Posiblemente el reconocimiento de nuestra pobreza espiritual, nos permita “el hacer” que reclama Estanislao Zuleta, pues no se nos puede juzgar por lo que decimos de nosotros mismos, sino de lo ‘que hacemos’, y de lo que hacemos para cambiar nuestro destino.

 

Por: Adriana González Correa

@adrigonco

En su texto Colombia: violencia, democracia y derechos humanos Estanislao Zuleta afirma: “A los pueblos, como a los individuos, no se les puede juzgar por lo que digan de sí mismos, sino por lo que hacen.”

Una verdadera lección de ética y coherencia que al parecer se desconoce en Colombia y en la Perla del Otún. Y traigo a colación esta cita para que sea el punto de partida de una discusión necesaria de abordar, a propósito de la pérdida de investidura del concejal Gallo.

Atentamente leí muchas de las columnas de opinión, además de observar algunas discusiones en redes sociales.

El común denominador de los ciudadano/as grita un reclamo contra la corrupción y los excesos cometidos por quienes llegan al poder, incluso se denota la inconformidad por actuaciones que demuestran el enriquecimiento obsceno de los gobernantes de turno, así como de las demás ramas de poder.

Hay generalizada una indignación frente a todas estas situaciones que rayan con la moral y la transparencia administrativa, rechazo que demostraría en principio una actitud ética en los electores y de quienes determinan la opinión.

Pero cuando por fin la justicia funciona, asume su papel y demuestra eficiencia, al parecer esa indignación se desvanece entre los argumentos que justifican aquellas actuaciones castigadas judicialmente, y el sancionado es asumido y ensalzado como víctima de un poder judicial supuestamente politizado.

Aquellos que días atrás han reclamado transparencia y acciones contundentes contra la corrupción, tan pronto ven un fallo contrario a sus intereses o tendencias políticas, las más ácidas críticas salen a flote, hasta el punto de afirmar que, sí se requiere castigo, pero no así.

Con el disfraz del atentado a la gobernabilidad, o la suspicacia consabida de los supuestos intereses ocultos del demandante, al sacar como de un sombrero de copa un proceso fiscal de unos ocho años atrás, o el interés oscuro de terminar la carrera política del alcalde, se han despachado los nobles discursos de transparencia que surgen al vaivén de cada nuevo escándalo.  

La madurez del ser humano se descubre en la capacidad que tenga de asumir las consecuencias de sus propios actos, cueste lo que le cueste. La madurez de una sociedad radica en la capacidad de asumir las consecuencias políticas de sus malas elecciones o de sus silencios cómplices.

Lo anterior, en mi criterio, denota una verdadera perorata de doble moral. Se reclama transparencia en un acto cosmético, una pose para no ser disonante, un discurso que, más parece, busca fagocitar los verdaderos intereses que se esconden en los reclamos moralizantes.  

Tal vez sería mejor reconocer nuestra miseria y sin tapujos ni disfraces aceptar que si la corrupción favorece a intereses personales, hay connivencia con ella sin conflictos. ‘Humanos, demasiados humanos’, diría Nietzsche.

Posiblemente el reconocimiento de nuestra pobreza espiritual nos permita “el hacer” que reclama Estanislao Zuleta, pues no se nos puede juzgar por lo que decimos de nosotros mismos, sino de lo ‘que hacemos’, y de lo que hacemos para cambiar nuestro destino.