¿Qué recuerdos tienen esos niños de su infancia primera? ¿sabrán jugar a la pelota? y si les contamos la historia de Pinocho sin metaforizar, o la de Pulgarcito, sin necesidad de enseñarles lo que eso significa.

 

Por: Diego Firmiano

La ciudad puede cartografiarse desde cualquier ángulo. Ya no basta el estudio sociológico para comprender que, en Pereira, las cosas no son como antes, o mejor, la ciudad está en constante flujo de personas, que vienen y van y otras están acá reubicadas a fuerza de lid. Es el caso de los niños Embera-Chamí, que se pueden encontrar en la plaza principal de la ciudad, en el puente que conecta al centro con la Circunvalar, en El Lago, o en cualquier parte de este entramado urbano.

Uno se pregunta, ¿es que acaso Caperucita o el Hada Madrina no quiere a esos niños? Uno los ve tan infantiles, tan mendicantes, tan vulnerables a lo que pueda sucederles. Es cierto que, en su cosmovisión, elaborada en sus comunidades autóctonas, estos cuentos occidentales no calan, pero el traspaso de un ambiente natural -animales, ríos, aire fresco, bosques imponentes- a una ciudad gris, fría, vertiginosa, constituye un gran pecado capital, si se quiere usar la frase del etólogo Konrad Lorenz, Gandhi u otros pensadores sociales.

Ellos pegan una carita feliz en la camisa de las personas, pero ellos no son felices. Piden, pero no necesitan a la manera de un vividor. Algunas personas miran con desdén al ver sus cuerpos untados de pobreza; otros aprecian, indiferentemente, como la tarde los alcanza, blandamente adormecidos ya en el regazo materno.

Aunque antes de apreciar a esos infantes, se posa la mirada sobre esas mujeres, es decir, sus madres, sobre las que recae el juicio a priori, de que están mal al exponer a sus hijos a pedir dinero a los transeúntes. Sin embargo, pocos preguntan, o solo algunos se arriesgan a indagar el por qué piden (aunque se sabe, es para comer), y unos cuantos entienden que esa sonrisa que esbozan al abordar a alguien, nace de una boquita huérfana.

¿Dónde está el padre? No es una pregunta que debería hacerse. Eso es freudiano. Mejor ¿dónde está el servicio social o la benevolencia ciudadana? Aunque esto tampoco parece ser una respuesta. Esa frase china, sacada de la Cochinchina de “Dale un pez a un hombre y comerá hoy. Enséñale a pescar y comerá el resto de su vida”, no es tan importante cuando de remendar una vida rota por la sociedad se trata.

Sin embargo, hay que aclarar que, aunque existe una despersonalización propia de un capitalismo mal entendido, ni el hombre, ni el sistema son respuesta para esos niños que, desgajados de sus comunidades, los han insertado en otra, que bien o mal los recibe, pero no los entiende.

¿Qué recuerdos tienen esos niños de su infancia primera?, ¿sabrán jugar a la pelota? y si les contamos la historia de Pinocho sin metaforizar, o la de Pulgarcito, sin necesidad de enseñarles lo que eso significa. Solo el recrear por el recrear a un niño.

Hay un reto de llenar, más de que de monedas, la imaginación de esos niños Embera-Chamí, que deambulan por la ciudad, como un ejército de chiquillos de cara sucia y corazón límpio. Entreguemos más imaginación y menos miradas lastimeras, porque revirtiendo esa frase cruel de que “el infierno son los otros”, también una persona, para ellos, puede ser el cielo.