No creo, como dice Vargas Llosa —y digo esto con el mayor de los pudores—, que Lampedusa murió pensando que era mal escribidor. Mi hipótesis en esos casos, argumento por igual de fracasados y maestros, es que pensó que el mundo, o los tontos editores, no estaban preparados para él.
Leyendo el Alto en el camino de Vargas Llosa me topé con mi tocayo. Lo es en un sentido relativo porque su nombre, a la manera italiana, se escribe con dos p; el mío, a la manera de mis padres, se escribe con doble s. Rápidamente busqué su obra maestra. Más que por la fantasía de ver mi nombre (no tan común en Hispanoamérica), con una pequeña diferencia tipográfica, sobre la tapa de un libro, la busqué por la historia de fracaso, de nuevo relativa, que revistió su publicación.
Transcurrieron dieciocho meses entre la muerte de Lampedusa y la publicación de El gatopardo. Y no en el sentido que uno espera, o en el de los padres que piensan que morirán primero que los hijos. Vargas Llosa comentaba en su columna que la obra fue rechazada por siete editores y que Lampedusa murió creyéndose mal escribidor. Gioacchino Lanza Tomasi, prologuista de la novela, atemperando “el mito romántico del genio incomprendido”, comenta que además del rechazo de Mondadori y Einaudi, algún editor tuvo la delicadeza de hacerle una reseña positiva y recomendarle a la editorial tenerlo en cuenta.
No creo, como dice Vargas Llosa —y digo esto con el mayor de los pudores—, que Lampedusa murió pensando que era mal escribidor. Mi hipótesis en esos casos, argumento por igual de fracasados y maestros, es que pensó que el mundo, o los tontos editores, no estaban preparados para él. Alrededor de los artistas se tejen historias para enriquecer el halo místico que se les endosa: pintores que no se aseaban para disponer ese tiempo en la pintura, escritores asexuados para no perder la fuerza creadora. Habría que desconfiar tanto de los escritores que dicen no leer para no contaminarse, como de los que dicen no vivir para no perder el tiempo. La cuota máxima y a la vez el requerimiento mínimo para ser un Escritor es la devota disposición al fracaso eterno, que en términos estrictamente humanos no quiere decir más que la ofrenda desenfadada del anonimato en vida a pesar de dedicarla toda a ese oficio.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue un anónimo en el mundo de las letras, y también un aristócrata italiano. No recibió premios, ni logró ver un libro suyo publicado. Sucedió como con tanta celebridad póstuma, que alguien descubrió en un baúl empolvado los papeles de una obra maestra, o que simplemente la muerte aceleró el paso pero algo ya se había puesto en marcha.
Si alguien escribe tercamente hasta los sesenta sin publicar algún libro, aquella tenacidad reviste alguna profunda confianza en el talento, alimentada por los comentarios del círculo cercano, o como la imposición de una fuerza natural que irremediablemente parirá algo valioso. El arte ha de seguir las leyes del universo, sobre todo las artes silenciosas con alto riesgo de enterrar a sus exponentes en el más triste anonimato. Algún planeta bello estará formándose en este instante y nosotros no lo sospechamos, será descubierto en otros tres milenios entre el polvo cósmico de alguna nueva galaxia.


