Porque nos aterroriza la idea de estar solos, o lo que es peor aún, la de perdernos en el otro, y a eso lo llamamos inteligencia emocional o lo hacemos pasar por amor propio, como si hubiera una imposibilidad de amar y sentirnos bien con nosotros mismos.

SEBASTIÁN AGUILAR 3Por: Sebastián Aguilar Betancurt

¿Por qué el amor es tan difícil en nuestros días cuando se supone que tenemos un sinfín de herramientas para encontrarlo? Hace poco sostenía una charla sobre el tema con una amiga cercana, compartimos varias ideas, pero no alcanzamos ninguna revelación milagrosa que nos permitiera entender el sinsabor que llega a veces con las relaciones –y las no-relaciones– modernas.

Se nos ocurrió que el amor nunca viene en la forma en que uno lo espera, a veces es más grande o más pequeño de lo que imaginamos, pero nunca en la medida perfecta, y que el proceso de encontrarlo –y mantenerlo– afecta en gran medida nuestras ganas de él. Sin embargo, no encontramos una razón lógica para comprender por qué tenemos que complicarnos tanto en algo que debería hacernos la vida más llevadera.

No demoró mucho en que se me ocurriera que como especie los humanos somos muy complejos, o más bien complicados, en cuanto a relaciones interpersonales se refiere, y que simplemente el amor es algo ajeno a la razón.

Queremos alguien con quien compartir nuestras vidas pero sin otorgarle la posibilidad de que nos hieran. Queremos alguien dispuesto a comprometerse con nosotros, pero al mismo tiempo queremos mantenernos seguros e independientes. Queremos el final de cuento de hadas sin realmente meternos en el cuento.

Vemos el amor como una competencia de egos en la que quien menos se apegue es el ganador. En otras palabras, queremos la fachada de una relación sin todo el esfuerzo que realmente requiere construir una. Porque nos aterroriza la idea de estar solos, o lo que es peor aún, la de perdernos en el otro, y a eso lo llamamos inteligencia emocional o lo hacemos pasar por amor propio, como si hubiera una imposibilidad de amar y sentirnos bien con nosotros mismos.

Lo preocupante es que esta es una enfermedad de nuestra generación, nos da miedo amar; hay toda una paradoja alrededor de este verbo tan temido, pero tan prostituido a la vez. Y la tecnología, lejos de ayudarnos a salir del limbo amoroso que nos hemos construido, ha entorpecido la manera en que concebimos las relaciones sentimentales, las ha vuelto exprés, como si fueran algo que uno ordena del menú de un drive thru para desechar al otro día.

Personalmente me gusta pensar que existe una medicina para este mal, que el amor a la antigua persiste para quienes nos tomamos el trabajo de construirlo y reconstruirlo día a día; que al final, como dice Rodolfo Páez, superhéroe del amor, lo que queda es abrazarse, confiar en el otro, amar y dejarse amar en medio de la balacera que es la vida.