La chispa adecuada

Desde las matemáticas hasta la literatura, pasando por las pequeñas y esenciales anécdotas cotidianas de  la vereda, la capacidad evocadora del juego estuvo presente, no como un recurso didáctico, una trampa para mantener a los pequeños concentrados, si no en su sentido más profundo: El del conocimiento como expresión de la lúdica

Por: Gustavo Colorado

Se lo escuché a la maestra pereirana Ana María Arenas en un espacio de la estación radial Ecos 1360 : “Si los  profesores no dejan de ser funcionarios para asumir su rol de creadores, el potencial de los niños se habrá  desaprovechado una vez más”.

Lo dijo con la experiencia de varias décadas consagradas a  la docencia, primero en la Fundación Cultural Germinando y más tarde en la Institución Educativa  “La Honda”, nombre este que igual podría escribe sin h y no solo mantendría , si no que multiplicaría su sentido. Por esos días, Ana María preparaba su viaje a un lugar del departamento de Córdoba conocido como “La Caimanera”. Allí se uniría a un equipo de profesionales y líderes de la comunidad dedicados a trabajar  por la primera infancia, ese momento de la existencia en el que se plantan las semillas de lo que seremos por el resto de nuestros días.

Su reflexión aludía a la presentación pública de las colecciones bibliográficas entregadas por el gobierno nacional a los Hogares Comunitarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. En el evento se mostró un video donde se registran algunos de los métodos utilizados por la maestra para hacer de sus clases una fiesta del aprendizaje. Durante todo el tiempo no se  desarrolló actividad alguna que no estuviera mediada por el juego, la música y las historias. La jornada entera fue un ejemplo visible de lo enunciado en sus declaraciones. Desde las matemáticas hasta la literatura, pasando por las pequeñas y esenciales anécdotas cotidianas de la vereda, la capacidad evocadora del juego estuvo presente, no como un recurso didáctico, una trampa para mantener a los pequeños concentrados, si no en su sentido más profundo: el del conocimiento como expresión de la lúdica, ajena por completo a esa visión del mundo empecinada  en asociar el aprendizaje con el sufrimiento.

Enfrentados a toda suerte de dificultades materiales, los niños y los padres de “La Honda” descubrieron bien pronto de la mano de su profesora que, vista desde una perspectiva  menos estrecha, menos ligada a los indicadores económicos, la pobreza puede ser solo un estado de la mente. Así, al pasarlos de mano en mano,  convirtieron unos  pocos ejemplares  en una biblioteca completa capaz  de abrir muchas puertas y ventanas en un universo familiar hasta entonces sometido a la dictadura de la televisión. Pero hay más: sin capacidad adquisitiva para comprar los juguetes impuestos por las modas al uso, echaron mano de lo ofrecido por el entorno. Madera, hierbas, piedras, arena, barro, hojas y agua remplazaron el plástico y les revelaron de paso las sospechas de los poetas a lo largo de la historia: Que el conocimiento y el aprendizaje son en realidad otras formas del recuerdo.

Quizás todavía estemos a tiempo. El legado de Ana María Arenas, una maestra en el más bello y amplio sentido de la expresión, puede ayudarnos a reencontrar un rumbo velado por la obsesión de las coberturas y los gráficos de los indicadores de gestión. Y los indicadores, bien lo sabemos, de tanto decir no dicen nada. Apenas si operan a modo de herramienta para enfatizar en la relación costo beneficio, principio y fin del decálogo de la razón instrumental de nuestros administradores. Estos últimos manejan una figura semejante a una cuchilla a punto de caer sobre nuestras cabezas: el costo de una hora hombre. Así le dicen.

Esa misma lógica se encargó de convertir a los viejos maestros en funcionarios dedicados  a redactar informes. Por eso se olvidaron del fuego -y del juego- de la palabra como chispa capaz de encender el mundo instalado en cada uno de nosotros. Y  las palabras esenciales tienen ritmo. Por eso no olvidamos jamás los versos aprendidos en la primera infancia. Haga usted el ejercicio, y le vendrán de golpe a la memoria esas imágenes plantadas por la voz del abuelo, de la madre, del vecino o de todos juntos conversando junto al fuego. El rockero español Enrique Bunbury supo decirlo de otra manera, en unos versos tan certeros como los acordes de una guitarra eléctrica: “Todo arde si le aplicas/ la chispa adecuada”.