John en el cielo de diamantes

GUSTAVO COLORADO IZQAl leerla en este idioma pasé de la sorpresa a la estupefacción: “Imagínate en un bote/ en un río/con árboles de mandarina y cielos de mermelada”. ¿Qué era eso de cielos de mermelada? “El resultado de una traba la hijueputa”, sentenció, bíblico, uno de mis compañeros de curso.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“Picture yourself / in a boat on a river/ with tangerine trees/ and marmalade skies”. La  primera vez  que escuché esa canción sentí que algo se estremeció dentro de mi cabeza. Tendría unos once años y cursaba primero de bachillerato de la época. Esos sonidos sacados de lo más hondo del sintetizador prefiguraban cosas nunca escuchadas: anuncios de una época marcada por el vértigo y la fragmentación. Fue mi primo Pacho quien me pasó el disco en acetato que marcó mis pasiones musicales para el resto de la vida. Por supuesto, no entendí la letra, pero  me dí a la tarea de buscar quien la transcribiera al español. Al leerla en este idioma pasé de la sorpresa a la estupefacción: “Imagínate en un bote/ en un río/con árboles de mandarina y cielos de mermelada”. ¿Qué era eso de cielos de mermelada? “El resultado de una traba la hijueputa”, sentenció, bíblico, uno de mis compañeros de curso. Mi confusión aumentó: para la época -solo para la época- ignoraba lo que era una traba. Como mi padre ya se había ido de casa y mi madre  abominaba todo lo que tuviera que ver con el rock, preferí guardarme mis sospechas.

La imagen siguió  dando vueltas a mi alrededor  hasta que, unos cuatro años después, todo se me reveló de golpe en las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Como ustedes saben, en ese libro Alicia sueña con el  Rey Carmesí, que a su vez sueña con Alicia, que sueña con el Rey Carmesí., que a su vez… bueno. Ustedes ya conocen  el viejo y eterno juego de los espejos enfrentados. Los cielos de mermelada sugeridos por la canción de The Beatles tenían que pertenecer a ese universo.

Para entonces, el  cuarteto de Liverpool constituía un todo en mi  cabeza, una totalidad enorme como una orquesta. Igual me sucedía con The Rolling Stones, The Who, The Animals, The Doors y otros cuantos emisarios de la sicodelia que ya habían hecho nido en mis afectos, para mayor desazón de Amelia, mi madre.

Fue María Teresa, una profesora de música  a quien, por lo demás, consagré más de una noche de fervor onanista, quien me recordó que The Beatles eran cuatro tipos con nombre propio: Paul, George, Ringo y John. Habían  nacido en Liverpool, un puerto inglés conocido por ser la sede de un equipo de fútbol proclive a ganar títulos en serie, al menos en esos tiempos. Fue ella, María Teresa, la que me  dio a conocer sus propias traducciones de otras canciones del grupo: Yesterday, Love me do, Let it be, Yellow submarine… en fin: ustedes conocerán ese repertorio que ya forma parte del legado musical del siglo XX.

Leyéndolas, más que escuchándolas, comprendí que la evidente afinidad entre las canciones del cuarteto y las aventuras de Alicia tenía nombre propio: poesía, ese misterioso arte consistente en establecer conexiones entre asuntos en apariencia aislados entre sí, para convertirlos en belleza, esa otra forma del misterio. Desde esos tiempos, para mí el buen rock y la gran poesía son una y la misma cosa. Es más: suscribo la tesis de que el rock es en realidad un género literario.

Y entonces llegamos por fin al protagonista de esta historia, ahora que se conmemoran los treinta y cinco ¡treinta y cinco! años de su asesinato un ocho de diciembre a la entrada del edificio donde vivía en compañía de Yoko Ono,  la pintora japonesa a quien los adoradores de la banda siguen acusando de ser la causante de la separación definitiva de la misma en 1969.

Se llamaba John Winston  Lennon, un hijo de la clase obrera británica nacido en Liverpool el  nueve de octubre de 1940, es decir, en plena segunda guerra mundial, lo que para un hijo de su generación no sería un hecho anecdótico, como  bien lo probaría su postura frente a la guerra del Vietnam, que envió a una generación entera de muchachos a morir en los arrozales de las antípodas, arrasando de paso con  remotas aldeas que jamás habían oído hablar de los Estados Unidos de América.

El hijo de Julia mostró una temprana inclinación por la literatura y la música. Siguiendo esa ruta, no tardaría en cruzarse con otros  herederos de la guerra movidos por idénticas pasiones. Sus  biógrafos y los estudiosos de la música popular han dicho ya bastantes cosas como para redundar sobre eso aquí. Por eso prefiero volver al Lennon poeta, el que conformó con Paul Mc Cartney una pareja tan célebre en el mundo de la música como aquella de Gardel y Lepera. El Lennon de Hey Jude, Julia, o Across  the Universe. El de una confianza siempre renovada en los poderes de la amistad y la solidaridad . “ Hey Jude/ don´t make it bad/ take a sad song/ and make it better”, se escuchó cantar a quienes nacieron en los sesentas y empezaban a ser adultos prematuros  a mediados de los setentas a punta de noticias como la mencionada Guerra de Vietnam, las guerras de guerrillas en el tercer mundo, el escándalo Watergate, las dictaduras latinoamericanas o  la eterna contienda entre israelíes y árabes, para mencionar  solo algunas. Atrás habían quedado las promesas de la paz y las flores. La utopía  comunista presentaba los  primeros síntomas de disolución, mientras el capitalismo en su forma más feroz afilaba los colmillos antes de emprender la arremetida final. Como si no bastara con eso, los setentas empezaron sin The Beatles.

Mientras George Harrison derivó hacia el misticismo de corte budista, Paul McCartney enfocó su enorme talento musical a conquistar el creciente mercado de la industria discográfica cabalgando a lomo de su banda Wings. Por su lado, Ringo Starr se las arreglaba para no desaparecer del todo. Cada vez más distante, y acompañado de Yoko Ono, Lennon se dedicó a forjar su leyenda política de luchador por la paz . Tanto, que todavía se utiliza la célebre fotografía de los dos, desnudos en su apartamento, como un símbolo de  los poderes del amor frente a las atrocidades de los señores de la guerra. Canciones como Imagine o Give  peace a chance no tardaron en devenir auténticos himnos de los movimientos pacifistas surgidos en los cuatro puntos cardinales de la tierra. “En un siglo en  el que los vencedores son los que pegan más fuerte, los que meten más goles, los hombres más ricos o las mujeres más bellas, resulta alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho otra cosa que cantarle al amor”, escribiría Gabriel García Márquez una semana después del asesinato del músico en una columna titulada: “Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes”.

Y entonces, el ocho de diciembre de 1980 sonó aquel pistoletazo a la entrada del edificio Dakota, en cercanías del Central  Park de Nueva York. Para entonces, yo tenía veinte años, una colección de discos en acetato, una novia bohemia, una pasión demencial por el fútbol, una biblioteca en ciernes y un montón de poemas borroneados  en los mismos cuadernos que me servían para tomar apuntes en la universidad. Fue la voz del locutor Juan Harvey Caicedo la que me dio la noticia, como si se tratara de un heraldo de las tinieblas. “El ex beatle John  Lennon acaba de ser asesinado en Nueva York”, leyó Caicedo con su impecable entonación. Todavía hoy, tres décadas y un lustro después, recuerdo lo absurda que me pareció la expresión  ex beatle. Como si se pudiera ser tal cosa. Como si uno pudiera convertirse de repente en ex hijo o ex padre. No  había transcurrido una hora cuando tocaron a mi puerta dos viejos compinches  de esos días, dos muchachos del verano: Alberto Verón y Jorge Enrique Osorio. Llegaron- cómo no- con el rostro demudado, la voz trémula y los discos de Lennon apretados contra el pecho como una reliquia a punto de hacer su tránsito hacia la nada. Despojados de toda posible palabra apuramos sendos tragos de ron, esa providencial bebida que nos ayuda a sobrellevar los trances más amargos. Solo entonces, tuvimos fuerzas para escuchar y tararear sus canciones como quien eleva una plegaria a una divinidad siempre dispuesta a echar la mano. “Picture  yourself/ in a train on station/ with plasticine  porters/ and looking glass ties”, cantamos en trío desafinado. No estoy seguro, pero hoy quiero imaginar que lloramos y nos abrazamos con ese desesperado fervor de la juventud, ante  la inapelable certeza de que a esa hora John Winston Lennon ya estaba instalado para siempre en su cielo de diamantes.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada