Ninguna ayuda sobra cuando se trata de enfrentar la inasible materia de que está hecho el tiempo. Esa batalla perdida de antemano que, a falta de un nombre mejor,  llaman una cronología.

Por: Gustavo Colorado Grisales

A  menudo olvidamos que La historia –la idea de La historia– es una construcción en la que convergen testimonios, documentos, erratas, ideologías, prejuicios, cosmovisiones y, sobre todo,  formas de ejercer el poder.

Por eso resulta tan fácil caer  en la tentación  de asumirla como algo dado e inamovible: una suerte de estatua que apunta con su dedo índice hacia el horizonte y nos narra su versión petrificada del pasado: La Historia sagrada.

Por fortuna, a poco que uno levante la primera capa, afloran las contradicciones.

Y de éstas últimas se nutre el estudio de La Historia –así, con mayúsculas–.

Para no sucumbir a la parálisis mental de la Historia oficial –la que les interesa a los detentadores del poder– el investigador dotado de sentido crítico emprende un viaje, no tanto a los archivos y museos como a las estructuras de su propia mente, con el fin de descorrer los pliegues que nos muestran –vaya sorpresa– a los prestigiosos “hechos” en su faceta proteica, la que los cronistas de todos los tiempos han señalado una y otra vez: los hechos, los acontecimientos, tienen la facultad de transformarse ante quien los mira.

En este caso, ante el historiador.

Por eso el estudioso debe emprender su inmersión dotado de todas las herramientas a su alcance.

Tanto las propias de su oficio como las de todas las disciplinas que puedan echarle una mano: la economía política, la sicología, la literatura, la biología, la antropología.

Ninguna ayuda sobra cuando se trata de enfrentar la inasible materia de que está hecho el tiempo.

Esa batalla perdida de antemano que, a falta de un nombre mejor,  llaman una cronología.

El investigador y maestro Alexander Betancourt  Mendieta conoce esas vicisitudes  y por eso hizo acopio de todos los recursos posibles antes de emprender la escritura de su libro América Latina: Cultura letrada y escritura de la Historia, un riguroso y bien documentado trabajo de ciento ochenta y nueve páginas, publicado  en la colección Anthropos, con el auspicio de la Facultad de Ciencias  Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma  de San Luis Potosí, en México.

Todo bajo el sello del grupo editorial Siglo veintiuno.

Muy temprano, en la página treinta y tres, el autor formula una advertencia:

En el mundo letrado de América Latina del siglo XIX no hubo discusiones metodológicas sobre la escritura de la historia parecidas a las que se dieron en algunas partes de Europa en el marco de los procesos de institucionalización y profesionalización de los saberes que ocurrían en aquel periodo; no existió, por lo tanto, la posibilidad de una reflexión epistemológica sobre el método histórico como la “suma de reglas de la investigación histórica”, tal como lo entiende Rusen. En el contexto del mundo letrado de América Latina más bien predominó la idea de la escritura de la historia como una “suma de las formas de representación del pasado” a través de las cuales se podía encontrar referentes concretos  sobre ciertos criterios morales de acción que asumía el pasado como una suma de ejemplos a seguir.

El pasado como un vestido que los hombres de las épocas venideras habrán de ponerse con algunos ajustes y nada más.

Al leer el libro de Alexander Betancourt resulta ineludible pensar en esa Historia de Colombia escrita por Henao y Arrubla que nos obligaron a  memorizar en la escuela, en la que el mundo parecía ser un compendio de héroes dotados de grandes principios morales, acechados todo el tiempo por una legión de malvados empecinados en echar por tierra los cimientos de la sociedad.

Para mostrarnos los otros rostros que revela el espejo, Betancourt apela a la obra de Germán Arciniegas, ese escritor colombiano obsesionado como ninguno con la naturaleza del pasado y la posibilidad de ser convertido en escritura, en relato.

En la página  ciento veintidós de América Latina: Cultura letrada y escritura de la Historia, leemos la siguiente cita de Arciniegas:

Los libros que suelen publicarse como libros de historia, y que en realidad se limitan a relatar lo que hicieron ciertos gobernantes o guerreros, tienen el gran peligro de ser lecturas entretenidas(…) Lo que hoy ocurre con la historia es que ella invierte los términos de la vida social. Quienes la hacen olvidándose del hombre común, de usted y de mí, para concentrar la atención en torno al héroe, a la figura que hace más farol, hacen pinturas de príncipes, reyes, generales o caudillos civiles, pero esto es superponer unas biografías a lo que en realidad es el alma de una nación(…)

Y aquí llegamos a una de las claves del libro de Alexander Betancourt: el rol de la escritura, es decir, del relato de la historia en la construcción del concepto de nación, algo esencial en un territorio que acababa de librar sus guerras de  independencia contra el imperio español y precisaba con urgencia de lo que Benedict Anderson denomina Comunidades imaginadas.

Dicho de otra forma: un asidero común para hacerles frente a las turbulencias de los tiempos.

En contravía de esa necesidad, y amenazadas por la inminente disolución, las nacientes repúblicas se enfocaron más bien a crear un aparato institucional conformado por museos, institutos y universidades capaces de darle soporte y justificación a su proyecto de sociedad.

De ahí  la limitada y pobre concepción de la historia que marcó el tránsito de estos países hacia el siglo XX.

Esa circunstancia explica que se impusiera el desafío de contar la historia de América Latina, de sus encuentros y conflictos, como paso previo para responder al reclamo que planteara Germán Arciniegas.

No ya la colección de estatuas sino el relato viviente del intento todavía fallido de construir algo que se parezca a un destino colectivo.

El libro del profesor Alexander Betancourt constituye un muy valioso aporte en ese intento.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada