Entonces la pista volvió a explotar, como si el sonido los transportara a una playa antillana y no a una reconsideración del orden del mundo: por los parlantes, en un himno para mover el esqueleto, Shaggy hacía lo suyo: Check the state of the world we live in can’t you see it’s a cryin shame (Forgive them)

 

Por: Giussepe Ramírez

Hace una semana, mientras me tomaba una cerveza en un lugar emblemático de la universidad donde estudié, un desconocido me dijo, con un porro en la mano izquierda echando un humo espeso, que el lugar donde estábamos era una zona de tolerancia. Creo que no se equivocaba.

Pero lo que voy a contar no es sobre drogas ni una fiesta épica tipo Hangover, o el desmantelamiento de una mafia dentro de la universidad. Nada de eso.   

A quien lea la siguiente historia y estudie en una universidad privada (pasto chino, fuentes de agua en mármol, prohibición de consumo de alcohol y drogas en el campus y a varios metros a la redonda, jamás olor a lacrimógeno ni explosiones retumbando en los salones), le parecerá extraño que en la mía se pueda rumbear hasta las diez de la noche, afuera de una facultad cualquiera, mientras en los salones de arriba dictan clases de posgrado. Pero así es la mía.

A un amigo, al que llamaremos P., le pidieron el favor de ser Dj en la Bienvenida de semestre de la facultad. En otras ocasiones ya había demostrado cierta habilidad para poner a gozar a la gente con su selección musical. Yo lo había acompañado alguna vez en su tarea. Lo que más me había gustado en esa ocasión fue la energía de la gente y que nos regalaran cerveza por lo bien que la estaban pasando. Decidí acompañarlo también en la bienvenida de este semestre, aunque con la pretensión de tener más influencia sobre la música que iba a sonar y el crédito y las cervezas que implicaba.

La bienvenida inició alrededor de las cinco de la tarde, con pocas personas y dos bafles puestos estratégicamente para contrarrestar la mala acústica del lugar. Acordamos turnarnos para poner una tanda de tres canciones cada uno. Abrimos la botella de vino que habíamos comprado y servimos en vasos de plástico (yo esperaba que cuando se acabara llegaran las cervezas generosas de los asistentes).

Los estudiantes de posgrado miraban curiosos antes de entrar a clase.

Los errores empezaron cuando quise saturar de salsa a la gente. P. me decía que pusiéramos un merengue para variar, pero yo me negué y él me hizo caso. Alguien se acercó y se quejó por tanta salsa: “Solo van a poner salsa o qué”. P. me miró con disgusto, mientras me decía que no fuera terco, que él sabía cómo era la movida. Entonces puso un merengue. Salió mucha gente a bailar. “Qué te dije”, comentó P. señalando la pista llena e improvisada.

Antes de que fuera de noche, acabamos la botella de vino. Las cervezas no llegaban.

Se hizo de noche. Una secretaria salió de trabajar y, al pasar por mi lado, me dijo que respetara a los de posgrado y le bajara a la música. Miré el ambiente, medí la temperatura. No hice caso.

Pasa mucho que las canciones que hacen gozar a la masa no tienen que ver con sentimientos de alegría y desenfreno, sino más bien con una denuncia y una alerta que suena chévere y pegajosa. Entonces la pista volvió a explotar, como si el sonido los transportara a una playa antillana y no a una reconsideración del orden del mundo: por los parlantes, en un himno para mover el esqueleto, Shaggy hacía lo suyo: Check the state of the world we live in can’t you see it’s a cryin shame (Forgive them) / Leadership fails before it begins motivated by personal games (Forgive them) / Tempers flare and patience ware ten finger pointing but who is to blame / Repent, repent, repent, repent.

P. intentaba conquistar a una mujer. Se iba unos minutos para hablar o bailar con ella, y yo me quedaba contento con el control total. Creí que le había tomado el pulso a la gente y cuál era la canción que debía sonar para no dejar decaer el ambiente. P. regresaba de sus coqueteos y yo ya no me quería levantar del asiento. Le había dado un pequeño golpe de estado.

La gente se acercaba y solicitaba canciones que no iban con la onda del momento; otras, pedían canciones pertinentes y que podían subir los ánimos. Yo me desubicaba mucho cuando insistían en una canción y la persona hacía pucheros para ablandarme. Una alemana pidió Safari de J. Balvin. A la primera oportunidad la reproduje y la alemana, mientras bailaba con algún latinboy, me hizo pulgar arriba y esbozó una gran sonrisa. Me gustó esa muestra de aprobación, pero las cervezas no llegaban.

Navegamos por la salsa-choke, el dance hall, el merengue, la bachata (a esa altura de la noche la salsa parecía olvidada) y el reggaetón. P. desaparecía por periodos más largos, hasta que regresó con rabia y se quedó a mirar cómo mandaba al traste toda la fiesta con la última canción.

El vigilante de la facultad se acercó y dijo que las últimas tres canciones y apagara. A mi lado, casi arrodillada, una mujer me rogaba que pusiera No me trates de engañar de El general. En ese momento me negué, pero hoy me arrepiento, porque esa habría sido mejor para cerrar la noche.

El momento de la última canción era inminente. A mí no se me ocurría cuál. Un tipo se acercó y sugirió: “Cuatro babys, ponete Cuatro babys”. Alrededor mío revoloteaban algunos que no bailaban porque no sabían o porque solo querían estar ahí, mirándome, y fueron ellos quienes me dijeron que no la pusiera, que la iba a embarrar feo. Me nublé, me desubiqué, me azaré, no se me ocurrió otra y la busqué en youtube. La mujer de El general seguía con su petición terca; solo recibía negativas de mi parte. Sentí una especie de vacío cuando escuché Ya no sé qué hacer / No sé con cuál quedarme. Las mujeres y los hombres, reunidos desde hacía tres canciones en un movimiento espasmódico y sensual, cantaron y saltaron y alzaron las manos. Vista de lejos, esa escena parecía el broche de oro de una Bienvenida de semestre. Sin embargo, a dos metros de donde yo estaba sentado, crecía la indignación. Una mujer española me señaló y me llamó cómplice del patriarcado, otros me lanzaron miradas de desaprobación y malestar negando con la cabeza. “La cagaste”, decían al pasar. Y yo quería largarme de una vez.

Solo faltaron los tomates en mi cabeza para cerrar la noche. Nunca merecí las cervezas generosas de la gente. 

@Animalmoribundo