La principal razón es que en La señorita Cora existen múltiples personajes que intervienen; en cambio, en Las babas del diablo es un solo personaje el que narra. Un modo, aunque ambiguo de explicarlo, es que hay dos narradores pero el que habla es el mismo personaje, una suerte de desdoblamiento caprichoso.
Mudar de narrador debe ser un recurso dominado por un escritor. Sin embargo, hay formas complejas de usarlo. Una manera es hacerlo sin avisar, después de un punto seguido o una coma. Cortázar jugó con estas posibilidades en sus cuentos.
La señorita Cora no prepara al lector para la técnica del cambio de voces como sí se hace en Las babas del diablo. La principal razón es que en La señorita Cora existen múltiples personajes que intervienen; en cambio, en Las babas del diablo es un solo personaje el que habla. Un modo, aunque ambiguo de explicarlo, es que hay dos narradores pero el que habla es el mismo personaje, una suerte de desdoblamiento caprichoso.
En Las babas del diablo la advertencia se presenta en el primer párrafo: «Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada». Por el contrario, La señorita Cora entra de inmediato en la historia, sin prolegómenos ni advertencias. Aunque resulta más simple explicar las mudas del narrador en La señorita Cora, no deja de ser un cuento más complejo y exigente que Las babas del diablo; lo más posible es que si el lector no está acostumbrado al artificio, a esa sucesión de voces en el mismo párrafo, abandone el cuento rápidamente o pierda el hilo de la historia.
En La señorita Cora advertimos esta muda en la primera página, cuando la voz de la madre le va a dar paso a la del hijo: «Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón». Podría ser un diálogo, pero no hay guiones, solo un punto seguido. Una muestra de la atención que debe poner el lector para no perder de vista la historia.
En otro texto analizaré detalladamente La señorita Cora. Por ahora nos ocuparemos de la historia y las mudas del narrador en Las babas del diablo.
Las babas del diablo es un cuento sobre un fotógrafo aficionado, Roberto Michel, que sale a pasear con su cámara Contax al hombro y camina por la isla Saint-Louis hasta que ve una escena que llama su atención y espera el momento adecuado para tomar una foto. En el cuento encontramos la siguiente muda del narrador: «Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas…». El cambio de narrador sería de lo más común si esa entidad pudiera separarse, pero en este caso Michel y el que puede quedarse sentado en el pretil del río, son la misma persona.
Encontramos este otro ejemplo más ilustrativo: «Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia».
De esa técnica está plagado todo el cuento, que no supera las diez páginas.
Como decisión narrativa, estas mudas no aportan en la historia, no interfieren en su curso, es más un juego o un experimento. La historia podría haber sido contada en primera o en tercera persona, usando como narrador al fotógrafo que revela la foto en su estudio y recuerda la historia y el conflicto detrás de ella, o al narrador que ve al fotógrafo revelar la foto en su estudio y recuerda la historia y el conflicto detrás de ella, sin que perdiera significación e intensidad.
En cuanto a la historia, podría usarse como manifiesto para un fotógrafo o para un escritor, para alguien que debe tener el oído y el ojo aguzado a lo que pasa a su alrededor: «No se trata de estar acechando la mentira como cualquier reporter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche». Estar alerta a la belleza, al misterio, al sortilegio de lo cotidiano.
La tensión se sitúa en el encuentro en un parque entre un adolescente y una mujer mayor. ¿Cuál es la transacción, qué es eso que el fotógrafo espera atrapar con el encuadre? La obsesión de Michel con esa fotografía lo lleva a ampliarla muchas veces y fijarse tanto en los detalles que adquiere movimiento y detona el desenlace, la resolución del misterio.
Debo ser honesto. Aunque en todo el texto he mantenido la teoría de que en Las babas del diablo hay dos narradores, al terminar de escribirlo me vuelve a asaltar la duda de si es un solo narrador y quise complicarlo diciendo que eran dos. No lo sé. Todo es culpa de Cortázar.



