Desde ese día el señor me acecha a la salida del trabajo y me lanza miradas que, en sus destellos oblicuos, apuntan a hacerme sentir culpable. Una semana atrás estuve a punto de presentarle disculpas, pero al final desistí, ante la imposibilidad de averiguar de qué.

GUSTAVO COLORADO IZQPor Gustavo Colorado Grisales

Esto de escribir y publicar reseñas tiene sus claroscuros. A veces- algunas veces- se topa uno con el resplandor de una joya recién publicada o sepultada en los anaqueles de una librería de viejo. Corre entonces, jubiloso, a hilvanar unos cuantos párrafos con la gratitud que solo conocen quienes hicieron de los libros- escritos o leídos- la mejor manera de estar vivos. Ese es mi caso. Solo escribo acerca de las obras que me gustan o que me conmueven. Las que nada me dicen las dejo por ahí a la espera de que algún día obtengan la bendición del olvido. Me parece falto de misericordia emprenderlas contra un texto y sobre todo contra un autor que, presumo, le encontró sentido a la existencia a través de la palabra escrita.

Pero hay ocasiones en las que el autor de reseñas debe transitar territorios de pesadilla. Hace unos tres meses un señor de apellido Mendieta dejó en mi oficina un paquete de libros de su autoría- para ser precisos, una tetralogía que va del Antiguo Testamento a una improbable sociedad del año 2130 en la que el Homo sapiens ha involucionado hasta el nivel de los gusanos-. El problema reside en que los ejemplares venían acompañados de una tarjeta en la que el desconocido me daba una orden perentoria: “Para que los lea y escriba algo sobre ellos”, decía el mensaje escrito con cuidadosa caligrafía. Desde ese día el señor me acecha a la salida del trabajo y me lanza miradas que, en sus destellos oblicuos, apuntan a hacerme sentir culpable. Una semana atrás estuve a punto de presentarle disculpas, pero al final desistí, ante la imposibilidad de averiguar de qué.

Ustedes ya habrán adivinado que no he podido leer ni el primero. Les juro que lo intenté de buena fe, pero no pude pasar de la página tres, donde el profeta Elías es secuestrado por los tripulantes de una nave proveniente de un oscuro planeta llamado Trillion. Abomino de los extraterrestres, no tanto porque tenga alguna prueba de su inexistencia, sino porque con el destino delirante de los terrícolas me sobra y basta. Así que acometí la lectura del segundo y escapé por un pelo antes de que una legión de muertos vivientes anclados en el medioevo diera con mis huesos en una de sus cuevas nauseabundas.

Pasé rápido al tercer tomo. En ciento ochenta páginas, un adolescente escapado de la película Volver al futuro III intenta, sin éxito, detener la Primera Guerra Mundial. En lugar de viajar a Sarajevo el pobre tipo toma el tren equivocado y desembarca en un prostíbulo milanés copiado de una película de Fellini. A esta altura debo reconocer que nuestro autor tiene buen tino para evocar imágenes cinematográficas.

El fin de semana pasado el señor Mendieta me siguió, unos cuantos pasos atrás, hasta la parada del autobús. Caía una lluvia menuda, digna de una de esas películas inglesas de terror de los años cincuenta- ya ven que también tengo buena memoria para el cine- y el hombre agitaba en el aire un paquete voluminoso envuelto en papel celofán negro. No sé ustedes, pero intuyo que se trata de una nueva tetralogía, que tiene como punto de partida los gusanos del 2130.

Insisto en que no me asiste derecho alguno a emprenderla contra los libros ajenos. Pero sospecho que, por alguna razón insondable, el señor Mendieta me ha escogido como su único lector y eso ya sugiere un castigo, un designio del cielo: una divinidad rencorosa pretende cobrar en mi pellejo la indolencia de los humanos, su falta absoluta de respeto ante miles de buenos libros no leídos.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada