De allí en adelante, las figuras del laberinto y el espejo regresan cuando los humanos necesitamos saber acerca de nosotros mismos algo más de lo insinuado en nuestras precarias biografías. Para las grandes escuelas filosóficas, la tarea suprema de la existencia es el conocimiento de uno mismo.Por: Gustavo Colorado Grisales
Todos conocen las anécdotas. En la historia de Lewis Carroll, Alicia encuentra al otro lado del espejo su propio mundo vuelto de revés. En ese universo, el rey Carmesí y el Sombrerero Loco son trasuntos de nosotros mismos, solo que caminando cabeza abajo, como creían en la antigüedad que andaban los habitantes de las antípodas. Por su lado, en la mitología griega la reina Pasifae se apasiona por un toro y acaba engendrando al Minotauro, una criatura mitad hombre y mitad bestia confinada en el laberinto de Creta. A ese lugar llega Teseo, liberado finalmente con la ayuda del Hilo de Ariadna.
No sé si esa era la intención. Probablemente no. Pero las dos imágenes resumen con precisión el sentido último de la literatura y la filosofía, esos territorios contiguos que, como los grandes amores, se atraen y repelen de acuerdo a las urgencias del momento. De allí en adelante, las figuras del laberinto y el espejo regresan cuando los humanos necesitamos saber acerca de nosotros mismos algo más de lo insinuado en nuestras precarias biografías. Para las grandes escuelas filosóficas, la tarea suprema de la existencia es el conocimiento de uno mismo. Solo de esa manera es posible eludir la alienación y encontrar el lugar de cada quien en el mundo. “Hallar en sí mismo al poeta, y de ese modo llegar ser quien realmente se es”, era el consejo de Píndaro. Para ver el propio rostro se precisa, cómo no, de un espejo. Pero pocos quieren verlo: por eso, en el cuento infantil, cuando la madrastra de Blancanieves le pregunta al espejo quién es la más bonita, se enfurece al no obtener la respuesta esperada. Siempre resultará doloroso enfrentar nuestras verdades últimas.
La literatura es entonces la hondura donde podemos mirarnos. “Un poema es un juego con espejos que se desplazan”, traduce bellamente Jorge Luis Borges los versos de William Butler Yeats. Solo el relato de nuestra historia individual o colectiva nos da una pista del pasado, del presente y de lo que podemos o anhelamos llegar a ser. Siguiendo esa bifurcación, la metáfora de Hamlet, calavera en mano, remite ineludiblemente a los versos de don Antonio Machado cuando evoca la imagen de un hombre consagrado a contemplar “El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza”.
Mientras la literatura es espejo de azogue, de agua o de palabras, la filosofía opta por la figura del laberinto. Aquí la vida no solo es relato: es ante todo un viaje iniciático desde el oscuro corazón del individuo hacia las incertidumbres del afuera. Ese es el sentido último de la metáfora de la caverna de Platón. Para conocer el mundo tal como es debemos abandonar la comodidad de la caverna. Si ustedes se fijan con atención, ese viaje siempre debe hacerse en soledad, con todos los riesgos implícitos en una aventura de esa índole. No hay guía ni gurú. Por eso resulta tan sugestiva la idea de la secta, el partido o la congregación: nos exime del riesgo de la búsqueda personal a través del laberinto. El precio, desde luego, es la renuncia a la libertad. Allí reside, entre otras cosas, la clave del éxito de los caudillos y los mesías: la masa enajena su autodeterminación a cambio de la garantía de seguridad. Hasta hace unas décadas ese ejercicio de alienación de la voluntad se hacía en la plaza pública. Hoy ni siquiera se necesita: para eso existen la publicidad y los medios de comunicación.
A la figura del espejo y el laberinto, el poeta William Blake añadió otra no menos inquietante: la puerta. En ella se conjugan los dos primeros. Nos permite asomarnos a lo otro, pero conlleva también el riesgo de perderse una vez franqueada. No especulaba el músico Jim Morrison cuando eligió ese nombre para su banda: The Doors. Al fin y al cabo la obra completa de Blake, como la de todo gran artista, es una invitación constante a adentrarnos en ese juego perpetuo de espejos y laberintos que es toda vida digna de ese nombre. La recompensa será ese conocimiento de sí y del mundo que empujó a Odiseo y a tantos otros a abandonar Ítaca para descubrir al final que su aventura era en realidad una historia urdida por Penélope para tratar de entender el sentido de su propia espera.

