El ser humano cree más sublime el acto de escribir que el de leer; lo prefiere y lo encuentra más accesible que otras artes. ¿Quién no sabe escribir? Por alguna razón que desconozco, cree más a su alcance escribir bien que leer bien, o al menos leer inocentemente.

 

Por: Giussepe Ramírez

En noveno semestre de economía, cuando era demasiado tarde para abandonar la carrera y matricularme en otro pregrado, descubrí que lo que de verdad quería hacer era escribir literatura. Aquel semestre decidí matricular Taller de escritura I, donde todos los estudiantes que asistían pertenecían al programa de Licenciatura en literatura. Recibí miradas de intriga al mencionar mi extracción económica. Yo era un bicho raro, pero el ego era el mismo. El taller era dictado por la cuentista Ángela Adriana Rengifo.

Nunca voy a olvidar la primera clase. Cerca del final, la profesora nos propuso un ejercicio: leería el primer párrafo de un cuento de un escritor reconocido y a partir de ahí continuaríamos nosotros la historia (máximo una cuartilla). El inicio de todas las historias sería este: «Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es probable, también, que al principio la tome como una broma sangrienta, y casi seguro que su primer impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y, no obstante, caería en un error más grave». Finalizamos de escribir nuestros cuentos. La profesora nos reveló el título del cuento con ese primer párrafo: Uno de cada tres; el autor: Augusto Monterroso. Finalmente leyó todo el cuento. Después leí mi cuartilla. Recuerdo que al finalizar, un poco cimbrada y estremecida, la profesora advirtió que nunca olvidaría mi historia.

Quizá ya la olvidó, pero sus palabras tuvieron una resonancia especial para mí y en ese momento decidí que quería escribir literatura en serio, que me interesaba tener la habilidad para causar ese efecto en las personas. Quise acceder al sortilegio.

El efecto que logré esa tarde no me lo había enseñado nadie (al menos no que yo supiera), pero entendí que fue un golpe de suerte o un resto de talento lo que lo provocó, y que si no lo ejercitaba perdería fácilmente esa facultad.

El ser humano cree más sublime el acto de escribir que el de leer; lo prefiere y lo encuentra más accesible que otras artes. ¿Quién no sabe escribir? Por alguna razón que desconozco, cree más a su alcance escribir bien que leer bien, o al menos leer inocentemente. Preferencia contradictoria dada la subordinación de la escritura a la lectura.

Existe una crítica alrededor de los talleres y programas de escritura creativa: que son prescriptivos y por lo tanto, debido a la naturaleza libre de la creación, son estériles e improductivos. Es decir, que no ayudan en nada, ni generan alguna evolución estética o técnica en quienes se matriculan en ellos. Cabe señalar que esta crítica viene dada más por el nombre de la maestría que por su componente curricular (aunque muchos de estos talleres sí se convierten en recetarios paralizantes). Es probable que el nombre se deba precisamente a esa preferencia del ser humano, a querer explotarlo y usarlo como manera de cautivar a la demanda (siempre el mercado). ¿Descendería el número de matriculados si en vez de escritura creativa se llamara lectura crítica, o, digamos, lectura prevenida? Mi hipótesis es que sí, pues claramente las personas estarían menos dispuestas a pagar para que les enseñen a leer, o a hurgar en los recursos narrativos de las obras.

La crítica a estos programas también surge de cierta noción de genialidad para escribir, de una ausencia de técnica. Mejor dicho, que del oficio de escribir nada se puede enseñar, que todo tiene que ser genio y trabajo, o aprender haciendo —habría que intentar escribir un párrafo aceptable sin haber leído a un buen escritor. No es lo mismo lanzarse a la aventura de una historia con cambios abruptos de narrador sin leer La señorita Cora o Las babas del diablo que conociendo el juego de Cortázar. Pero todo viene aparejado a una técnica precursora, incluso el sexo, aunque muchos lo prefieran en su versión más animal e irracional (sospecho que el sexo contemporáneo es más placentero que el de los primeros hombres).

Los programas en escritura creativa tienen que ver más con el cómo que con el qué. Es decir, más con decisiones narrativas que con la historia. ¿Por qué en primera persona y no en tercera? ¿Qué significación tendrá la historia si en vez de pasado perfecto uso el presente continuo? Quien se matricula en ellos no solo pretende aprender a escribir, sino aprender a hacerlo bien. Otros asistirán con lo quimera de escribir una obra maestra. Cosa difícil, pues ahí entran el azar, el talento (asimétrico) y la disciplina.

Dado el espíritu creativo de estos programas, uno esperaría que dé las herramientas críticas y teóricas para abordar las obras de otros y la propia, convertirse en un lector prevenido que desentrañe los procedimientos narrativos y estéticos. Que, en fin, brinde los rudimentos y afile la sensibilidad para que el veneno de la creación no se agote, ni se seque, aunque la inspiración nunca visite.

@Animalmoribundo