No te descuides, mantente alerta, escribe siempre en estado de incomodidad. Después exhíbete, lanza jabs sutiles hasta que suene la campana y tu oponente esté humillado.  

 

Por: Giussepe Ramírez

«Es bien sabido que no hay

mejor forma de librarse de una obsesión

que escribir sobre ella.». Enrique Vila-Matas

Escribo mucho sobre la gente que odio. El ejercicio de exhibir el resentimiento en una hoja tiene efectos terapéuticos en mí, o al menos quiero creerlo a veces, porque las mismas obsesiones te van a perseguir toda la vida, el mismo odio agazapado; precisamente ahí, en esa persecución abstracta, está el veneno necesario del que habla Murakami a la hora de escribir. Sin veneno la literatura es una mierda, un plato frío que no dan ganas de meterlo al microondas. La hoja absorbe una gran dosis de ira contenida en un primer momento, después el tiempo hace lo suyo y hasta te parece aburrido lo que en un instante creíste una grandiosa creación del odio. Te das cuenta que carece de valor estético porque escribiste con las tripas y no con la cabeza, que querías imitar el vitalismo de Bukowski y no la precisión de Hemingway.

Sin embargo, lo que esperas solapadamente es que te respondan al golpe, que el contrincante caiga en el juego y te conecte un puñetazo que libere la adrenalina en tu cuerpo; que te golpeen para quitarte los nervios mientras tú preparas un gancho a la barbilla desde las cuerdas. No te golpean y sientes que le das a un saco, a la perilla en el mejor de los casos. Una vez tuve una pelea de boxeo y ganaba ampliamente; iban tres asaltos y el oponente no me alcanzaba con sus puños. El pobre tenía la cara maltrecha con todos los golpes que yo le conectaba, pero me ablandé al verlo machacado y descuidé la guardia. Mi hígado recibió un gancho que no esperaba y la pelea terminó. No te descuides, mantente alerta, escribe siempre en estado de incomodidad. Después exhíbete, lanza jabs sutiles hasta que suene la campana y tu oponente esté humillado.  

Escribir con odio es sensato: te evita gritar o golpear a la gente. ¿Quieres gritar sin que se escuche? Pones mayúsculas: PÚDRETE. ¿Quieres golpear sin hacer daño? Sacas un bate de la cabeza, al estilo vallejiano, y le rompes la cara a quien esté importunando. Vas depurando la maraña que te hace brotar las venas; vas abriendo campo para la ficción, a lo sumo para la autoficción. No se puede negar que te verás un poco idiota, pero quizá duermas más tranquilo. O quizá no.

A veces lo que odias no es a otra persona sino a ti. Odias tus fantasmas y la imagen en el espejo; odias las neurosis con las que tienes que lidiar. Te haces el desentendido porque te da asco todo lo que eres, lo que crees ser, lo que fuiste. También te desagrada no saber quién eres, y aún más no querer saberlo. Rompe el espejo y escribe.   

Escribo para dejar de odiar. O para seguir odiando únicamente en el papel o en la hoja electrónica, en la memoria. Pensar simplemente también puede ser un buen ejercicio contra el odio, contra la acción que provoca el odio, pero no está anclado a nada. La escritura sí. Es más fácil superar la pérdida de alguien cuando ves el cadáver. Esta hoja es un cadáver. 

@Animalmoribundo