Érase una vez en América

En realidad las cosas empezaron con el mito del destino manifiesto: un país elegido por la providencia para defender al mundo de los enemigos de la democracia y la libertad. No importa si con ese noble pretexto invadieron territorios lejanos, torturaron prisioneros, patrocinaron dictaduras, derrocaron presidentes y destrozaron con Napalm los bosques de las antípodas.

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

 ¡Allah- Taala!, tenemos un yanqui en la Casa Blanca! Exclamó un ciudadano sirio mirando hacia La Meca.
Y ahora ¿Quién podrá defendernos? Clamó una verdulera en el mercado de Tepito, en la Ciudad de México.
¡Fidelito mío, sal de tu mutismo y manda a los yanquis go home! Imploró un cubano postrado ante la estatua del Che Guevara.
¡Señor, señor¡ ¿Por qué me habéis abandonado? Preguntó al cielo una guatemalteca indocumentada en un arrabal de Los Ángeles.
¡Plop! Exhaló, antes de desmayarse, un titiritero chileno residente en Pereira, educado por la revista Condorito.
¡Recórcholis!   Blasfemó un sexagenario, devoto lector de la historieta Goofy, o Tribilín, como la conocimos en América Latina.
¡Ñññññññerdaaaaaa! ¿Y ahora quién me explica qué coños va a pasar? Preguntó mi vecino, el poeta Aranguren, blandiendo un ejemplar del periódico El Tiempo con la estampa de un Donald Trump triunfante en la primera página.
Calma, calma, le dije, recordando una vieja viñeta de Mafalda que discurría más o menos así:

Un anciano bien trajeado se indigna ante la visión de un jipi en versión bonaerense y masculla :

-¡Esto es el acabóse!

La criatura de Quino, que contempla la escena, lo tranquiliza:

-No es para tanto. Esto es apenas el continuóse del empezóse de ustedes.

Bueno, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es el continúose de una historia que podríamos titular de esta manera, evocando una película de Sergio Leone: Érase una vez en América.

Érase un país hecho por inmigrantes, que eligió a un presidente sobre la base del miedo a los extranjeros.

Pero ese es el epílogo del cuento.

En realidad las cosas empezaron con el mito del destino manifiesto: un país elegido por la providencia para defender al mundo de los enemigos de la democracia y la libertad. No importa si con ese noble pretexto invadieron territorios lejanos, torturaron prisioneros, patrocinaron dictaduras, derrocaron presidentes y destrozaron con Napalm los bosques de las antípodas.

Un país en cuyos billetes aparece la frase In God we trust, como una declaración de principios sobre sus auténticos valores.

Un territorio de personas educadas por la radio, el cine y la televisión, convencidas de que Hollywood, la Columbia Broadcasting, Disneylandia y los centros comerciales son algo así como templos de una nueva era.

 En ese santoral. Rico Mc Pato funge como una  divinidad de la cual Popeye the sailor, Bugs Bunny y Mickey Mouse son sus sumos sacerdotes.

Con las mentes licuadas de esa manera, ya estaban listos para lo peor. Por ejemplo, para poner las riendas de su país en manos de un avatar salido de un reality show.

Pero antes de llegar allí habían adelantado sus ejercicios de preparación.

Por ejemplo, eligieron como presidente a un pésimo actor de películas de pistoleros llamado Ronald Reagan. Quizá alentaban la esperanza de que, como un Billy the Kid redivivo, los salvara de los malos comunistas, que en su última pataleta amenazaban con tomarse lugares tan estratégicos como Nicaragua.

Más tarde, los californianos, que en la práctica están entre las ocho más grandes economías del planeta, escogieron como su gobernador al mismísimo Terminator en persona. A lo mejor esperaban que con sus armas del futuro espantara a los incómodos orientales y mexicanos que son la base de la mano de obra agrícola en ese Estado.

¿Notas que nada fue improvisado? Le pregunté a mi vecino Aranguren, preocupado por el tono bilioso de su tez y por el incontrolable temblor de sus manos.

Mmmmm, ejjjjjjteee, ajaaaa, fue su única respuesta.

Ante tamaña dosis de elocuencia, di por terminado mi relato y lo llamé a la sensatez. Después de todo, quiéralo o no, al nuevo presidente le tocará descender de su tinglado mediático y enfrentarse a la política real. Y esta última tiene unos códigos que ni un personaje tan pintorescamente tétrico como Donald Trump puede eludir.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=LVXzmG0XT6s