9   +   10   =  

Diario de un profesor en tiempos de teletrabajo

En el caso de mi ciudad, de mi barrio en específico, me he asombrado por ver en las calles cantidades alarmantes de las ratas café (Rattus norvegicus), animales nocturnos que viven de los humanos…

 

Por / Alejandro Arango Agudelo – Ilustración / Átomo Cartún

A riesgo de sonar oportunista, puesto que importantes escritores, filósofos, sociólogos y otra raigambre de alta alcurnia del pensamiento social y humanista, reflexionan sobre el aislamiento y sobre los cambios dramáticos que vienen en un futuro cercano, yo escribo, en nombre propio y sin ánimo de querer ser un pensador como aquellos que sí lo son.

Me ha asombrado de manera profunda como se han dado varias transformaciones en la biosfera de la humanidad, se está curando la capa de ozono; los ríos, los canales y el mar han registrado niveles mucho más bajos de lo habitual en lo que a contaminación se refiere; los animales han salido de sus hábitats y han caminado por las calles desiertas, e, incluso, existen fenómenos únicos en la historia de la humanidad como el de la ciudad de los monos Lopburi en Tailandia en donde dos agrupaciones de monos rivales afuera del templo Prang Sam Yod, del complejo de santuarios Phra Kan Shrine, se enfrentan en una ardua batalla por los vestigios de comida dejados por los turistas, aquellos que por motivo del virus, desaparecieron hace ya dos semanas de sus  pasillos y salones, animales al fin y al cabo buscan sobrevivir luego de ser alimentados por años inmemoriales por los humanos.

En el caso de mi ciudad, de mi barrio en específico, me he asombrado por ver en las calles cantidades alarmantes de las ratas café (Rattus norvegicus), animales nocturnos que viven de los humanos, pero en estos tiempos en los cuales las calles están más vacías que llenas (lo digo así porque en mi ciudad, en el centro de mi ciudad, cientos de hombres y mujeres en estos días de aislamiento, están buscando sustento); ahora a plena luz del día salen a buscar comida en las calles, varias de ellas, en pequeñas hordas buscando abastecerse, buscando a como dé lugar comer algo de las sobras otrora abundantes que encontraban en las noches, ahora en el día tratando de sobrevivir.

Es curioso como este animal que en la Edad Media se encargó de ser el conducto  para la transmisión de la Peste Negra, para ser más específico la bacteria Yersinia pestis que era transmitida por las pulgas Xenopsylla cheopis, las cuales vivían en ellas, ahora se pasean por las calles de ciudades semidesiertas buscando sustento, que en el momento donde no lo encuentren entrarán como Pedro por su casa a nuestros hogares “asépticos” e intentarán, como lo hace el reino animal, vivir sin importar cómo.

Mientras pasan estos seres delante de mi casa y yo siento que un miedo ancestral proveniente de la Edad Oscura recorre mi cuerpo y ocupa mis largas horas de enclaustramiento, me encuentro con otra nueva forma de sobrevivir de otros animales, algo más adecuados a la habitación y obvio  (utilizando la palabra de Trimagasi en El Hoyo[1]), más domesticados al medio, más incrustados en esta manera de vivir consumista, capitalista y cibernética.

Escudo de Plagas: La muerte coronada como vencedora. 1607-37, Augsburg, Alemania

Nos encontramos con otra forma de sobrevivir ante la adversidad, no salimos como hordas de animales a las calles desiertas, al contrario, nos quedamos en nuestras madrigueras conectados, sobreviviendo a un sistema que no estaba preparado para una eventualidad de este nivel, una situación que cambió nuestras formas de entender la sociedad, la familia, el estudio y de nuevo obvio el trabajo.

Ahora la discusión es cómo implementar lo que durante años se ha transformado en el caballito de batalla de los Ministerios de Educación y de Cultura, las TIC, que no han entrado de lleno a nuestras vidas educativas y menos aún a nuestras vidas prácticas. Varias instituciones de Básica, Media y Superior, están corriendo contrarreloj para organizarse antes que los estudiantes deserten y los claustros se detengan y decaigan.

Así las cosas, las directivas, los profesores, los estudiantes y sus familias han sentido el rigor de acomodarse de golpe a algo que no estaba escrito en la historia reciente de la humanidad, quedarse en casa, conectarse en casa, educarse en casa.

Animales sociales por naturaleza Zoon politikon como lo afirmó Aristóteles, necesitamos de los otros en vivo y en directo para crear lazos sociales, aunque esto venga en desuso, desde hace ya una temporada larga de modernidad expandida; pero incluso así, muchas familias completas en sus casas conviviendo 24 horas, algunos en condiciones de cercanía infrahumanas, se refugian y se conectan ante pantallas que los convierten en nuevos esclavos, confinados durante días a las disposiciones cada vez más particulares y excepcionales de comunicación. ¿Pero qué tipo de comunicación?

En los días anteriores, he recibido por mis redes sociales noticias que cada vez más helan la sangre: muertos, ciudades devastadas y mucha falta de papel higiénico, entre otras más complejas.

El acabose estuvo en el fin de semana de la tercera semana de marzo, bombardeos asombrosos en las redes personales, pero una en particular me puso los pelos de punta, WhatsApp, primero mi grupo familiar hablando del nuevo apocalipsis, inclusive me asomé a la ventana para ver a los 4 jinetes.

Pero ni cercana a los “N” mensajes que recibí de mi grupo de  trabajo, desde cómo lavarme las manos, Decretos de la Alcaldía, desabastecimiento, alertas de todo tipo e incluso las noticias de despidos en diferentes instituciones educativas.

Luego, el lunes, como si fuera poco, creamos nuestra primera reunión digital, la cual fue un fiasco y se decidió enviar un correo electrónico, cosa que se ha debido hacer desde el principio, desde el tiempo lejano de las reuniones cara a cara.

Desde ese día, intentamos y seguimos intentando por varias plataformas conversar con nuestros estudiantes, enviar talleres, trabajos, videos y demás, puesto que debemos reportarnos en trabajo todo el día, todo el tiempo de rigor, está bien  (aunque no tanto) de 7:00 am a 4:00 pm, pero las cosas se han salido de cauce.

Esperar talleres, esperar comunicación con los estudiantes (algunos ni siquiera cuentan con conexión a internet), recibir y enviar, calificar y seguir esperando como mínimo a un centenar de ellos para poder justificar el tiempo de trabajo, se hace de por sí una nueva forma de enclaustramiento.

No basta el hecho de estar en casa sin salir, el estrés que significa estar frente a una pantalla más de lo reglamentario, si no que debo estar pendiente para no alcanzarme y poder rendir desde mi casa, desde mi hogar, ahora lugar de trabajo y no basta eso, no, la misma red que me asustó ese fin de semana ya no para de enviar mensajes.

Como debo estar confinado y mis compañeros lo mismo, ya las horas de recibir instrucciones que antes se limitaban a las horas de oficina se han transformado en estos momentos, no importa la hora (incluso después de las 10:00 pm), para recibir nuevos lineamientos, nuevos decretos y nuevas maneras de hacer didáctica “virtual”.

Siempre he sentido que estamos en una sociedad donde el trabajo es más importante que el ser, pero ahora se confirma. Siempre conectados en este momento de afugia mental y zozobra emocional, conectados en nuestras cuevas, comiendo, trabajando, conectados en un nivel nunca antes visto, nuestra biosfera doméstica se ve alterada por otro virus, la hiperconectividad 24 horas, siete días a la semana.

Animales encerrados en su propia virtualidad, en sus pantallas muertas que obligan a trabajar de más. Existen otros tipos de muerte y ahora de alguna manera estamos ante una inminente muerte mental.

[1]    ¿Qué significa el final de ‘El hoyo’, la película que ha arrasado en Netflix?. Tomado de  https://as.com/epik/2020/03/27/portada/1585304622_790843.html el día 26 de marzo 2020