A las afueras de la ciudad observo una fábrica en cenizas; los hierros renegridos todavía echan humo. No hay sirenas. No hay gritos. No hay caras tristes. Es un siniestro sin dolientes a la vista.

 

Por: Giussepe Ramírez

Mañana habrá eclipse. Aún no amanece. Subo al taxi. Indico que quiero ir al terminal. Me incomoda conversar con desconocidos, pero le sigo la corriente al taxista que pone tema de inmediato; no quiero parecer maleducado. Hoy es su primer día de trabajo después de mucho tiempo. Respiraba por una sola fosa y al cerebro le empezaba a faltar oxígeno, eso dice. Cayó en cuenta cuando su pareja (no sé si hombre o mujer) le dijo: “papi, usted se levanta como ahogado”. El médico sentenció apnea del sueño. Le programaron una cirugía de tabique que al parecer, por como lo siento respirar, salió bien. Hoy es el primer día de trabajo después de la incapacidad.

En el terminal subo al bus, que en diez minutos se llena. Una mujer joven me pregunta si puede sentarse en cualquier puesto. Alzo los hombros y asiento con la cabeza. Amanece y el bus arranca. Atravesamos el norte de la ciudad. Hacía tiempo no pasaba por el monumento a la solidaridad, una mole de cuarzo y pizarra importados de Italia. Me percato de que el Rumbódromo ya no existe, en su lugar hay un concesionario de carros franceses. En la madrugada llovió. A las afueras de la ciudad observo una fábrica en cenizas; los hierros renegridos todavía echan humo. No hay sirenas. No hay gritos. No hay caras tristes. Es un siniestro sin dolientes a la vista.

Al llegar al aeropuerto miro al cielo por si algún avión se va a caer. Todo en orden, ninguna catástrofe a la vista. Uso las escaleras convencionales mientras los demás suben por las eléctricas; es como recorrer un camino antiguo, misterioso y olvidado. Me gustan estos anacronismos, me siento un romántico. Me detengo en los controles: soy sospechoso por dos minutos (tal vez pueda cortarle a alguien la garganta con mi máquina de afeitar). Todo en orden, siga. La sala está llena: una que otra figura pública menor, niños que no van de la mano de sus padres, durmientes, un hombre que piensa la próxima palabra frente a un computador y una libreta, una mujer con una prenda diminuta que exhibe marcas en sus piernas como las que tenía Michael Phelps en su espalda en las olimpiadas de Río 2016, una niña de no más de cuatro años que camina con afán detrás de su mamá arrastrando una gran maleta (me aterra que se vea tan adulta y desenvuelta). Mientras ubico las salidas de emergencia, aunque todavía no somos objetivo de Daesh (nunca se sabe, somos socios del imperio y los infieles), me viene una pregunta estúpida a la cabeza: ¿Por qué no hay entradas de emergencia?  

@Animalmoribundo