Igual que los mafiosos, pensé. Su código ético al revés insiste en que no vale la pena trabajar y esforzarse, si coronando un negocio alguien puede forrarse en dinero para el resto de la vida.
Por: Gustavo Colorado Grisales

Los muchachos, llamados Daniela y Julián, convocaron a una charla en uno de los salones del Hotel Soratama de Pereira el sábado 15 de abril.

El propósito: hablar sobre el creciente universo del mercadeo a través de las redes sociales y las oportunidades de emplearse y ganar mucho dinero en las tiendas virtuales.

Hasta ahí sin novedad en el frente. Ya sabemos que todas las actividades del mundo material tienen su correspondencia en el planeta virtual: el sexo, la política, los deportes, la religión, la rumba y, desde luego, los negocios.

Lo singular del asunto estaba en el discurso. Una suerte de declaración de principios en la que se hizo énfasis en la inutilidad de la educación   frente a las posibilidades de   volverse rico haciendo negocios en la red.

“Fíjense nada más en nuestros padres y abuelos: se mataron trabajando, para acabar sobreviviendo de una mísera pensión”. Sentenció uno de los expositores ante un auditorio que respondió con gestos de aprobación. “En cambio yo dejé de trabajar por el salario mínimo y ahora me gano cuatro veces más que cualquier profesional. Pasarse cinco años en una universidad para salir a ganarse dos pesos no es negocio”, concluyó el hombre, no mayor de veinticinco años.

Igual que los mafiosos, pensé. Su código ético al revés insiste en que no vale la pena trabajar y esforzarse, si coronando un negocio alguien puede forrarse en dinero para el resto de la vida.

Por supuesto, lo que estos chicos proponen no es ilegal, si uno hace un análisis a simple vista, sin explorar en las profundidades. Pero en esencia se trata de la misma tentación del vértigo, del todo aquí y ahora, con el mínimo esfuerzo y haciendo todo lo posible por eludir los obstáculos del camino.

Pero la vida es mucho más que un negocio.

Porque no solo se va a las aulas a cumplir con un currículo a cambio de un diploma que nos permita competir en el mercado. Esa es apenas una pequeña parte del asunto, o al menos debería serlo. En la escuela, el colegio o la universidad aprendemos a reconocer y valorar a otros seres humanos. Allí recibimos las primeras claves de la convivencia. Como si fuera poco, los libros nos abren ventanas al mundo y a través de ellos nos volvemos diestros en pensar y argumentar. Adquirimos autonomía, disciplina, rigor.

 Por esa vía nos hacemos más humanos.

Estamos entonces ante la negación de todo un sistema de valores gestado y mediado por seres humanos para remplazarlo por un modelo en el que solo valen el dinero y la mercancía. El concepto de prójimo, de ser, de sentido, se desvanece ante los embates de una cosmovisión instrumental: el próximo, el vecino, el semejante, se esfuman para ser suplantados por el cliente: el que compra.

Se trata, ni más ni menos, que del desmoronamiento de las bases que nos han permitido sortear los escollos de la vida individual y colectiva.

Porque el vértigo es enemigo mortal de la paciencia y de la persistencia, esas dos virtudes que nos permiten hacer las empresas grandes y pequeñas, independiente de su naturaleza. Es más, son esas virtudes las que nos permiten interiorizar el poder aleccionador de los fracasos.

Eso lo saben muy bien los padres y abuelos de estos muchachos. No cabe duda de que sobreviven- y algunos malviven- con modestas pensiones, pero a lo mejor han llevado una existencia más plena, más llena de matices, forjada en la lucha sin cuartel por hacerse a un lugar en el mundo. Para muchos de ellos comprar y vender son apenas una manera de ganarse la vida.

No el sentido de la vida.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada. 

https://www.youtube.com/watch?v=Fkjkgh3_9ZU