Mientras termino esta columna, recuerdo la conversación con un grupo de profesores donde se analiza el paro del 14 febrero. Uno de ellos realiza una confesión incómoda, pero necesaria: “si la educación pública se acaba, también será culpa de los docentes”.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Se acerca una nueva jornada de paro docente, justo y necesario, en un país que le gusta ocultar los derechos y hablar de los males vecinos; Colombia parece una mujer chismosa que se olvida de que la casa se le está cayendo.

Uno de los problemas que se conocen desde hace mucho tiempo es el de la poca inversión en el sector educativo y las garantías laborales para los docentes. Nadie puede ocultar el olvido en que se encuentran muchos colegios, las dificultades que tienen los docentes con el sistema de salud y, mucho menos, las amenazas que en algunos lugares padecen por ejercer su profesión.

Es ingenuo desconocer estas dificultades, hay que tener una hipermetropía (dificultad para ver de cerca y cansancio visual) burocrática para no ver algo tan evidente. Sin embargo, que las causas del paro sean visibles para la gran mayoría de las personas, no exime que se deba tener una mirada crítica sobre el ejercicio docente.

El primer problema que emerge de las aulas de clase es la burocratización de la enseñanza. ¿Qué quiere decir esta idea? El trabajo burocratizado es aquel ejercicio repetitivo, sin reflexión, sin crítica y sin un horizonte; en otras palabras, un trabajo que se instala en la monotonía y el aburrimiento.

De ahí que sea habitual ver a los docentes repetir los mismos ejercicios, las mismas palabras, las mismas guías, los mismos regaños; correr en círculos año tras año. Lo cómico radica en que el conocimiento es un terreno abierto, casi asemeja una aventura hacia lo desconocido que abre la posibilidad de nuevos horizontes a los niños y jóvenes. Sin embargo, el ejercicio rutinario de la docencia evapora cualquier posibilidad de conocer.

Al escribir esta columna como un ejercicio de expiación de los males propios, recuerdo un cuento de la antigua china donde se le pide al profesor de una aldea hacer un discurso en honor a una mujer que ha fallecido. El profesor era considerado el hombre más sabio del lugar, todos lo respetaban y por ello acudían a él para rendir un último homenaje a la mujer que ya no los acompañaba.

Ante esta solicitud el profesor busco desesperado entre sus viejos papeles un discurso para la ocasión, ¡hasta que por fin lo encontró! Así fue al entierro de la mujer y recitó el discurso que todos oyeron, nadie se atrevió a objetar las palabras del sabio profesor. Cuando todos se habían marchado, el hijo de la mujer se acercó y le agradeció por las bellas palabras, lo único, dijo el hijo de la difunta: es que el discurso era para una mujer no para un hombre. Ante la observación, el profesor furibundo le respondió: ¡acaso no ve que copié el discurso al pie de la letra!

Un eterno retorno aqueja, en la mayoría de los casos, la labor docente. La repetición y la uniformidad han despojado de misterio y aventura a la docencia.

¿Cuál es la responsabilidad de los profesores? En este punto cabe decir como Sartre: “mitad víctima, mitad cómplices”. Víctimas porque el sistema educativo condiciona la labor docente a la repetición permanente y la elaboración de informes, actas, guías… que terminan por dejar sin aire a los docentes. Cómplices porque se acepta esta realidad, la han elegido y se prefiere la aprobación ciega del sistema ante la rebeldía de pensar y hacer acciones nuevas en el salón de clase.

Otro aspecto preocupante que se desprende de la monotonía docente es la ausencia de diálogo. ¡Alarmante! Que los guardianes de la cultura tengan la incapacidad para conversar con jóvenes y otros adultos; no es necesario conversar con nadie, porque ya se sabe todo.

Cuando uno conversa debe admitir, implícitamente, que ignora un mundo y que el otro es la clave para conocerlo. Muchos docentes padecen esta atrofia comunicativa porque la pequeña parcela del saber que dominan les protege del vértigo de un mundo desconocido.

Y si ya se sabe todo, para qué leer entonces. Como si el panorama no fuera crítico ya, es usual escuchar a varios docentes decir: “hace años que no leo un libro” o “la verdad da pereza leer en estos tiempos”.

La rutina y el dominio de un saber sirven para acabar con la curiosidad por las reflexiones científicas o filosóficas, las aventuras literarias o por el misterio que encarna la poesía. Los libros son objetos anticuados para algunos docentes. La burocratización del trabajo termina, en muchos casos, por ahogar la capacidad creativa e investigativa.

Mientras termino esta columna, recuerdo la conversación con un grupo de profesores donde se analiza el paro del 14 febrero, uno de ellos realiza una confesión incómoda, pero necesaria: “si la educación pública se acaba, también será culpa de los docentes”.

@christian1090