Hay mucho qué decir y de distintos modos, faltan palabras y apalabradores, porque esta ciudad es de infinitos signos y amplias evocaciones, ¿por qué entonces poetas sabiendo que hay tantas cosas por hacer gastan sus dones en querellas personales?
Por: Augusto Carbonario
Pereira, ciudad de murmullos mezclados con risas y griticos de entusiasmo que se corean cada noche de fiesta en esos fines de semana que cobijan al hombre trabajador que ha pasado sus días esperando el regreso de su descanso, esta ciudad que también es silenciosa con cosas no dichas, con tristezas no notadas, con profundos gozos escondidos en cada habitante que transita por sus calles esquivando con prisa a su prójimo, a su próximo más tranquilo que camina con calma pues quizá ya no espera nada de la ciudad, ni de sí mismo, ni de los otros.
Esta ciudad que debiera ser apalabrada en cada rescoldo y esquina, en cada rostro y pasos de sus habitantes, esta ciudad habla e invita a un cortejo interminable, a una conquista al modo del amor cortés, a un peregrinaje perpetuo por sus calles, parques y avenidas, a absorber en cada instante hasta el último de sus aromas, los confortables y los insoportables, a deslizarnos por esa que llamamos “sexta” que pareciera ser la espalda perfumada de una mujer; esto, claro, a mi modo de ver, otros verán otras cosas u otras anatomías.
Hay mucho qué decir y de distintos modos, faltan palabras y apalabradores, porque esta ciudad es de infinitos signos y amplias evocaciones, ¿por qué entonces poetas sabiendo que hay tantas cosas por hacer gastan sus dones en querellas personales? ¿Queremos todos saber a hora tan temprana de sus hondas motivaciones? ¿No hay acaso una misión más alta? Quizá no la haya, pero ustedes que ven y se detienen, ¿por qué dirigen sus dardos contra sí mismos? Tal vez quiero creer que no hay poetas sino poeta, pues la misión es la misma.
Sí, se dice que las grandes personalidades, los hombres de talento y fuego se asedian unos a otros, éste irrita a aquel y viceversa, cada uno dirige la punta afilada de su espada o de su lengua hacia el otro, pero hay suficiente espacio para que coexistan y actúen en paz, que cada cual tiene bastante enemigo con su propio talento, el trabajo por hacer es mucho y defender o atacar la honra del otro no parece tener algún fin aprovechable.
Es probable que haya “metido mis narices en un asunto que no me concierne”, ¿pero nos concierne a nosotros los que esperamos, conocer el triste espectáculo de una rencilla entre autores? No sé, quizá sea mejor conocer sus obras y sus búsquedas, no la sombra altiva de inflamados egos que oscurecen las flores del jardín de nuestra casa, sombra que se yergue y oculta lo que debe ser visto y apalabrado.


