Camilo AlzateVoy a apostar que no existe sobre las montañas antioqueñas y cafeteras un solo pueblo sin monumentos al hacha ni odas a los fundadores, retorcidas epopeyas cantando prodigios del café, la tenacidad de una raza valiente, con gallardía inmortal, titánica.

Por: Camilo Alzate

Absurda raza. Mentirosa. Traidora y aficionada al juego, a la baraja y el aguardiente. ¿Raza? ¿Cuál raza?, si sólo nos queda puro el hijueputa y lo estamos negando todavía, tartamudeaba el poeta pereirano Luis Carlos González.

La moderna investigación sobre Antioquia y el viejo Caldas es una historia sin vergüenza, en el sentido de perseguir las manchas de las familias antioqueñas, tan nobles ellas. Encuentra un nacimiento turbio a las haciendas y las fortunas. Muestra la cicatriz de la colonización atravesada por el despojo, la especulación sórdida y la injerencia de terratenientes, políticos y caudillos (casi siempre la misma cosa), que aprovecharon el desmonte de las tierras baldías para levantar fortines electorales y económicos.

Parece acuerdo tácito de ésta nueva generación de historiadores pararse en la emblemática obra de James Parsons, La Colonización antioqueña, con el único propósito de destrozarla. Aquel, que era un norteamericano obsesionado con la pujanza de Medellín, escribió el primer tratado serio acerca del proceso de poblamiento que partió primero del Oriente antioqueño y luego del Suroeste, siguiendo las cordilleras siempre al sur. Sin embargo, cometió un error imperdonable: vio en la templanza de los colonos a sus propios antepasados puritanos que conquistaron el Oeste gringo, al punto de bautizar los paisas como “Yankees de Suramérica”, contribuyendo desde una postura científica, solo en apariencia, a cimentar una mitología de civilización, progreso y superioridad cultural de un grupo poblacional que se caracteriza hasta hoy por un catolicismo furioso amén de valores tan endogámicos como conservadores. La leyenda dice que la sociedad construida en torno al café y el desbroce de las selvas fue igualitaria y pacífica, lo que explicaría su prosperidad.

Luego de evidencias relevantes fundadas en trabajo de archivo, la colonización queda desnuda de fábulas. Un académico con la altura de Jorge Orlando Melo propone otra tesis: los colonos fueron en principio antioqueños pobres excluidos y expulsados por la intolerancia política o el desprecio a su “impureza”. Álvaro Gartner, descendiente de alemanes que vinieron de peones a escarbar oro en Marmato, retrata en Los místeres de las minas un rosario de intrigas extranjeras, que a la postre redundó en el conflicto de Antioquia con el antiguo Estado soberano del Cauca, estimulando un poblamiento de antioqueños pobres con fines evidentemente políticos, en detrimento de los caucanos que habitaban pueblos como Riosucio, Supía y Anserma.

Las tierras al sur del río Arma no eran tan baldías como se dijo, ni tan deshabitadas, ni tan incultas. El historiador Alfredo Cardona Tobón lleva cuarenta años conversando con viejitos centenarios y rebuscando documentos en las parroquias de los pueblos de Caldas y Risaralda, para demostrar con relatos de viva voz que la invasión de los paisas por la cordillera occidental estuvo lejos de ser un fenómeno tranquilo y democrático. Al contrario, produjo la disolución y desposesión de extensos resguardos indígenas, además de una feroz especulación de tierras entre colonos ricos y pobres, que configuró desde el principio élites locales.

Hay que leer a Bernardo Arias. Recuerda uno a Francisco Jaramillo Ochoa, un astuto negociante haciéndose a miles de hectáreas con prebendas del Estado y el comercio de café por el río Cauca de La Virginia a Cali, mientras desalojaba los negros fundadores de mejoras, ensanchando sus ganaderías. Allí apunta una rigurosa investigación de Albeiro Valencia Llano sobre los apellidos paisas del viejo Caldas: familias de primera y segunda categoría. Peones caratejos, unos; ilustres hacendados, otros.

Benjamín Baena retomó en una novela la memoria oral del poblamiento en la hoya del Quindío, basada en un largo conflicto de tierras de los colonos contra la compañía Burila, propietaria legal de esas selvas, que al final redundó en la fundación de pueblos como Sevilla y Caicedonia. Un drama similar sufrió el paisa errante Fermín López, obligado con su gente a fundar un caserío diferente cada tanto luego que la concesión de Juan de Dios Aranzazu lo echara más al sur, cuando había desmontado y mejorado las maniguas que no le pertenecían. Así se vino desde Sonsón hasta Santa Rosa de Cabal. El derribe del monte fue un negocio hiperbólico para los compradores o despojadores de parcelas. Negociantes como Justiniano Londoño, el patriarca de una casta ultraconservadora de Manizales, o como los especuladores Juan María, Francisco y Valeriano Marulanda, antepasados de una familia terrateniente en Pereira y el Quindío.

Completando la saga, el historiador Víctor Zuluaga en un meticuloso trabajo que incluyó la revisión del Archivo de Indias, desenterró documentos de un pleito que descubre 150 años después, la odiosa fundación de Pereira dentro de un litigio por terrenos baldíos, en medio del interés de grandes comerciantes cafeteros y terratenientes del Valle del Cauca. Lo del arriero abnegado, una mano adelante y otra atrás, que trepaba la mujer con tres gallinas a la mula haciéndose próspero y rico a fuerza de hachazos, labrando un porvenir de progreso montaña adentro, resulta una leyenda muy bonita, épica, a la medida de montañeros que culturalmente siempre se consideraron superiores al resto de la república. Leyenda, no más.

Hubo comerciantes despojadores, aventureros y caudillos, bandidos y mercaderes diestros en la estafa. Existieron élites de alpargata lucrándose con baldíos y fundaciones de pueblos. Sucedió el desarraigo de los últimos Umbras, los últimos Quimbayas, de los negros palenqueros sobre las riberas del Cauca, el Otún y el Risaralda. La que no relatan los monumentos al hacha, la que no cantan los bambucos y los himnos cafeteros, resulta una historia de vergüenzas.