro a los pescadores de Providencia es una cortina de humo vergonzosa como todas las que usan los gobernantes. El verdadero desacato que se debería promover sería el del pueblo a quienes, históricamente, han hecho muy poco por defender la soberanía.
Nuestra indignación no es con Nicaragua, ni con el Tribunal Internacional. Por el contrario debe dirigirse a ese puñado de vende patrias que hacen las veces de gobernantes, y escamoteadores de la verdad histórica. De era realidad que manipulan y amasan profesionalmente como cualquier hampón que se ve a gatas.
No es el fallo. Es la falla representada en nuestra ignorancia histórica y flojera decimonónica para enfrentar con valor la verdad.

