Si el chavismo cae durante este gobierno, reivindicaría a Iván Duque como un héroe en el país y en algunos países alineados con Estados Unidos, le daría un poder inmenso a Bolsonaro legitimando la ultra derecha latinoamericana.

 

Por Miguel Ángel Rubio

Soy opositor del régimen chavista, casi desde el mismo momento en que el mesiánico excoronel del ejército venezolano Hugo Rafael Chávez Frías subió al poder en 1998. Corría un difícil gobierno de Andrés Pastrana en Colombia, cuyas fallidas negociaciones de San Vicente del Caguán con la entonces guerrilla de las FARC y la crisis económica y política heredada del samperismo,  y de procesos como el 8000, pusieron al último presidente conservador de Colombia entre la espada y la pared.

Mientras tanto, Chávez, el golpista del caracazo en 1992 e indultado por Rafael Caldera, quien le entregase el solio de Bolívar posteriormente, asume el mando de Venezuela el 2 de febrero de 1999  con un programa ideológico, denominado por el mismo coronel como el Socialismo del siglo XXI.

Desde entonces y de manera sistemática, comenzó en Latinoamérica un vertiginoso ascenso de la izquierda en el poder, que a excepción de Colombia y Panamá, puso presidentes alineados en su mayoría, lejanos casi todos después, con el régimen bolivariano que hasta la muerte de Chávez el 5 de marzo del 2013, representó la posibilidad de cambio en el timonel de un continente que se acostumbraba al fascismo y al neoliberalismo sin escrúpulos.

No cabe duda que para la izquierda, marginada desde Allende en Chile o bloqueada y embargada en  la Cuba de Fidel, Chávez representó una esperanza que pronto se desvaneció en despotismo, nepotismo, corrupción, persecución, censura y un ad æternum en el poder, que poco o nada lo diferenció de Castro o Pinochet, y que expropió a su antojo, destruyó el aparato económico y no diversificó la economía, aun cuando los históricos precios del petróleo le hubieran permitido hacer de Venezuela una potencia de primer orden en el mundo.

20 años después, Nicolás Maduro, heredero elegido por el coronel “socialista” ha intentado sostener un espejismo de lo que fue Chávez y el chavismo, fracasando rotundamente, y negándose a entender que debió orientar el país hacia un modelo económico productivo y no dependiente. Maduro empeñó, como en prendería de barrio, las vigencias futuras de petróleo a Rusia, China e incluso al mismo imperio que ataca, y al que hoy acusa de embargo y bloqueo,  y ha llevado la crisis venezolana al punto de éxodos bíblicos que han beneficiado y afectado a Colombia y otros países, todo depende del foco como se le mire.

Es aquí donde aparece la espada de Damocles. Pues aun cuando puedo ser opositor al chavismo  y puedo llegar a reconocer en Guaidó una  salida a un problema que trasciende el lago de Maracaibo y atañe a todo el continente, no considero aún pertinente y conveniente seguirle el juego a la élite colombiana representada en Iván Duque, presidente de la república, y a Álvaro Uribe,, el senador con más votación en la historia de Colombia,  quienes tienen como propósito único e inamovible la caída, como sea,  de Maduro en Venezuela.

Si el chavismo cae durante este gobierno, reivindicaría a Iván Duque como un héroe en el país y en algunos  países alineados con Estados Unidos, le daría un poder inmenso a Bolsonaro legitimando la ultra derecha latinoamericana  y  permitiría, sin mucho esfuerzo y casi que ganaría por anticipado, el otro próximo que diga Uribe para el 2022.

Por eso, aunque no he disimulado mi oposición a Maduro,  considero que es momento de  velar por el diálogo, la legitimidad, la autodeterminación de los pueblos a acertar y equivocarse como les parezca, y a exigirle al presidente de Colombia que se concentre en los asuntos que atañen a nuestro país.

No podemos permitir que la espada de Damocles caiga sobre nuestra cabeza y entregarle ese trofeo al uribismo, que le permitiría justificar todo su nefasto y corrupto régimen. Así de fácil no se la podemos poner a Duque.

@rubio_miguel