Manuel Ardila (BN)Ovidio González ya descansa en paz, y gracias a su lucha debo decir que buena parte de nosotros descansará mejor esta noche también.

 

Por: Manuel Ardila

Sin libertad la vida es imposible, sin una definición de algo medianamente parecido a la libertad dando vueltas en nuestras cabezas, la vida como la conocemos y la celebramos sería inimaginable.

Muchos hemos denominado a la libertad como un valor, un conjunto de derechos que nos ha acompañado desde siempre y estará a nuestro lado hasta que la especie humana deje de horadar esta tierra. Pocas veces nos llegan recuerdos o reminiscencias de tiempos en los que ciertas libertades básicas para nosotros, los modernos, estaban etiquetadas como vicios o banalidades por los jueces y señores de tiempos menos amables.

Aun cuando en la posmodernidad la libertad ha alcanzado victorias incontrastables y creemos, a veces ingenuamente, que junto con la especie humana han logrado llegar conjuntamente a su cénit, lo cierto es que en materia de libertades y derechos la aldea global deja ver dos grandes defectos que tristemente parecen inherentes a ella: desigualdad y apatía. La desigualdad que hace que unos pueblos gocen de derechos que no gozan otros y la apatía que hace que los pueblos privilegiados no se pregunten por la suerte en este sentido de su contraparte.

A pesar de esto, la libertad ha encontrado un gran aliado en los medios de comunicación de masas y en la globalización. Han hecho que, ya sea por dignidad, amor propio o por puro esnobismo, los deseos de ser libre se esparzan como un virus por el mundo con desiguales resultados: la gente desea ser libre así sea por curiosidad o morbo, ese bichito nos domina.

Pero obtener esos anhelados derechos nunca ha sido fácil. La modernidad parece asaltada continuamente por episodios convulsos, revoluciones llevadas a cabo por personas que claman derechos y concesiones nuevas, la correspondiente reacción que desea aplacarlas y la confrontación entre estas dos fuerzas vitales que desequilibran la conclusión hacia un lado u otro. Estas confrontaciones dan forma a la historia y a nuestros pueblos desde que la democracia se diseminó en el mundo como paradigma de buen gobierno y lo siguen haciendo hasta el día de hoy ante nuestra mirada atónita.

Nuestro país, como cualquier otro, también ha visto a su historia surcada por estos episodios y precisamente en estas últimas dos semanas ha presenciado un sonoro round: la lucha por el derecho a morir con dignidad. El protagonista de este round ha sido el señor Ovidio González, primer ciudadano en someterse al procedimiento de la eutanasia de manera legal en nuestro país.

El señor González, como muchas personas que conocemos y amamos, padeció una de las enfermedades más desgarradoras, dolorosas y desgastantes para un paciente y para su familia, como lo es el cáncer, y ante la perspectiva de unos últimos días llenos de un sufrimiento físico, mental y emocional insoportables, decidió, como cualquier ciudadano en su cabales, consciente del poder que ejercía él mismo sobre su humanidad y amparado por la ley, abandonar por voluntad propia una vida que se había convertido en una agonía inenarrable.

A su paso y en pos de cumplir su última voluntad, el señor González y su familia han debido superar los obstáculos que siempre ponen y pondrán aquellos amigos de imponer su voluntad a los otros: una ley promulgada pero no reglamentada, profesionales de la salud y del derecho con una visión retorcida de lo que deben ser sus funciones y un concepto erróneo, inhumano y, en mi humilde concepto, mecanicista, de lo que debe ser la vida y su plena defensa. A todo ello debió hacer frente con unas capacidades físicas disminuidas pero con una voluntad inquebrantable.

Después de haber padecido hace dos semanas el desplante de la muerte, esta ha llegado al señor González por fin de la forma en la que quería, este último viernes se ha ido en paz, rodeado de familiares y conocidos que han celebrado con su presencia y su apoyo una vida bien vivida y bien honrada, y también con el reconocimiento de los ciudadanos de este país que han visto sabiamente como una victoria para todos este “triste final feliz”.

Ovidio González ya descansa en paz, y gracias a su lucha debo decir que buena parte de nosotros descansará mejor esta noche también.