IAN LOPEZ (NOV 2013)Me pregunto qué pensarían, si nos vieran en este momento, aquellos que murieron teniéndonos como una ciudad y una sociedad pujante y católica, pacífica, en paz, preocupada por el desarrollo de todos, atenta a las necesidades del vecino y, sobre todo, muy próspera en sus valores. Seguramente si Bárbara Caballero (para los más incultos: la Marquesa de Yolombó) se despertara de su postrada locura, los mataría a todos a zurriagazos por no haber podido canalizar, por el buen camino, la energía sexual y el detrimento moral que trajeron consigo el reguetón y las redes sociales.

Por Ian Lopez*

La era digital no sólo ha traído el iPhone, las casas que hablan y los vibradores de cuatro velocidades, reversa y palanca de cambios; también ocasionaron un significativo dejo de vergüenza en los ciudadanos, sobre todo en los más jóvenes, como si un tratamiento para repeler la baja autoestima por una infancia con sobrepeso, hubiera hecho de ellos seres (in)humanos inmunes a la vergüenza, e ignorantes de cómo diferenciar la vida privada de la vida pública, y mucho menos de conocer dónde se entrelazan, o hasta dónde le incumbe a la sociedad saber las intimidades de su vida cotidiana.

En las redes sociales se ha perdido la separación entre lo admisible y lo risible. Parece que las niñas se hubieran fijado la única meta de ser novias de traqueto para vivir a sus anchas, y los jovencitos estuvieran postulándose para el pregrado en Administración de Esquinas con énfasis en Exportación de Narcóticos. Por un lado, ellas visten cada vez más corto y con menos ropa, con colores más agresivos visualmente y cortes en las prendas cada vez más atrevidos, donde exponen sus temores y se aseguran, exhibiéndose, que son atractivas y tienen que seguir vomitando con la regularidad sagrada de quien toma pastillas para el corazón o para el amor; y por el otro están ellos: usando ropa dos tallas más grande, con botas en cuero amarillo y, de ser posible, hinchas futbolístico de esos que van a todos los partidos y siempre están acompañados de María; si tiene moto, pero se le desconoce que haya tenido profesión alguna, y, para completar, postea fotos en Facebook con armas, sean de verdad o de fulminantes, no lo dude más.

La inspiración viene, muy probablemente, de los vídeoclips de esos géneros musicales que parecen promotores de la sumisión de la mujer como objeto sexual, y su supuesto papel dentro de la cotidianidad. Los videos musicales son cada vez más atrevidos y monótonos; hay, básicamente, dos categorías: donde están las chicas bailando en top, eróticas, degradantes, en sudaderas Adidas y tacones de Louboutin, todo esto en Nueva York o Las Vegas: estos son de los cantantes famosos. Y otros donde están las chicas bailando en top, eróticas, degradantes, en sudaderas Ardidas y tacones Branchos, todo esto en El Poblado o en Chapinero; estos son de los demás.

Y aún así terminen de bailar la canción con dudas de que la damisela haya quedado en cinta, los espectadores o acompañantes ni se inmutan: es simplemente normal. Por eso en los colegios las niñas perrean en los actos cívicos, se consiguen novios a los 10 años y se dedican canciones de reggaetón con propuestas sexuales antes de los 13. La generación que viene delante de estos pequeños morbosos es la culpable, pues fueron quienes con su Bomba, Baila morena y Felina pusieron a toda una horda de niños a explorar sus cuerpos, pero acompañados. El mensaje de estas canciones iba aferrándose, lentamente, al inconsciente, y sus vídeos y letras se convertían en reflejos de la sociedad, de sus creencias, de su comportamiento y su pensamiento frente a la vida.

En Twitter el panorama no es más alentador, las mujeres tuitean fotos donde aparecen semidesnudas, o comprando ropa, o con su nuevo celular, o la dirección de su apartamento, hasta la marca de tampones que va a ensayar; mientras los caballeros no dejan de enviar fotografías de sus penes, traseros, bíceps/tríceps, espaldas y piernas, en el gimnasio, en la cama y en la ducha, principalmente. Cuadran citas por medio de DM o Mensajes Directos, que luego se convierten en públicos, y toman fotos de su lugar de trabajo, sus compañeros, su familia y sus propiedades y, nuevamente, de su pene.

Pero bueno, no todo es pornografía y drogadicción, también hay perversión y actos que humillan, aún más, la moral de la sociedad. O qué me dicen de Gabriela Hernández Guerra, la joven mexicana que se ahorcó y subió una foto momentos antes de hacerlo a Facebook, donde le decía a su amado que se moriría con una sonrisa de lo feliz que la hizo mientras duró. ¡¿Qué pretendía?! ¿Por qué exponer al escarnio público un acto aún tan castigado por la sociedad nuestra? ¿Cuál era en realidad el fin de esa publicación acompañada del acto en sí? Si su objetivo era matarse, pudo haberlo hecho sin tanto escándalo, que uno hace bulla es al nacer.

Las redes sociales se supone que deberían mejorar nuestras capacidades de interacción con otras personas; pero lo que hacen es ponernos un par de zorras de caballo de modo que solo podemos mirar a la pantalla, del móvil o del computador, y esperar por la aceptación o el rechazo de quienes considera sus 1400 amigos más íntimos. Y en últimas, ¿es culpa nuestra o de estos servidores? ¿Internet forma parte de nuestra vida o nuestra vida forma parte de internet?

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