Gustavo ColoradoPor: Gustavo Colorado
Se han escrito demasiadas páginas sobre los orígenes, naturaleza y propósitos de la  llamada  Opinión Pública como para redundar  sobre ello aquí. Basta recordar que políticos, publicistas y otros vendedores de ideas, bienes y servicios la invocan cada vez  que necesitan justificar algo. “La opinión pública lo exige”, “ Son los deseos de la opinión púbica”, “ La opinión pública lo condena”, son algunas de las frases más socorridas. En su versión nacionalista se habla   de “La voluntad de los colombianos” cuando  un político promete algo o un gobernante toma una decisión de gran impacto colectivo.  De paso, olvidan que los nazis  apelaron    todo el tiempo a una improbable voluntad del pueblo  alemán a la hora de cometer las atrocidades por todos conocidas.  Como si no bastara con eso, la vieja sentencia latina nos dice  que la voz del pueblo es la voz de Dios, dándole así  un talante  inapelable a algo tan imprevisible  y peligroso como los impulsos de la masa.

Olvidamos a menudo que la opinión pública es, en esencia, una creación de los medios de  comunicación. Y ese debe ser un elemento a tener en cuenta a la hora de analizar los resultados de esas encuestas periódicas  que pretenden calificar la gestión de los gobernantes. Va de muestra un caso: no soy simpatizante de Gustavo  Petro y menos de su movimiento político. Pero no deja de asombrarme que el contenido completo de los noticieros televisivos  de Caracol  y RCN esté casi siempre   enfocado a registrar  aspectos negativos de  Bogotá en campos tan sensibles  para el ciudadano como la seguridad  y la movilidad. Pero nunca reseñan sus logros en materia de salud  o educación. El objetivo  es claro: sembrar  en las audiencias la idea de que la gestión toda es un desastre. Luego vendrán las encuestas de opinión   o de  percepción  y, por supuesto, los encuestados, bien adiestrados por los medios, responderán lo que estos últimos   quieren. Los resultados se convierten así en un arma política de   alcances mortíferos.

Guardadas proporciones, algo   parecido acontece en Pereira con la administración de Enrique Vásquez   Zuleta.   Lejos estoy de sus ideas y prácticas.  Pero no creo que su gestión sea tan desastrosa como la pintan. Campos como  la  educación, las alternativas de vivienda y la salud registran  un balance positivo, en el último de los casos  a pesar  de la crisis general del sistema.  Con todo, los medios impresos y radiales    se    han dedicado, en una decisión concertada, a  resaltar día tras día sus yerros en asuntos que no  son del todo del control de un alcalde, como el empleo o la seguridad. Se genera así una atmósfera   negativa que todos  acaban por aceptar, al punto  de que se  renuncia a los argumentos y a la necesaria discusión que permita  evaluar las cosas en contexto.

Eso explica en buena medida los previsibles resultados de  encuestas de percepción como los realizados por  Pereira cómo vamos. Nadie discute que se trata de un ejercicio serio y bien intencionado por parte de sus gestores. Pero antes que un conjunto de realidades, lo que las respuestas a sus cuestionarios revelan es  la visión  que de entrada los medios querían venderles a los ciudadanos: la de una  gestión   plagada de desaciertos y sin logro alguno para mostrar. Y  como  en últimas se trata de una estrategia política,   esos mismos medios  no tardan en señalar a los que,  de acuerdo a quienes los controlan “Sí saben gobernar y darle un rumbo a la ciudad”, según  leo y escucho con insistencia todos los días.

Se crea  así un círculo  dañino y con frecuencia peligroso: en lugar de participar en la educación de un ciudadano autónomo y crítico, los medios lo adiestran en la obediencia para que a la hora de las decisiones   responda a intereses preestablecidos, dándole así legitimidad a una falacia que, en últimas, solo consigue ahondar las grietas de  una democracia tan frágil como la nuestra.