Manuel Ardila (BN)En esta época es mucho más fácil que antes poder guiar nuestras vidas a través de nuestras propias decisiones, de seguir nuestro propio libreto y así ser libres de buscar la felicidad por nuestra cuenta y riesgo.

 

Por: Manuel Ardila

Pareciera que muchos de nosotros no naciéramos con un pan debajo del brazo sino con un libreto.

Desde el mismo instante en que saludamos por primera vez al mundo con un sollozo (e incluso antes) empezamos a actuar. Teniendo en cuenta múltiples detalles que ni siquiera conocemos o dominamos al nacer, nuestra vida empieza a ser regida por elementos culturales dictados por una  sociedad que oficia, desde el principio, como director de escena.

Dependiendo de los genitales con los que nacemos los mayores determinan si deben vestirnos con ropa azul o rosa, si debe educarnos para ser sumisas y obedientes o altaneros y orgullosos. Cientos de nacionalidades deben estar acompañadas (en nuestras mentes cuadriculadas) de ciertas características físicas o culturales: Jamás esperaríamos toparnos con un indio ateo, un amerindio testigo de Jehová o un musulmán de raza blanca.

Aún así, a pesar del poder avasallador de la costumbre y la tradición, cientos de personas a lo largo de la historia han decidido nadar contra la corriente y anteponer hasta su propio bienestar físico a los mandatos de esa masa informe. Gracias a esos hombres y  mujeres que se la han jugado en pos de dejar de ser miembros de la comunidad por omisión y entrar activamente al juego de repensarla, nuestras sociedades se han vuelto más tolerantes, más diversas, más humanas.

No obstante, como en todo asunto que atañe a lo humano, hay episodios que demuestran que en esta lucha por la aceptación de la diferencia han tratado de intervenir oportunistas, personajes que ven en un propósito loable una oportunidad de sacar lucro. Los que nunca faltan.

Recientemente en los EEUU, una destacada activista por los derechos de los afroamericanos en Washington, Rachel Dolezal, ha levantado una gran polémica al descubrirse que, a pesar de presentarse como una persona con ascendencia blanca, negra e indígena que prefirió “cultivar” su herencia negra y de lucir una tez morena y una variedad de peinados “estilo afro”; originalmente lucía una cabellera rubia y ojos azules, es descendiente de alemanes y checos y por lo tanto es 100% blanca.

Este caso  ha logrado levantar un gran debate, ha puesto a discutir a la gente sobre si denominarse de uno u otro grupo racial puede ser una elección personal (no determinada por la biología o la apariencia del individuo) o sobre si la raza es un asunto eminentemente cultural (o sea, la raza como un libreto). Incluso, no pocos han comparado su caso con la del ex atleta Bruce Jenner, quién se ha sometido a un publicitado cambio de sexo.

Leyendo los pormenores de esta historia se me vino a la cabeza la del periodista de raza blanca John Howard Griffin, quien hace más de 50 años (en la época previa a la lucha por los derechos civiles en EEUU) decidió ingerir varias dosis de un medicamento contra el vitiligo, tomar largas sesiones bajo una lámpara ultravioleta para adquirir un tono de piel oscuro y lanzarse de lleno a experimentar cómo era la vida de una persona de raza negra en el Sur segregado.

Durante esta odisea Griffith experimentó en carne propia cómo esa América trataba de someter de todas las formas posibles a los ciudadanos que consideraba de “segunda clase”, cómo condicionaba hasta los actos más básicos del individuo a un criterio eminentemente racista. Griffin experimentó experiencias humillantes para cualquier ser humano como tener que buscar a las carreras un baño para “personas de color” llevando a cuestas la necesidad imperiosa de orinar o tener que recluirse en cierta parte de un restaurante o a ciertas sillas en un autobús.

Su periplo, resumido en un libro llamado “Black Like Me”, le trajo un gran número de enemigos de su propia raza quienes consideraron que Griffin había cometido la ofensa suprema. La animosidad de ciertos sectores supremacistas contra él llegó a tal punto que Griffin se vio obligado a exiliarse en México junto con su familia por un tiempo y soportar toda clase de ataques físicos y verbales. Al morir en 1980, de complicaciones derivadas de la diabetes, no fueron pocos los que se aventuraron a señalar infamemente al Oxsoralen, el medicamento contra el vitiligo mencionado anteriormente, como el culpable de su fallecimiento.

Como pueden leer, el riesgo asumido por Griffin no fue poco y ha permitido a través de su experiencia escrita que miles de personas de otras razas distintas a la negra experimenten de manera indirecta los efectos de un racismo que solo podríamos catalogar de “castrante”, que a partir de los lazos suministrados por la  empatía y la comprensión se tiendan puentes entre razas y culturas.

Estos mismos componentes no los puedo identificar en la historia de la señora Dolezal, quien pudo haber hecho mucho por el entendimiento racial sin cambiar un ápice de lo que era y ha dejado entrever con sus actos que se transformó a sí misma para obtener alguna clase de rédito. La señora Dolezal se parece más a esas personas que presumen de tener sangre aborigen para poder montar un casino en una reservación india -o a esas otras que, siendo blancas, se postularon para ocupar las curules afrodescendientes para usarlas como arma política- que a John Howard Griffin.

En esta época es mucho más fácil que antes poder guiar nuestras vidas a través de nuestras propias decisiones, de seguir nuestro propio libreto y así ser libres de buscar la felicidad por nuestra cuenta y riesgo. Este derecho precioso viene también acompañado del deber inapelable de asumir con sinceridad lo que somos, de defender contra viento y marea lo que queremos ser y de no utilizarlo para sacar provecho en esta era de correcciones políticas y linchamientos mediáticos. Como se ha repetido hasta la saciedad, los tiempos son complejos, la valentía es cada vez más necesaria y cada vez es más urgente preguntarse: “¿qué papel quiero o debo actuar, el que me pone con los de abajo o con los de arriba?”.