¿La panacea que esperaba Colombia?

Reza un adagio popular: La peor diligencia es la que no se hace.

 

JUAN CAMILO MENDEZPor: Juan Camilo Méndez Giraldo

En los últimos días, retumba en la mente de los colombianos la propuesta incoada por la mesa de negociación del Gobierno Santos, sobre convocar a los connacionales a materializar su opinión acerca de los puntos que se han acordado hasta la fecha en La Habana-Cuba.

El plebiscito proviene del latín “plebiscitum”, el cual es una resolución tomada por un pueblo a partir de la pluralidad de votos. El ideal consiste en formular una consulta realizada por los poderes públicos para que la ciudadanía manifieste su consentimiento o inconformismo mediante el voto popular respecto a un determinado acontecimiento que atraviese un país.

Desde la promulgación de la Constitución de 1991 a la fecha, no se ha convocado a conformar otra Asamblea Constituyente, ni tampoco se ha realizado plebiscito alguno en el país que dé cuenta de la efectividad de este mecanismo para someter a consideración de los ciudadanos la participación efectiva en las decisiones que les afectan, a la luz del espíritu de la constitución, que le da prevalencia al constituyente primario.

La Ley 134 del 94 previó pluralidad de mecanismos en aras de que se garantizara la participación ciudadana en todos los escenarios posibles, y de esta manera, poder evitar el menoscabo de derechos fundamentales como lo son el derecho a elegir y ser elegido, entre otros. No obstante, cabe resaltar que  la ley es clara  para los casos en los que se pretenda realizar un plebiscito de carácter nacional dada su relevancia, además de que su ejecución  no podrá coincidir de manera alguna con ningún otro proceso en el que se vean involucrados sufragios, como eventualmente podrían ser las consultas populares de movimientos y partidos políticos, que según fuentes cercanas a la Registraduria, se realizarían en el mes de septiembre de este año.

Pues bien, en palabras de Mark Twain, “Tenemos el mejor gobierno que el dinero puede comprar”. Esta es quizá una de las disensiones planteadas hasta hoy, la famosa frase de le están entregando el país a las FARC, acoge en sí misma un sinnúmero de interpretaciones que de una u otra manera son las que han creado neblina en la mente de muchos colombianos, al punto de caer en la desinformación de qué se ha aprobado o no, y cuáles son las consecuencias que se derivan de los mismos.

El eje central de todos estos sucesos, tiene una pretensión inicial, y es la de materializar legalmente y jurídicamente, unos acuerdos humanitarios mediante un mecanismo previamente establecido, que cumpla con los mandatos impuestos por la Constitución, si bien todas las opiniones tienen cabida, como decía Caron de Beaumarchais: “No es necesario entender las cosas para discutir sobre ellas”. La apología por la paz, sea por el Sí o por el No, son legítimas en todas sus expresiones, pero lo que no se concibe es que se multipliquen como plagas las cadenas de desinformación, sacando de contexto el real y verdadero sentido de las cosas.

A la fecha, según la Registraduría Nacional del estado Civil, el número de colombianos habilitados para ejercer el derecho al sufragio y, por consiguiente, participar en las elecciones y en el ejercicio de los mecanismos de participación ciudadana, caso concreto del plebiscito, asciende a la suma de 34,729,241 colombianos,  de los cuales 16,776,834 son hombres, y 17,952,407 son mujeres, aparcando el mayor numero de sufragantes el distrito capital, el Valle del Cauca y el departamento de Antioquia.

En efecto, de la cifra anteriormente expuesta, solamente el (13%) del censo electoral vigente fue el umbral aprobado por unanimidad, el cual se  impone como requisito sine qua non en aras de aprobar el Plebiscito por la paz, donde se pretende consultar si están o no de acuerdo con que este sea el mecanismo para decir Sí o No a  lo acordado hasta la fecha entre ambos equipos negociadores. En últimas, se blinda el punto número 6 de la agenda de la paz, “ Implementación, verificación y refrendación” para dar continuidad a este proyecto de la Paz.

Seguramente no saldrá indemne el equipo negociador de Juan Manuel Santos del laberinto con las FARC, pero lo que si hay que hacer es morigerar entre todos, a fin de evitar más desgaste emocional y social. Curiosamente las víctimas del conflicto armado son las más dispuestas a perdonar, es preferible una paz imperfecta a una guerra perpetua, que siga desangrando familias y armándose de la pobreza para combatir.

Para concluir, no cabe duda de que somos miles los colombianos que discrepamos con el Gobierno Santos, pero lo que sí vale intentar es darlo todo por el otro, si pensáramos un solo instante:   No nos está extinguiendo la guerra, ni las inclemencias de la naturaleza, sino la frialdad y la indiferencia.