Preveo que primero tendremos presidente o presidenta homosexual (unión civil o de hecho conformada) que presidente soltero. Pensándolo bien, ya tuvimos presidente homosexual. ¡Y nosotros haciéndonos los godos!

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

De niño yo pensaba que para ser presidente de Colombia, además de ser colombiano de nacimiento, ciudadano en ejercicio y mayor de treinta años, había que ser casado. Era una asociación producto de ver siempre en las campañas a los hombres acompañados por sus esposas, o saber que todos estaban casados, como si la soltería no pudiera ir de la mano con el ejercicio del poder. Pero según el artículo 191 de la Constitución Nacional solo se necesitan los tres primeros requerimientos. Entonces entendí que el matrimonio no era un requisito, sino, en varias ocasiones, una jugada para mostrar a la sociedad la imagen de hombre tradicional y humano. Si no son muy usadas en campaña, las esposas aparecen como apagadoras de incendios cuando la imagen tambalea entre la de hombre promiscuo y poco familiar, sin importar los hilos que se mueven tras bambalinas, y así no perder votos. Dice Vallejo en El desbarrancadero: «Con esta debilidad que siempre he tenido yo por las mujeres, de maricas nada sé, como no sea que los hay de sobra en este mundo incluyendo presidentes y papas. Sin ir más lejos de este país de sicarios, ¿no acabamos pues de tener aquí de primer mandatario a una Primera Dama?». La frase me dejó bastante desubicado. El chisme me pudo y un día me atreví a preguntarle a un curtido contertulio político por el sentido de la misma. Pensó unos segundos y no me dio una interpretación, sino un apellido (me enteraría después que era un secreto a voces). Entendí entonces que si aquel expresidente hubiera recogido las banderas del partido y de la diversidad, sin su querida esposa de escudera, seguramente nunca le habrían puesto la banda presidencial porque simplemente no lo habrían votado (por aquella época los homosexuales apenas empezaban a disfrutar no ser considerados como enfermos por la OMS. Los negros habíamos conseguido el alma un poco antes).

El primer día de la convención republicana el público estaba más expectante por el discurso de Melania Trump que por el del propio Donald. Reduciría un poco su impresión de hombre de negocios y lo acercaría más al electorado. Lo humanizaría. Como ya sabemos, las cosas salieron un poco mal. Caso contrario al esperado en el primer día en la convención demócrata. Algún curioso esperaba la aparición de Bill Clinton, y eso porque es un expresidente, pero la mayoría aguardaba el discurso de Bernie Sanders, la senadora Warren, Barack Obama o Michelle Obama.

Las dinámicas en el diseño de campañas parecen distintas. Por un lado, a los hombres hay que aterrizarlos, naturalizarlos un poco, como si por descontado ya les correspondiera cierto halo de ser lejano y superior. Por el otro, a las mujeres hay que irlas moldeando como heroínas por haber llegado a tales aspiraciones y esferas, dejando de lado la escena familiar. En el caso de los hombres, el poder pareciera que siempre convive y va acompañado de una esposa, no en vano el sonoro dicho. En cambio, los medios nos presentan la relación de cónyuge (ya no digamos maternidad) y poder en las mujeres—la presidencia en este caso— como cosas irreconciliables, o al menos una esfera de la vida que está en segundo plano y que no es explotada como en el caso masculino.

Preveo que primero tendremos presidente o presidenta homosexual (unión civil o de hecho conformada) que presidente soltero. Pensándolo bien, ya tuvimos presidente homosexual. ¡Y nosotros haciéndonos los godos!