La escuela de las sillas rotas

“La educación es fundamental, en primer lugar,

porque es uno de los derechos sociales más básicos,

la puerta hacia la igualdad de oportunidades”

Victoria Camps

 Por / Wilmar Ospina Mondragón

Desde hace unos días circula un vídeo en las redes sociales a través del cual algunos colegios privados de Colombia solicitan, al gobierno nacional, una inversión urgente que evite el hundimiento de sus finanzas y, por consiguiente, vayan directamente a la quiebra, lo que daría como resultado el cierre de muchos de estos establecimientos.

La solicitud que hacen es pertinente; incluso, están en todo su derecho. Sin embargo, tener derechos no significa pasar por alto los deberes, y en ese punto fallan notoriamente, porque todo derecho trae consigo un deber fundamental: la ética, la responsabilidad con el otro.

En tal caso, su actuación se distancia de una argumentación válida, certera, propia de una investigación rigurosa y, por esas cuestiones de lo emocional, hunden sus palabras (credibilidad) en las arenas de la calumnia, en ese círculo vicioso del egoísmo en el que no germina ni siquiera la esperanza.

Hoy, considero que su estrategia está mal gerenciada, porque, en el fondo, su mensaje toma un efecto boomerang: denigrar del otro, y de lo otro, no me hace la mejor opción; lamentablemente demuestra lo débil que soy. Quizás, por ello, Nietzsche escribía que ninguna especie atacaba tanto al hombre como sus mismos congéneres.

Y es lo que descubro en este video: personas que solo ven en el magisterio colombiano el brazo a mutilar, el cuerpo a cercenar, sabiendo que tanto ellos como nosotros tenemos el mismo fin: educar al ser.

No obstante, la daga se ha posado en su cuello (y no en el nuestro), porque en su petición solo vislumbro debilidad, interés económico, afán no por la educación de nuestra nación, sino por el sostenimiento comercial de una educación privada (capitalista) que, de manera directa o indirecta, promueve la división de clases, ese flagelo que cada vez nos hace más pobres y exige más sangre para sostenerse.

En este punto me surgen unas cuantas inquietudes: ¿educarán bien a un niño los docentes que deshonran la ética profesional de sus pares académicos? ¿Le inculcarán esa cultura insana de que algunos son más y otros menos? ¿Aprenderá ese educando a alimentarse con el pan puesto en la mesa del vecino? ¿Será incluido o excluido un alumno de bajos recursos en una comunidad elitista? ¿Cuántos estudiantes se han suicidado porque se sienten excluidos[1]? ¿Enseña de manera diferente un profesor que en la mañana labora en una institución privada y en la tarde en una del Estado? ¿El Ministerio de Educación Nacional (MEN) emite estándares de mejor calidad para los planteles de corte privado? ¿Han pensado las instituciones privadas qué es lo que en realidad educa a la población de nuestro país? ¿Tendrán las mismas oportunidades en Colombia el hijo del albañil becado en la universidad Javeriana en relación con el hijo de algún exmagistrado?

Al respecto, Freud pensaba que la tarea de educar iba más allá del establecimiento al que se pertenecía. Y expresaba esto porque nada ni nadie garantizaba la formación del ser. A raíz de este planteamiento, y otros pensadores de la época, la educación privada[2] dejó de existir hace muchos años en varios países europeos. ¿Y por qué sucedió esto? La respuesta es simple: porque educar al ser debe desmarcarse de ese principio de clase que sostiene al capitalismo y escinde a la sociedad.

Además, y más importante aún, porque el valor de educar es enseñar la libertad. Y un país es libre cuando su base (la escuela pública y la sociedad) tiene como principio la igualdad de oportunidades; de lo contrario, sus pobladores se hallarán encadenados a falsos principios, con los grilletes de la incertidumbre anudados no solo al cuerpo, sino, también, a la mente, lo que imposibilita el despliegue del saber y, por ende, de la fuerza laboral que hay tras las ideas y la libertad del ser.

Pero, no hablo de una libertad sin límites, porque sin la consciencia de esos límites la libertad puede pasar al desconcierto, al libertinaje, y el sujeto perdería, por supuesto, el horizonte, sus metas.

En tales condiciones, no tiene sentido hacer una solicitud al gobierno cuando lo que se pretende arreglar (en este caso la educación) discrimina al ser, a la labor de otros docentes, de otros estudiantes, de otros padres de familia.

Descalificar contradice el principio fundamental del proceso de enseñanza-aprendizaje, y en ese punto neurálgico está el error: algunas instituciones privadas no quieren educar al ser que hay en los niños de las clases bajas en Colombia, y me atrevo a asegurar esto porque se nota más la necesidad de sus propios intereses económicos que aquello que verdaderamente es fundamental en estos momentos de crisis: la unión, la sociedad, el país.

Cuando veo este video, pienso en Bauman y su modernidad líquida, porque no hay nada más líquido en la educación que anteponer el dinero al ser. Y cualquier cosa se nos puede escapar de las manos: el agua, la arena, el tiempo, el patrimonio; pero dejar ir al ser es lanzarlo peñasco abajo, contra las rocas afiladas del acantilado de la vida. Por ello, la escuela tiene una doble función: no solo enseñar a caminar al niño, sino, también, dejar volar al hombre, para formarlo como un sujeto libre, autónomo, decidido.

Y es esto precisamente lo que olvidaron en su mensaje: educar no es restarle a los demás, sino sumar en conjunto, uniendo fuerzas, cultivando el esfuerzo, aplaudiendo las fortalezas de los otros, brindando una ayuda asertiva para mejorar las debilidades; volando en manada, como tantas veces nos lo demuestra la naturaleza.

De hecho, la escuela de las sillas rotas es nuestra escuela, la pública, y en ella enseñamos el valor del sacrificio, la austeridad, la constancia, el entendimiento, la pasión, el amor por las cosas, por lo mínimo, porque nosotros, los docentes de los colegios estatales, no restauramos esas sillas; hacemos algo más loable: curamos lo incurable: las heridas que sangran en nuestros estudiantes y, a veces, esas heridas son internas, y no duelen, pero nosotros las descubrimos, sanándolas con amor, con una palabra sincera, con un golpecito de puños entre amigos, porque nuestros alumnos son nuestros pares, nuestros hijos, y valoramos cada trabajo que hacen, así sea con cajas de cartón, con tapas, con material reciclable.

Por estas, y muchas más razones, la escuela pública es bella: porque se hace desde la ruina, desde las grietas, desde el pupitre desbaratado, con el imaginario de esos recursos del Estado que nunca llegan.

Además, porque a los profesores de la educación pública nos convoca un solo objetivo: formar la personalidad de nuestros niños, definir su carácter; enseñarles a no sentir vergüenza por la tierra donde nacieron, ni, mucho menos, a desconocer el cordón umbilical que les dio la vida, porque la humildad no es una llaga a la que se le da la espalda; al contrario, es una bella oportunidad para salir adelante, para alcanzar nuestras metas.

Y ese es el legado que dejamos en nuestros educandos: la virtud y un sinnúmero de cualidades para hacer de cada niño un hombre que aprende a elegir sabiamente. Porque el futuro no está en el camino que señalo como docente, sino en el camino que le ayudo a construir a cada educando.

En relación con los padres de familia, para quienes las palabras de dicho video serán como miel al panal, solo les recuerdo tres cosas importantes. En primer lugar, nuestros paros tienen un solo fin: exigir los recursos que sus hijos necesitan. En segunda instancia, para los estudiantes sin conectividad contamos con otras estrategias (textos, guías, envíos por correo); el hecho de no recoger los trabajos tiene un propósito: cuidarnos todos, protegernos, porque pongamos el caso contrario: ¿y si es el profesor quien devuelve unas hojas contaminadas a la familia? En tercera medida, solo piensen lo siguiente: ¿si el gobierno no da la protección suficiente al sector de la salud que enfrenta la pandemia del Covid-19, subsidiará completamente la educación de su hijo en un colegio privado? Es cuestión de lógica.

Para finalizar, los invito a pensar que educar consiste en enseñar a respetar y que el principio nuclear del saber no es el menosprecio, ni la indiferencia, sino la admiración. Asimismo, es importante comprender que educar es equilibrar la balanza, puesto que no hay futuro sin el valor-derecho de la igualdad. Valor-derecho que, por cierto, es universal.

Así, pues, a los docentes de la educación pública solo nos interesan las alas que les brindamos a nuestros estudiantes para que puedan volar libremente hacia el futuro, hacia su futuro, que es el de ellos y el nuestro también, porque, en el fondo, esa es la esencia de la escuela de las sillas rotas: la libertad del ser.

[1] Para Philippe Courtet, presidente de la asociación francesa de Psiquiatría Biológica, el suicidio en edad escolar (incluyendo la universidad) tiene varios factores que lo potencian: la exclusión social, el acoso escolar, los trastornos alimentarios, el abuso sexual, el maltrato, entre muchos otros aspectos.

[2] En Finlandia, por ejemplo, la educación es pública y pertenece netamente al Estado, porque lo privado clasifica las capas sociales por estratos, y este principio es contradictorio al propósito de formar, pues todos deben tener las mismas oportunidades.