Yo, que no puedo ver una vaca sin pensar en un buen churrasco y que imagino el paraíso como un rodizio, fui todo comprensión y solidaridad para con mi antigua compañera de aula.
Por / Gustavo Colorado Grisales

I

Parábolas

Sucedió el martes 3 de diciembre en mitad de la Plaza de Bolívar de Pereira.
Llevaba por lo menos diez años sin verla y sin embargo no se permitió la mediación de un saludo.
Indignada como un líder de los  Chalecos Amarillos franceses en su momento más alto de ruido y furor, me abordó mientras trataba de escapar al asedio de uno de  esos mimos absurdos que extorsionan a los transeúntes, so pena de ser caricaturizados en vivo y en directo ante decenas de mirones ocasionales.
¿Te puedes imaginar semejante abuso? Me espetó a la cara, manoteando como una de las Furias de la mitología clásica.
De inmediato  pensé que había sido víctima de los abusos del Esmad o de alguna otra fuerza policial, de los que fueron tan frecuentes en  la seguidilla de protestas y marchas desatadas desde mediados de noviembre.
Pero no. Como suele suceder, la ofuscación  de Miriam -así se llama mi antigua compañera de estudios- tenía orígenes mucho más domésticos y, por lo tanto, más letales.
Sucede que su hijo médico residente en Barcelona le anunció desde noviembre una de esas visitas navideñas que de inmediato reavivan en los clanes familiares el mito del hijo pródigo de regreso a casa.
De modo  que Miriam  se consagró a preparar  el recibimiento con esa clase de fervor solo posible en una madre solícita.
Voy con mi nueva novia, Almudena, le advirtió su hijo a través del teléfono móvil.
Aunque, de entrada, el nombre le generó suspicacias las obvió con rapidez.
Nuera es nuera, así se llame Almudena, se dijo en un principio y siguió comprando sábanas nuevas, toallas, vinos, jamones, quesos y toda la artillería de ingredientes que exige la  tentadora gastronomía típica colombiana.
Pasó el penúltimo mes del año y  “Llegó diciembre son su alegría, mes de parranda y animación”, según reza el estribillo de esa canción que es casi otro himno de navidad.
Llegada la hora, Miriam tomó  su automóvil tipo mujer-luchadora-de-clase media-media y, devorada por la ansiedad, partió  con destino al Aeropuerto Matecaña.
Como es de rutina, al bajar por la escalerilla del avión, el hijo buscó a su mamá con esa mirada ávida de reencuentros propia de quien pasa largas temporadas lejos de casa.
Ya en tierra, mamá Miriam lo despertó del Jet Lag con una de esas arremetidas impúdicas de pellizcos en las mejillas,  a las que las madres acostumbran someter a sus críos, tengan cinco o cincuenta años.
De momento, ni siquiera advirtió la  presencia de la muchacha flaca  que caminaba detrás de su hijo arrastrando una maleta color limón y sosteniendo en el regazo un pequeño huacal con un todavía más pequeño animal que movía sus diminutos ojos negros con una curiosidad próxima al pánico.
Educada por el cine, como todos los de nuestra generación, Miriam asociaba a las españolas con la imagen de esas actrices ricas en carnes que se tostaban al sol en las películas filmadas después de la caída de Franco.
Ustedes ya saben: esas hembras desbordadas de las películas de Almodóvar.
Por eso, en principio, no vio a Almudena.  Su blancura se aproximaba a la de esos ángeles casi transparentes que se ven en las natividades de algunos pintores flamencos.

 

II

Iluminaciones

Y a esta altura del cuento llegamos a las razones para la indignación de mi antigua compañera.
Una vez instalados en casa, su hijo buscó un sitio propicio y soltó la noticia con el aire de quien formula una revelación.
Tengo que decirte algo, mamá. Advirtió en un tono de nervioso sigilo.
¿Voy a ser abuela? Preguntó  Miriam, dando saltitos de alegría.
No mamá, quiero decirte que mi novia es vegana.
Un frío  letal descendió sobre la casa, haciendo estremecer a María y José, a la burra y el buey, que esperaban impacientes la llegada del niño en su pesebre.
¿Qué dices, mijo? ¿Me puedes decir qué vamos a hacer con los jamones, los perniles, el lomo de res, las pechugas de pollo, los chorizos, la morcilla y los callos que tengo almacenados en la nevera?
¡Pero si me gasté la prima  de fin de año comprando  comida para atenderlos!  Ahora le va a tocar a usted comerse todo eso solo, porque a mí ya se me quitaron las ganas! Exclamó mamá Miriam, levantando el dedo índice como un ángel exterminador.
Lo siento tanto, mamá, pero no puede ser: yo también soy vegano, fue la única respuesta de su retoño.
Fue ese el momento en el que Miriam salió a la calle, dispuesta a unirse a la primera marcha de protesta que se le cruzara en el camino.
Había caminado unas veinte cuadras desde el barrio Providencia cuando nos encontramos.
Yo, que no puedo ver una vaca sin pensar en un buen churrasco y que imagino el paraíso como un rodizio, fui todo comprensión y solidaridad para con mi antigua compañera de aula.
Tanto, que me dediqué dos horas a escuchar su letanía, sentados a la mesa de un café al paso frecuentado por putas prepago que pregonaban las maravillas de la silicona.
El problema de fondo -empecé a modo de consuelo- reside en que, arrinconados por esa obsesión contemporánea con la salud y la asepsia de quienes se niegan a envejecer y a morir, estamos sometidos a la dictadura de la lechuga.
Momento en el que Miriam  “abrió unos ojos como platos”, según suelen decir los malos traductores de literatura gringa.
Animado por su interés le dije que, hasta  finalizar los años noventa, este tipo de manías eran exclusivas de los Hare Krishna  y de unos cuantos prosélitos de las sectas Nueva Era.
Uno podía identificar a los primeros por sus túnicas color blanco y azafrán, a los segundos por su empeño en bautizar a los  niños con nombres de planetas y a los dos por el tono de piel propio de los que consumen mucha lechuga y poco sexo.
Esta última idea solo consiguió reactivar su estado de indignación.
De modo que continué: Pero al despuntar el nuevo siglo el asunto se masificó. Como había matado a Dios  apenas una centuria atrás, he aquí que la gente se dedicó a inventarse pequeñas religiones portátiles a la medida de la propia desesperación.
Paganos redivivos, empezaron a idolatrar toda entidad viviente  o inanimada: gatos, perros, toros, bicicletas, tatuajes, pircins, barbas, vegetales, árboles: cualquier cosa a la que aferrarse en medio del naufragio.
Y, como todos los conversos, se volvieron fundamentalistas y se dieron a la tarea de lanzar anatemas contra todo el que no adhiriera a sus cruzadas. Así que olvídate por ahora de la unidad familiar. Es cuestión  de paciencia y amor filial: a lo mejor para el año próximo un cuadro severo de desnutrición les devuelva la sensatez  digestiva.
Revolviéndose en la silla, Miriam tuvo su propia iluminación, resumida en una pregunta:
Y, mientras llega el otro año… ¿no me recibirías ese montón de carne?
En una reacción primitiva, y sin consultar con  su enemigo el cerebro, mi estómago respondió que sí, que sí.
Y aquí estoy, tratando de  neutralizar mis excesos con dosis dobles de Atorvastatina genérica.
Todo por solidarizarme con una víctima de la dictadura de la lechuga.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada