GUSTAVO COLORADO IZQComo podemos notar, lo suyo es una declaración de principios: las palabras  no son tributarias del poema. El poema se debe  a ellas. Debe aproximarse  a sus confines con el respeto y el temor de un amante  convencido de que siempre puede ser desdeñado.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“La poesía no es asunto de palabras/ ni  una catedral de linotipia”, escribió una vez el poeta colombiano Gabriel Jaime Franco. Acaso sin haber leído esos versos, el también poeta Eduardo López Jaramillo hizo suya esa visión del oficio. Hermana natural de la música, la gran poesía está hecha, ante todo, de silencio. Es este último el que le da sentido al flujo de las palabras. Sin él, asistiríamos a un remolino de sonidos desprovisto de todo  significado.

Dotados desde su nacimiento de una capacidad  especial para valorar el silencio, los poetas orientales han sido constante fuente nutricia para algunos de los grandes poetas de occidente. Entre estos se encuentran T. S Elliot y   Ezra Pound, ambos cercanos a los afectos literarios de López Jaramillo. Una muestra diáfana de esa influencia podemos encontrarla en estos versos : “Dorada por el sol / tu piel temprana/gastóse entre las aguas rumorosas/ el colérico rey de la mañana/ puso en ella la marca de tus rosas”.

Sobre  esas sutiles cadencias está edificada el arte poética toda de Eduardo López. El poema citado forma parte del libro Perfil sin sueño, incluido a su vez en el volumen Noche de cada noche, publicado en una bella edición, al cuidado de Luna de Locos el Festival, con el apoyo de la Universidad Tecnológica de Pereira. Además, tanto la carátula como el interior del libro fueron ilustrados con obras del artista Ramón Vanegas, que en buena medida expresan de forma visual algunas de las intuiciones del poeta.                                      

“Inútil pedirle a la palabra un gesto/ Inútil demandarle nada/El silencio la habita/la roe/ la vuelve sentido”, nos recuerda López Jaramillo en su poema Lógicas. Como podemos notar, lo suyo es una declaración de principios: las palabras  no son tributarias del poema. El poema se debe  a ellas. Debe aproximarse  a sus confines con el respeto y el temor de un amante convencido de que siempre puede ser desdeñado. Ajenas a la algarabía con que suele  asociárselas, las palabras están en realidad más próximas al elocuente mutismo de las piedras, que guardan en secreto su testimonio del paso turbulento de los hombres. No por casualidad la piedra es  a  la vez metáfora de fuerza y discreción: todo en ella es sugerencia. No resulta por tanto azaroso que grandes escultores  hayan insistido en que su trabajo consiste en realidad en extraer con el cincel los grandes secretos ocultos en el interior de las piedras desde el comienzo de los tiempos.

“ Un poco antes/(pues la leyenda admitía cronómetros anticesáreos)/ la Poesía resucitaba de una pesadumbre geológica/ Geológicamente presa en memorias de piedra/ Templos/ y en los súbitos pasillos de los palacios”. La palabra se resiste. Se ensimisma. El poeta ha de ser, por lo tanto, alguien dotado de mucha paciencia. La escritura  de un buen poema podrá tomarle años. Deberá insistir una y otra vez, hasta que el verbo se revele  ante sus ojos como una flor súbita que no tardará en desvanecerse, dejándolo desamparado ante el tamaño de un misterio tan poderoso como el contenido en estos versos: “Urdo frente a los cuerpos un ritual imposible/ y en silencio crece/ a veces/ un cardo”, leemos en un poema titulado Segunda meditación. El verso recobra aquí su vieja acepción religiosa: el silencio como templo para la meditación, único camino posible para el conocimiento, o mejor, para el reconocimiento de uno mismo. Ese es el sentido último del vocablo religión: religar, volver a ligar lo fragmentado. Esa es la función última del rito y del mito. No por casualidad el autor volvía siempre a los viejos relatos de la mitología universal: en el mito anida el poema y el poeta debe emprender un largo viaje iniciático  para tratar de encontrarlo. Nada garantiza que logre su propósito, como lo demuestra la suma de estridencias que muchas veces confundimos con la poesía. Por lo leído en esta Suma poética Eduardo López lo consiguió y regresó para contarnos sus visiones en la morada del silencio.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada