La luz herida

Lo demás son apenas nombres. Apariencias. Lucrécia Neves y los hombres: El teniente Felipe, Perseu María, Mateus, el doctor Lucas. Y está también Ana, su madre: acaso otra manifestación de la luz herida que atraviesa las calles, las casas y las vidas de quienes  habitan en S. Geraldo, ese pueblo que se hace ciudad…

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Muchas de las religiones conocidas aseveran que, olvidados de Dios, los hombres  se dirigen hacia el abismo. Y que solo la fe y la plegaria pueden conjurar la caída.

La caída, esa vieja idea ligada al concepto de redención.

En el mundo sin dioses las criaturas no van hacia el abismo: Ellas mismas son el abismo.

Enloquecidas por el deseo o el miedo se vuelven una y otra vez sobre sí mismas, como heridas siempre abiertas, en busca  de la luz. Del instante de sosiego que les restaure el equilibrio.

Pero el presentimiento de la luz solo consigue ahondar más las heridas.

En realidad, la luz es otra forma de la herida. De la  doliente certeza de estar vivos.

Por esos territorios transitan los personajes de La ciudad sitiada, la perturbadora novela de Clarice Lispector. Lo suyo es esa sutil frontera entre la vida y la muerte solo alcanzable en el mundo de los sueños.

Ese territorio donde la materia se hace leve y el espíritu adquiere la consistencia de la arcilla.

En ese universo, cuando los seres se preparan para la disolución, los objetos les saltan al rostro a modo de salvavidas.

Ante la falta de elementos que prueben la propia existencia las cosas devienen asidero, maderos a los que aferrarse en medio del naufragio.

Aunque ellas mismas no pasen de ser apariencia, fenómeno. Lo que nos es dado a modo de sucedáneo, ante la imposibilidad de acceder a la esencia de lo que se es, pero a lo que nunca podremos llegar.

Nada  sabemos acerca de lo que somos. Por lo tanto debemos conformarnos con vislumbrar las formas con que aparecemos ante nosotros mismos.

Dicho de otra manera: Somos nuestros propios  fantasmas.

Vista así, La ciudad sitiada es, ante todo, el reino de la extrañeza.

 Lucrécia,  el personaje de la novela de Clarice Lispector, intuye que el día y la noche son un juego de espejos que siempre revelan lo que no somos.

Por eso se abisma en la pura contemplación de los seres, las cosas y los fenómenos de los que se sabe simple avatar: el galope de los caballos en mitad de la noche; el vuelo de una paloma  que huye despavorida en medio de la lluvia; un sombrero arrebatado por el viento.

Siempre lo inasible. De esa sustancia está hecha la novela: de lo que jamás se podrá poseer: Es decir, de la vida.

Imposible acercarse a las páginas de La ciudad sitiada  mediante los instrumentos convencionales.

En realidad Lucrécia es una sospecha y la ciudad naciente de S. Geraldo una metáfora del mundo como el lugar donde la gente espera sin esperanzas y el amor es apenas otra forma del desencuentro.

“Los seres marinos, cuando no tocan el fondo del mar, se adaptan a una vida flotante o pelágica”, estudió  Perseu  la tarde  del 15 de mayo de 192…, leemos en la página 27.

Así son las criaturas que habitan La  ciudad sitiada: flotantes. Almas en pena o a veces sin pena.

Como todos, Lucrécia quiere estar donde no está. Para ella el amor es la simple promesa de la huida y los hombres apenas un pretexto para escapar a otros reinos.  Los únicos que pueden llevarla a una ciudad más grande. Y a otra. Y a otra. Hasta que todo se torne de nuevo pequeño y vuelta a empezar hasta el fin de los tiempos.

Porque en La ciudad sitiada no hay principio ni fin. Aunque a veces lo parezca, como al comienzo de la novela:

Apenas terminó de hablar cuando el reloj de la iglesia tocó la primera campanada, dorada, solemne. El pueblo pareció oír por un instante el espacio… el estandarte de la mano de un ángel se inmovilizó, estremeciéndose. Pero de repente los fuegos artificiales subieron y estallaron entre las campanadas. La multitud, espabilada del sueño rápido al que había sucumbido, se movió bruscamente  y de nuevo reventaron los gritos en el carrusel.

En ese breve párrafo ya está condensado todo. La primera campanada es la de la fundación de un mundo donde el pueblo oye el espacio y empieza a ensancharse con él. A ensancharse en él.

Mientras eso sucede, el ángel del tiempo enciende los fuegos artificiales y despierta a una multitud que se agolpa a esperar su turno frente al carrusel de la vida.

¿Es posible pensar en una metáfora que resuma de mejor manera el juego eterno de la vida y la muerte?

La vida como un fuego de artificio.

La muerte como estremecimiento inmóvil.

Lo demás son apenas nombres. Apariencias. Lucrécia Neves y los hombres: El teniente Felipe, Perseu María, Mateus, el doctor Lucas. Y está también Ana, su madre: acaso otra manifestación de la luz herida que atraviesa las calles, las casas y las vidas de quienes  habitan en S. Geraldo, ese pueblo que se hace ciudad y arrastra consigo una multitud de objetos (sombreros, zapatos de charol, tazas, flores, artificiales) a los que la  gente intenta aferrarse en su tránsito hacia el abismo.

Y como testigo indiferente,

un dios impersonal para quien las nubes fuesen una manera de no estar en la tierra y las sierras la manera de estar más lejos.

Mientras eso sucede, afuera pasa un asunto sin importancia: apenas la vida.

La vida según Clarice Lispector.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada