El Chapulín es el latinoamericano promedio, el luchador cotidiano por sobrevivir y ser feliz en medio de sociedades desiguales, el latinoamericano solidario, que sabe reír en medio de la adversidad que a pesar de los golpes y las contrariedades, siempre se levanta nuevamente.
Por: Miguel Ángel Rubio
He decidido dejar la política de lado en esta ocasión y hacer un sencillo homenaje al ídolo de mi infancia, al súper héroe más original que haya nacido en país alguno. Un súper héroe sin poderes, cobarde, torpe, chico, poco agraciado, pero que siempre está dispuesto a ayudar de algún modo, un solidario, un amigo.
Nadie en la infancia jugaba a ser él. Todos preferían al enmascarado vampiro o al criptoniano de acero, muchos se disfrazaron incluso del híbrido hispano texano de traje negro y espada al cinto, pero todos se hubieran avergonzado alguna vez de jugar a ser el Chapulín Colorado, ese latinoamericano a más no poder que aun sabiendo que llevaba las de perder enfrentaba los problemas con el solo poder de su Chipote Chillón. El Chapulín es el latinoamericano promedio, el luchador cotidiano por sobrevivir y ser feliz en medio de sociedades desiguales, el latinoamericano solidario, que sabe reír en medio de la adversidad que a pesar de los golpes y las contrariedades, siempre se levanta nuevamente. Para mí, héroes de todos los días, chapulines sin chipote y antenitas.
De Roberto Gómez Bolaños, el genio que se esconde tras este personaje, lo que se diga siempre será insuficiente. Hace poco, se le vio reducido a un balón de oxígeno y una silla de ruedas en un homenaje que recibió en México, que más que homenaje, fue un boom publicitario y comercial, donde a partir de un Reality, nada más contrario a su latinoamericanismo, se buscaba el mejor imitador de alguien inimitable. Él estuvo de convidado de piedra, pues su incapacidad para hablar solo le hizo reír de nostalgia y llorar.
Antes, quisieron encaramelarnos con una versión animada de su más grande creación, El Chavo del ocho, cuyo fracaso es estruendoso, El Ehavo es más que eso. Es un fenómeno brechtiano, un artificio finamente hilado y estético, para mostrar cómo es un país, cómo se fraguan y se resuelven los problemas diarios de una nación, es una crítica sensata a la lucha de clases, sin caer en el melodrama, con sutiles juegos de lenguaje, con alusiones costumbristas, con elisiones a la realidad de afuera, pero alusiones a la realidad política equivalente desde el río grande hasta la Patagonia. El Chavo es, ante todo, un reflejo de lo que somos, y ese niño huérfano de ocho años, habitante de un barril (arcana referencia a Diógenes), somos cada uno de nosotros, buscando nuestro verdadero destino.
Y así sus personajes van robándonos carcajadas y distrayéndonos del trajín diario, pero también dejándonos una inquietud socrática. El genio de la TV supo hacer del humor, su denuncia y su oficio.
Chespirito se inscribe en el selecto club de los grandes humoristas de Latinoamérica, al lado de su paisano Cantinflas, y de otros latinoamericanos como Quino y Fontanarrosa, Les Luthiers y otros que, desde la risa, han mostrado al mundo de habla hispana y al mundo no hispano. Un continente que se busca a sí mismo todavía existe y tiene mucho que decir mientras genios de su talla no callen jamás
Felices 83, maestro…
Y síganme los buenos.

