El fin no justifica los medios y si el gobierno se rebaja a usar los mismos métodos que el enemigo, no tiene más apelación que ser calificada como él. ¿Desde cuándo la democracia y la seguridad ciudadana se defienden a toda costa con la guerra?

Por: Diego Firmiano

En Colombia el derecho a la guerra es el derecho al homicidio, al ultraje, a la continuidad de las hostilidades históricas. Que un país invierta más dinero en solucionar el problema de la guerra y descuide la inversión social, la salud y principalmente la educación, son los síntomas de una decadencia de discurso e integridad democrática.

Es verdad que la sociedad colombiana no se está derrumbando, porque la solución de la problemática de la guerra no es el único interés colectivo de un pueblo azotado históricamente por la violencia, la falta de educación integral. Incluso, la no gratuidad es otra violencia más que se suma a las preocupaciones sociales.

Como diría Juan Bautista Alberdi, político y escritor argentino, hablando de la justicia romana de la cual toman la mayoría de las legislaciones occidentales: “Era natural que para ellos hubiese dos derechos y dos justicias, porque todos los hombres no eran hermanos, ni todos iguales”.

Es hora de que Colombia tenga una sola justicia, una que no avale los delitos de lesa humanidad, y un solo derecho, ese que respalde el bienestar de los ciudadanos y que cubra las demandas de todas y todos los que nos llamamos colombianos por nacimiento.

El fin no justifica los medios y si el gobierno se rebaja a usar los mismos métodos que el enemigo, no tiene más apelación que ser calificada como él. ¿Desde cuándo la democracia y la seguridad ciudadana se defienden a toda costa con la guerra? ¿Acaso no son los pueblos los que permiten que haya paz o guerra en un país?; además, el presidente Juan Manuel Santos en su discurso inaugural como primer mandatario dijo: “La palabra guerra no está en mi diccionario”. ¿Será solo una frase bonita?

Cacería de cabezas

La justicia, en su afán de seguridad nacional, se enfoca hoy a una caza de brujas, intentando matar a la cabeza para dejar sin funcionamiento al cuerpo, pero lo que no se sabe –quizás por falta de inteligencia social– es que la guerrilla dejó de funcionar desde hace 10 años como una estructura gerencial de mando. Ya la cabeza son todos y cada uno de los integrantes de este movimiento subversivo.

Es algo similar a lo ocurrido con la famosa frase “Yo soy Espartaco”. Cuando los romanos vinieron por este famoso líder de los esclavos, todos se levantaron diciendo “Yo soy Espartaco”. Si preguntan quién es Timochenko, de seguro cualquier guerrillero dirá “Yo soy Timochenko”, y esto como una forma de demostrar que el liderazgo no está en la cabeza sino en el cuerpo del Ejército del Pueblo Farc-Ep. Cuando entrevistaron hace meses a un guerrillero, este dijo: “cada uno de nosotros somos conscientes de por qué luchamos y morimos”. ¿Y cuál es esta causa?, le pregunta el interlocutor: “La causa de los pobres y la de un país mejor”.

Juzgue cada uno, pero está claro que la guerrilla no es un poder, dentro de los poderes establecidos por el gobierno, sino como diría Michael Foucault un “micro-poder”, que se halla presente dentro de todo el cuerpo social que llamamos Colombia.

Por eso el gobierno actual de Juan Manuel Santos cree equivocadamente –al menos es lo que aparenta– que el poder se centra en las cabezas, o que es una cosa individual, o que es alguien, y de ahí que trate de matar a cuanto líder se designe dentro de este grupo al margen de la ley.

Foucault dice: “El poder no es una institución ni una estructura, o cierta fuerza con la que están investidas determinadas personas; es el nombre dado a una compleja relación estratégica en una sociedad dada”. “El poder en el sentido substantivo no existe […] La idea de que hay algo situado en —o emanado de— un punto dado, y que ese algo es un «poder», me parece que se basa en un análisis equivocado […] En realidad el poder significa relaciones, una red más o menos organizada, jerarquizada, coordinada.”

Las ideas comunistas o socialistas no están en la cabeza, están en el cuerpo, y en un cuerpo resentido por el contrasentido de una guerra que se ha vuelto un negocio costoso en vidas y que no deja más historia en Colombia que la de los desplazados, desmovilizados, falsos positivos, y la larga lista de pobres y desempleados.

No se trata de matar todo un contingente de rebeldes, no, eso sería asesinar unos miles de ciudadanos, sino de desvertebrar esa falsa ideología de que la guerra busca la libertad o engrandece a una nación. Desmitificar ese antipático derecho a la fuerza como base de autoridad, y de la razón al capricho como regla de gobierno.

¿Por qué una democracia no se alza contra el síntoma decadente de la guerra en una nación? Porque a la ciudadanía le resulta cómodo que piensen por ella, así no se plantea la moralidad de sus acciones y tan solo le queda la sencilla obligación de obedecer.

Imagínenos por un momento cómo sería este mundo si nadie pudiera resguardarse en una ideología para justificar sus actos, imaginémonos que cada persona tuviera que dar cuenta personalmente de todo lo que hace.

Que el futuro de Colombia sea más humano no depende de las naciones, el gobierno o las religiones, solo depende del corazón humano, y de una desmitificación de la ideología de una democracia que ajusticia –en vez de hacer justicia– todo; y de la intervención de un gobierno que vela por los intereses de un pueblo que está cansado de pan y vino, y que necesita hechos reales: paz, educación de calidad, salud y honra.