Se podría decir que, desde Walter Benjamín, la música, como arte, ha perdido su aura (su sentido, su esencia) pasada para ser tecnificada, programada, siendo multiplicada de forma masiva con un solo fin: comercialización (industria cultural), la cual va de la mano con la publicidad…

 

GUSTAVO GUTIÉRREZPor: Gustavo Andrés Gutiérrez Medina

Cuando hablamos de la civilización del espectáculo en términos de: cine, música, televisión, moda, entre otros, nos referimos a fenómenos naturales, culturales y creativos, los cuales ofrecen la posibilidad de entender nuestra propia naturaleza, expresar identidades y diferencias de grupos o de sus relaciones. Pero para entender los demás debemos pasar por uno de los más atrayentes; la música. ¿Por qué? Porque a diferencia de las otras, no hace excepción de personas; todos son bienvenidos, no necesita de un buen físico para hacer parte de ella, no importa tu sexualidad y tampoco tus inclinaciones, es por ser tan universal y acogedor que todos nos sentimos atraídos hacia ella. La música es la verdad, es la única capaz de unir a las personas sin importar el género musical que se esté escuchando.

Cada uno se identifica con la música de una manera diferente, cada uno siente tener una conexión intangible con ella, sentimos una necesidad de escapar del sufrimiento, de la perversidad de este mundo al que fuimos arrojados, de la agonía, de lo doloroso, perverso y dramático que es todo. Como Mario Vargas Llosa dijo: “la música se exalta como identidad de multitudes en el cual la actitud enfermiza del público exige que sean entretenidas y distractoras, con el único fin de encontrar un placer fácil y fugaz para olvidar la vida real y donde ella como parte de la civilización del espectáculo tiene en primer lugar en la tabla de valores vigente el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universa”.

Perverso porque incluso la música ha pasado a ser parte de la civilización del espectáculo; es decir que ha dejado a un lado su arte y su esencia para ser parte del entretenimiento y, como poco, a los fines comerciales. Ya no se escucha a los artistas por querer tener un modelo a seguir para alcanzar el éxito sino más bien por moda, los queremos porque son la atracción del momento; si todos lo aman, entonces yo también debo hacerlo. Ya no los vemos como figura pública representativa del arte sino como escándalos igual espectáculo. Hoy se deben escuchar las canciones del momento, las que suenan y todos escuchan.  O por ejemplo los famosos one hit wonder: éxitos musicales grabados por razones humorísticas o para aprovechar una novedad en la cultura popular.

La música de antes y de hoy comparten un mismo propósito: emiten un mensaje, mensaje al cual se le dará un significado que va a variar a través de las experiencias de cada uno; es decir, el significado de ese mensaje es arbitrario. Pero su mensaje de tiempos pasados era otro, era la expresión pura del arte, del sentido de la vida, de amarse unos con otros y de disfrutar la existencia; es por esta razón que la música antes se trataba de los sentimientos profundos, a diferencia de la actual. La que encontramos hoy hace referencia a la profanación de la sexualidad, incita al sexo, al consumo diario y masivo de productos (capitalismo), no respeto a la vida personal ni ajena.

Si algo se sabe es que no hay publicidad hoy que no cuente con música de respaldo, entiéndase música como arte de combinar sonidos en una secuencia temporal, atendiendo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo o de producirlos con instrumentos musicales.

Mario Vargas Llosa define cultura como: “son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, creencias, usos y costumbres”.  Cada país, ciudad y regiones tienen algo representativo, tienen una música con la cual se identifican; es decir, lo que llamamos nuestra cultura, una que ha venido siendo cambiada con el pasar de los años, una que aceptamos, compartimos. Estudiamos ritmos de otros lugares también, nos apropiamos de ellas para tener más de una sola identidad debido a que las culturas están al alcance de todos.

La crítica no es el hecho de que el hombre se apropie de otras y no mantenga solo la suya porque se sabe que desde siempre el hombre ha tenido la habilidad de tener múltiples identidades, de sentirse de otras partes, de pertenecer a otros lugares, de eso nos habla el ensayo Paralelismo y paradojas, de Daniel Barenboim y Edward W. Said. Esto no es más que otro legado de la globalización.

Se podría decir que, desde Walter Benjamín, la música, como arte, ha perdido su aura (su sentido, su esencia) pasada para ser tecnificada, programada, siendo multiplicada de forma masiva con un solo fin: comercialización (industria cultural), la cual va de la mano con la publicidad: reproducción de imágenes de ideas dominantes, porque la publicidad es una parte constitutiva de la vida cultural al igual que determinante. Ella ejerce una influencia directa y decisiva en los gustos, sensibilidades e imaginación.

El espectáculo pasa por los medios masivos. Internet, radio, televisión, prensa, cine y publicidad se convierten en nuestra cultura. Por eso la música se ha convertido en una cultura del espectáculo, en una cultura del escándalo, del chisme, de la diversión, la vida que no tiene sentido o rumbo alguno, la cultura no crítica, de falta de creatividad, la del no respeto a los valores, a la del entretenimiento que se convierte en pasión universal.

Hoy día resulta imprescindible la vida diaria sin la civilización del espectáculo, la moda, los deportes, la televisión, prensa, cine, la radio, música y entre otros. Ellos contribuyen en establecer distintas maneras de pensamiento en gran parte dentro de la cultura y sociedad en la nos encontramos. La música produce efectos incomprensibles en cada persona, desde las composiciones de sus sonidos creando armonías y tocando acordes, creando ondas recibidas y procesadas en nuestras mentes de formas increíbles. La música nos mueve, nos alienta, nos conecta. Pero, por supuesto, los actos nuestros en cuanto este arte no tienen como objetivo mejorarla sino llevarla cada vez más a la degradación de su aura, en donde ya no se estudia cómo sus letras tocan la vida de los hombres sino en cómo debería ser creada para que el hombre haga un consumo de ella.