Manuel Ardila (BN)Es decir, Uruguay logró en cuatro años lo que muchos creemos que en nuestros conservadores países latinoamericanos tomaría por lo menos dos generaciones.

 

Por Manuel Ardila

A uno de ellos le resta un año y medio en el poder, y el otro ya terminó su mandato.

Uno de ellos es el presidente de una de las naciones más poderosas de la tierra: Una potencia económica, militar y geopolítica con una capacidad de injerencia  en los destinos de otros países abrumadora.

El otro fue durante cuatro años la persona que dirigió el rumbo de un “paisito” como él lo llama, con poco más de 3’200.000 habitantes (la tercera parte de la población bogotana), una extensión territorial de unos 170.000 km2 (la extensión de Colombia decuplica esta cifra) y considerado solamente como una potencia futbolística de primer orden y uno de los países de AL que asegura una mejor calidad de vida.

Aun así,  pareciera que  el paradigma que quería imponer Barack Obama, presidente de los EEUU, como el paradigma que debía caracterizar a un gobernante del siglo XXI y a su pueblo, ha sido establecido a fin de cuentas por el ex guerrillero Mujica y su paisito. Durante la presidencia de  Mujica, Uruguay ha capturado la prensa, la atención, los elogios y consideraciones que desearían tener Obama y sus EEUU, dotando de un revaluado valor a esa área de influencia que creíamos que era un invento de los ministerios de propaganda, de la prensa o una simple mascarada. Al parecer, Uruguay se ha convertido en eso que llaman una “potencia moral”.

En el terreno local y global es aparentemente muy poco lo que se puede destacar de la administración Obama, incluso podríamos calificarla anticipadamente de “decepcionante”. El presidente que llegó al poder aupado por una ola de optimismo alimentada por sus antecedentes personales y sus ideas políticas se estrelló de frente y de manera brutal contra la realidad estadounidense: un país con una oposición conservadora con pocas posibilidades de volver al poder pero con la capacidad de aguarle la fiesta a Obama por el mero gusto de poder hacerlo; una política exterior dominada por la presencia de un contendor muy poderoso en el continente asiático, un radicalismo islamista cada vez más cerril y despiadado, un vecindario cada vez menos amigable y una crisis económica devastadora.

Debido a esto, ambiciosas políticas que estaban destinadas a ser programas insignia de la actual administración como la amnistía migratoria, la universalización y democratización del sistema de salud a través de Obama Care, el cierre de Guantánamo y el cambio de rumbo en el manejo de las relaciones internacionales han sufrido, en el mejor de los casos, duros reveses y en otros han quedado como buenos deseos truncados.

Por otra parte, durante de su presidencia, José Mujica, el cual también llegó al poder precedido por ciertas expectativas alimentadas por su pasado (de menor tamaño, eso sí), ocupó numerosas primeras planas a nivel mundial por marcar hitos notables para esta parte del continente como la despenalización del cultivo y consumo de marihuana, del aborto, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y la acogida de diez presos de la cárcel de Guantánamo en su “paisito”, casi nada (y todo en un solo periodo). Es decir, Uruguay logró en cuatro años lo que muchos creemos que en nuestros conservadores países latinoamericanos tomaría por lo menos dos generaciones.

Además, en estos casos el levantamiento de la prohibición vino mediado por una amplia discusión social entre sectores sociales a favor y en contra (incluso el propio Mujica se confiesa detractor del consumo de marihuana y del aborto), se dio paso al enfoque de la legalización como método menos traumático para combatir problemáticas de enorme relevancia en la región como la drogadicción y alejando de paso toda acusación de que las legalizaciones son el triunfo de una especie de dictadura de lo políticamente correcto.

En el terreno de lo informal,  Mujica se ha ganado la simpatía de propios y extraños al llevar una vida austera, tratando de mantenerse todo lo alejado posible del boato y la pompa que acompañan a la investidura presidencial. Este gesto es de agradecer, si tenemos presente la mala imagen acumulada por los sistemas democráticos, debido a la codicia y corrupción de sus dirigentes durante décadas.

Teniendo en cuenta todo esto, es sorprendente constatar que mientras a Obama el hecho de ser el presidente de una de las naciones más poderosas del mundo, a pesar de haberlo dotado con un gran poder, lo “dotó” de igual forma con asfixiantes restricciones propias de un país así; a Mujica el haber sido presidente de un país tan pequeño y tan “fuera de foco” le brindó la posibilidad de adoptar decisiones y formular debates adelantados, no ya a  su época, sino a los límites de su territorio.

Los casos comparados de Obama y Mujica vendrían a demostrar que en una época marcada por enormes retos y una preocupante ausencia de líderes inspiradores, lo importante no es que estos líderes lleguen a tomar las riendas de países geopolíticamente relevantes a nivel mundial sino que simplemente surjan y se destaquen, en cualquier país, sin importar lo pequeño o irrelevante que sea. Los tiempos requieren que la política se haga, más que con poder, con agallas.