No es la paz es La Habana

Felipe ChicaPero sí hay que decir que desde el monumental desconcierto que dejó Ospina hasta la nobleza y sabiduría de Carlos Gaviria, pasando por la infinidad de columnistas que han hecho pública su intención de voto, ha emergido un debate de proporciones históricas, y hoy el país se enfrenta a un punto de inflexión en lo que a derechos humanos se refiere.

 

Por: Felipe Chica Jiménez

Sí, el Santos que estamos a punto de elegir es el mismo que días atrás desatendió las medidas cautelares de la CIDH en el caso Petro, el mismo que acuñó el eufemismo de “falso positivo” en la cara de las madres de Soacha. El apostador. El mismo por el cual votaré este domingo pese a que me sabe grajo pronunciarlo y los dedos se me rebelan al escribirlo. Pero siento tras de mí el rostro de un sarcasmo histórico que me mira con mueca burlona, nariz respingada y ojos de lechuza.

La cosa es simple. No voy a caer en el juego de resaltar las bondades de Santos porque no las tiene ni voy a mencionar los horrores del uribismo porque son evidentes. Pero sí hay que decir que desde el monumental desconcierto que dejó Ospina hasta la nobleza y sabiduría de Carlos Gaviria, pasando por la infinidad de columnistas que han hecho pública su intención de voto, ha emergido un debate de proporciones históricas, y hoy el país se enfrenta a un punto de inflexión en lo que a derechos humanos se refiere.

Ninguna negociación política ha llegado tan lejos y por eso es menester recordar que hace más de dos décadas amplios sectores de izquierda han demandado un solución política del conflicto pese a que hoy muchos se alejen aduciendo coherencia. No será de mucha alegría para la ultra derecha y sus especuladores empresariales como Fedepalma, asentada sobre tierra de desplazados, tener que inventarse un sustituto al revanchismo Estado-Guerrilla tan útil para justificar los crímenes y saqueos de la para-economía.

Es de ilusos pensar que las elecciones van a definir un modelo económico, cuando el neoliberalismo se ancló en la mitocondria de la élite desde el Consenso de Washington y su aplanadora seguirá hasta que la anhelada vía de las reformas sociales no termine de cuajar, en cuyo caso los diálogos de La Habana son una posibilidad. Buena, mala o regular, son un hecho histórico que Zuluaga no representa. Sé que el fin del conflicto no implica necesariamente la paz; lo primero no depende de lo segundo pero lo segundo es imposible sin lo primero. Pero tener a las FARC y al ELN en una misma mesa negociando la dejación de armas es mucho más que un mal menor.

Una cosa sí es cierta, del neoliberalismo al calor de la guerra es otra cosa, así a muchos les parezca indiferente. Por eso este domingo votaré contra la “Renovación Nacional” que encabeza Álvaro Uribe Vélez y los financiadores del paramilitarismo como José Felix Lafaurie, los legitimadores acérrimos de los crímenes de Estado como Pacho Santos, Obdulio y Cossio. Votaré contra el santo oficio de Alejandro Ordóñez, María Fernanda Cabal y su ejército de Nazi-criollos. Bien dice un sabio dicho popular: “vale más encender una vela que maldecir la oscuridad”.

Amanecerá y veremos, pero los que con buen criterio defienden la abstención y el voto en blanco olvidan que al pensamiento le falta pragmatismo para consolidar, y ahí es cuando los que saben “hacer” cogen ventaja sobre los que saben “pensar”.