SIMON BLAIRVer a unos indios bailando como si nada, bajo ese gran circo llamado iglesia o catedral, mientras los santos blancos de porcelana los miraban con ese gusto carnal daba escalofríos.

 

Por: Simón Blair

Hace pocos días salía por televisión la noticia sobre las cenizas de la madre Laura; una cajita donde se cree que se encuentra el polvo de una costilla de la hace poco canonizada. Como es normal en los noticieros de alto rating, y que viven sólo para eso, les interesa más la propaganda religiosa que cualquier otro tipo de noticias que también son del gusto del pueblo; amarillismo del más alto estrato. Como esto es normal, pues bueno, la noticia también es normal…dirán algunos.

Los que estamos acostumbrados también nos parece lo más normal, lo que se reproduce día a día y no tiene conclusión.  Pero llegó un momento que no me pareció del todo consolador o normal (disculpen estas repeticiones) el punto en que aparecieron ante la pantalla unos indios con todos sus trajes típicos, incluyendo los taparrabos, danzando en círculos alrededor de la caja donde se encuentra el polvo de la costilla.

Ver a unos indios bailando como si nada, bajo ese gran circo llamado iglesia o catedral, mientras los santos blancos de porcelana los miraban con ese gusto carnal daba escalofríos. Lo que quizá fue peor es la sonrisa de ellos de aquí-no-pasa-nada.

Laura Montoy, se dedicó después de cumplidos sus 40 años a educar a los indígenas Embera Chamí, después de que monseñor Maximiliano Crespo Rivera le diera la bendición (aprobación). Esto da risa, ustedes se imaginan: ¿un religioso de alto rango negándole a una monjita y a otras tantas su entrada genuina a una comunidad en donde no sé sabe quién es ese dios de barba larga y blanca que reposa en las nubes, mientras tiernos y gordos angelitos le ofrecen uvas chilenas de las más caras? Pedir permiso es hablar con redundancia.

Pero, bueno, quisiera retomar al asunto que considero primordial en esta columna: ¿una monja enseñando? Sí, no es nada raro, el problema está en ¿qué enseña una monja? Según sus fuentes biográficas no recibió instrucción en matemáticas, ciencias o alguna otra materia de verdadera índole educativa. No, ella se dedicó a evangelizar, a alienar, a construir el conjunto educativo como una muralla para la gente ciega.  Primero, en todos los colegios en que trabajó, incluso como directora, después con los ya mencionados Embera chamí.

Uno cree en los ideales en los que se formó, y cree que ellos son eternos, indiscutibles y seguirán navegando por el río del tiempo. Esto es posiblemente en lo que creyó Laura y no hubo marcha atrás. Creyó que estos “hijos del demonio” necesitaban escuchar la palabra de su dios, para que que así pasara de generación en generación, como la mayoría de las creencias irracionales.

Pasar de la absurda creencia del jaibanismo al cristianismo es una vuelta de 360 grados: una vuelta del bobo. No estamos llegando a ningún lugar. Es más, Laura cometió una injusticia, una degradación. Los Embera, por lo menos, adoran al trigo, éste a su vez los alimenta. Una causa, aunque sumergida en el engaño, más comprensible.  Cuando escribo esto no puedo  dejar de recordar las palabras de George Carlin mientras ofrecía uno de sus espectáculos. Aunque no sé con exactitud milimétrica sus palabras, puedo hacer un ejercicio de memoria: “Los indios por lo menos tenían un motivo para alabar a su dios el sol, él los calentaba, les daba abrigo, era colaborador en el proceso alimenticio, hacía perdurable la vida en la Tierra”.  En cambio, ¿qué nos ofrece este dios cristiano? ¿Una vida entregada a la resignación, la ignorancia  y la tortura? ¿Un camino de luchas, de desastres y al final una salvación? ¿A qué juega?

Laura jugó con los indígenas y ahora ellos, influidos por su “educación”, danzan bajo una catedral que no les pertenece. O que les pertenece bajo el manto del engaño; una farsa aún más profunda que sus creencias innatas.

No veo, pues, ningún sentido para el cambio. Las creencias de los Embera chamí son tan estúpidas, que adoptar la estupidez del cristianismo no los aparta de su destino común.  Estaban engañados y seguirán engañados. No importa si bajo una catedral o bajo una casa de paja. No importa si aspiran el humo del incienso, o si se drogan con el humo del chamán. Un engaño es un engaño, y las causas, en este caso, no importan.