CARLOS VICTORIAEstamos hartos de historia oficial. Escrita por los vencedores, y no propiamente por los segregados y excluidos de dichas narrativas.

Por: Carlos Victoria

La conmemoración de los 150 años de la fundación de Pereira, durante el 2013, debe ser una oportunidad para reflexionar sobre el presente y el futuro de la ciudad. Ese es el sentido contemporáneo de estudiar el pasado. Hacer lo contrario sería caer en la engañosa idea que la historia solo es digna de reivindicarse como un asunto lejano y oxidado, máxime si vivimos en una sociedad atrapada por el presentismo.

¿En qué difiere el pasado del presente? Esta sola pregunta nos debería llevar a un debate intenso y constructivo sobre rupturas y convergencias que han marcado la construcción de una sociedad local, cuyas élites hoy pugnan por más competitividad y seguridad, pero que ayer hicieron del civismo ilustrado una bandera que bien pudo disimular desigualdades y  contradicciones de la época.

¿De qué valen  las conmemoraciones ante las brechas y grietas dejadas por el historicismo local? La celebración reclama múltiples miradas y desde quienes la organizan se deben abrir los espacios necesarios para ello. Esto implica, como subraya la historiadora Sonia Jaimes, incluir otras interpretaciones e historiografías, “que coexistan y sean -dentro de lo posible-, lo más incluyentes que nuestro deseo nos permita”.

No me cabe la menor duda que otra historia de la ciudad es posible. No solo depende de poner en juego los enfoques contemporáneos de la historiografía, sino la capacidad que tengamos en el contexto académico de propiciarla a través de múltiples ejercicios. Infortunadamente el rezago en el que han quedado las ciencias sociales a nivel regional es un obstáculo inmenso pero no imposible de sortear.

La historia es incluyente o no la es. Así de sencillo. Uno de esos aspectos que más deben llamar la atención es sobre el papel que los grupos subalternos de la sociedad jugaron en medio del naciente capitalismo comarcano. Mujeres, trabajadores, campesinos, indígenas, negros y desplazados que poblaron esta ciudad y que con sudor y sangre se labraron un destino como pueblo. Aquí cabe la memoria sindical, las luchas de los estudiantes, y las peripecias de los héroes anónimos.

Es una oportunidad de oro para que las nuevas generaciones se acerquen a la historia y con ella a sus raíces, en medio de un mundo cada vez más globalizado  y por tanto más agresivo ante la endeble identidad cultural que nos desarraiga. Las lagunas históricas del siglo XX abundan, aunque se hayan convertido en auténticos ecosistemas del olvido. ¿Cómo navegarlas?

Desde la micro historia para que, haciendo uso de la memoria participativa, reconstruyamos un pasado que no transitó  -exclusivamente- por los clubes sociales, las páginas de los diarios locales y las tenazas del poder. En los barrios emblemáticos deberíamos apelar a la historia oral, reivindicando la voz y la memoria de nuestros abuelos para que narren sus  vivencias, superando lo anecdótico y aprendiendo de sus lecciones.

¿De qué manera los subalternos alzaron su voz, se movilizaron y lucharon por sus derechos en Pereira? En este campo todo está por historiar. Lo mismo pasa con los señoríos parroquiales bajo la égida de la empresa colonizadora, hasta su consolidación  en las esferas de los poderes públicos y privados. A la postre ha sido una historia aparentemente intocable. Una memoria temida, incluso por las mismas familias que la protagonizaron.

Estamos hartos de historia oficial. Escrita por los vencedores, y no propiamente por los segregados y excluidos de dichas narrativas. Pereira como el resto de ciudades a través de las cuales fue surgiendo la idea de nación no ha sido el resultado de las élites, las mismas que tal vez en esta oportunidad pretendan auto elogiarse como herederas de un pasado en el que la violencia, la arbitrariedad y la injusticia en su conjunto hicieron parte del paisaje.

Hacer historia desde abajo es tan necesario como legítimo. No para que quede grabada en la historia oficial, sino en virtud de propiciar un mayor equilibrio, y por tanto una perspectiva más pluralista del pasado ¿Eso es posible? Claro que sí, empezando por no oponernos ciegamente a la historia oficial, y por el contrario se trata de incluir todas las voces, empezando por las que razonan desde los sectores más influyentes en el campo económico, político e institucional, en un contexto de reconocimiento mutuo. Esa es la idea.