No he escuchado nunca, por ejemplo, que alguien diga “Me siento luctuoso” o “Estoy ufano” en la plaza de mercado de los municipios. Pero sí el típico “A yo estoy muy triste”. 

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

En los tiempos recientes se ha criticado mucho las acciones de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) con relación a un supuesto elitismo y configuración idiomática que, dicen los críticos, responde sólo a las limitaciones que impone España; es decir que sólo se acepta una “nueva” palabra cuando su uso es bien marcado en territorio español. Pero no es así y el anuncio  de la nueva edición lo demuestra: la acogida de 19000 americanismos (que, claro está, aún son pocos) señala que la lengua no sólo está hecha y aceptada por determinaciones idiomáticas españolas, sino que el castellano lo configuran muchísimos países –preponderantemente de América Latina- creándose así una gran diversidad.

La acogida de palabras tan horrorosas (pero no menos importantes) como “amigovio”, “papichulo” o “birra” corresponde a una de las reglas que se utilizan para incorporar nuevos términos: que su uso se establezca en más de un país y no se límite, entonces, a ser regional. Una vez más se muestra que la lengua es diversa, rica, plural y colectiva.

Me atrevería a creer que el odio de algunos intelectuales hacia la RAE es más un cierto desprecio por la academia misma, por el uso de reglas o limitantes que supuestamente se le impone a cualquier persona que se expresa.  En el pasado quizá fue así pero ahora ha cambiado el panorama y se reconoce primordialmente lo que aquellos críticos han afirmado tan severamente: que el lenguaje lo construye el pueblo. Y no de otro modo se puede entender la aceptación de las palabras importantes y horrorosas: sin mayores dudas podría decir que ningún literato de renombre las ha utilizado y que si, en términos prácticos y razonables estamos hablando, no hay nada más clasista que el lenguaje literario. Los términos utilizados en las obras –de cualquier lengua- se expresan en un lenguaje muy diferente del cotidiano y eso perfectamente es lo que lo hace interesante.

Se me podrá increpar que no todos los escritores utilizan lenguajes complejos, pero considero que este argumento no es motivo para desacreditar el uso de un lenguaje literario: todos, absolutamente todos hacen usos de estructuras y de reglas idiomáticas; porque los términos no están separados de las formas o discursos lógicos y coherentes. No he escuchado nunca, por ejemplo, que alguien diga “Me siento luctuoso” o “Estoy ufano” en la plaza de mercado de los municipios. Pero sí el típico “A yo estoy muy triste”.

Así, pues, considero que lo que ha hecho la RAE incorporando estos americanismos es afortunado para el enriquecimiento del idioma y para la desacreditación de tantos intelectuales caprichosos que no logran ver, por rebeldía infantil, los matices de un enorme arcoíris.