La ley del silencio

Existen varias explicaciones para esa actitud. La primera de ellas, que el poder en sus distintas manifestaciones se acostumbró a ver en los medios y en los periodistas meros apéndices de sus oficinas de comunicaciones, dedicados a magnificar sus logros y a minimizar sus yerros.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

 

Lo he mencionado en artículos anteriores: Un periodista no es un promotor turístico ni un amanuense del poder. O al menos no debería serlo. Su único partido- si es imprescindible tomar alguno- debería ser el de la vida, con su impredecible carga de dichas y horrores. Al fin y al cabo, la esencia de su oficio consiste en contar historias, buenas historias. Y cuando se trata de contar, las cosas no siempre resultan ser amables, dada la condición general de la existencia. Pero eso ya es otra cosa. No es asunto del periodista si al correr las persianas del cuarto donde duerme el soberano se levanta un olor a podrido.

El domingo 5 de febrero, durante una jornada del fútbol profesional colombiano en su versión 2012 sucedieron en dos estadios del país algunas cosas que pusieron a prueba esa condición. En la ciudad de Ibagué las barras bravas de los equipos en contienda se enfrascaron en una batalla por el robo de la insignia de una de ellas, que para los fanáticos equivale al santo sudario de los católicos. A su vez en Pereira un grupo de aficionados invadió el campo de juego al parecer como respuesta a la provocación de algunos policías que, según algunos testigos, habrían golpeado al primer hincha que saltó a la cancha. Hasta allí no hay nada nuevo en realidad. Las trifulcas entre las barras de fútbol han pasado a formar parte del paisaje urbano en las tardes de domingo de muchos países, incluido Colombia.

Ese mismo domingo, los noticieros de televisión registraron en detalle lo acontecido en las dos ciudades. No dejaron de lado las expresiones retóricas de los funcionarios que anunciaron investigaciones exhaustivas y castigos ejemplares. En medio del escándalo empezaron a circular amenazas anónimas contra los periodistas del Canal 81 de Telmex, que registraron lo sucedido y lo compartieron con algunos colegas. Aunque suene absurdo, eso tampoco es novedad: las amenazas a los periodistas son moneda corriente en los países del tercer mundo, o en vías de desarrollo, como prefieren llamarlos las modas al uso.

Tan preocupante como lo anterior, resultó la reacción de un sector de la dirigencia deportiva, de algunos voceros del gobierno local y, peor todavía, de unos cuantos periodistas que se dedicaron a cuestionarle a unos profesionales y al medio para el que trabajan el simple hecho de cumplir con su deber : informar sobre los hechos. “La ropa sucia se lava en casa” sentenció un dirigente, apelando a la simplicidad bobalicona de los refranes para dejar en el aire la idea de que el problema no es la violencia en los estadios si no las personas que informan sobre ella y sus protagonistas. “ No podemos hacerle ese daño a la ciudad saliendo a contarle lo que pasó a todo el país”, dijo otro más allá, preocupado porque lo invertido en vender el cuento de que somos algo así como la sucursal del paraíso terrenal podía venirse abajo con la controversia desatada. “Tenemos que solidarizarnos con el equipo”, clamó un comentarista radial, incurriendo de paso en una grave confusión ética: solidaridad no es sinónimo de complicidad.Eso para no hablar de lo que significa esa visión de las cosas en términos prácticos: no es eludiendo la naturaleza de los problemas como se empieza a resolverlos. Todo lo contrario, el punto de partida para superar una dificultad reside en el reconocimiento de su existencia.

Existen varias explicaciones para esa actitud. La primera de ellas, que el poder en sus distintas manifestaciones se acostumbró a ver en los medios y en los periodistas meros apéndices de sus oficinas de comunicaciones, dedicados a magnificar sus logros y a minimizar sus yerros. En la contraparte, los primeros optaron por el fácil y muchas veces lucrativo recurso de aplaudir, menear la cola y apelar a la ley del silencio como una fórmula fácil para no meterse en problemas. Justo en la mitad quedan las audiencias consumidoras de información, confiadas en lo que los medios les dicen para tratar de formarse algún criterio sobre lo que pasa en el mundo. El gran problema empieza cuando constatamos que todos a una: empresas informativas, periodistas y dirigencia nos acostumbramos a vivir, como en el comercial de marras, en el lugar equivocado