¿Qué hace el narrador del cuento de Cortázar Después del almuerzo?  “Llevarlo” de paseo. ¿A quién? Esa es la bala que Cortázar le aloja en la cabeza al lector, una bala que probablemente nunca sea extraída —tal vez sea una definición acertada de un buen cuento: una bala alojada en la cabeza que estruja los sesos.

 

Por: Giussepe Ramírez

¿Qué hace usted después del almuerzo? Seguro vuelve a su trabajo con la molicie respirándole en la nuca; o va a dormir una siesta placentera; o entra al baño a liberarse de un agobio; o prepara un café para disponerse a su lectura vespertina. En fin, algo que repite cada tarde sin que represente desasosiego. ¿Y qué si no, si debe hacer algo que no le gusta y eso tenga toda una carga dramática?

Hay cuentos que le vuelan la cabeza al lector, que lo dejan en estado cataléptico aventurando hipótesis traídas de los cabellos, en fin, a jugar con posibilidades y conjeturas. ¿Qué hace el narrador del cuento de Cortázar Después del almuerzo?  “Llevarlo” de paseo. ¿A quién? Esa es la bala que Cortázar le aloja en la cabeza al lector, una bala que probablemente nunca sea extraída —tal vez sea una definición acertada de un buen cuento: una bala alojada en la cabeza que estruja los sesos. La hipótesis más popular (hay cortometrajes con ella) es que el narrador saca a pasear a su hermano mongui, pero podría ser cualquier cosa: un perro con retraso, algún objeto que cobra vida para esa familia o un extraterrestre. Sabemos que es la segunda vez que “lo” pasea, porque la anterior y única vez hubo «esa cosa horrible con el gato de los Álvarez». Sale con “él” a regañadientes, obligado por la mirada autoritaria de su padre.

Podría ser un paseo sosegado por las veredas de Buenos Aires hasta llegar a la Plaza de Mayo. Pero no, es un drama, una angustia que el narrador le transmite al lector, una incomodidad que crece a medida que el cuento y los dos personajes avanzan por las calles bonaerenses; incluso hace sentir desprecio por su acompañante, sin que se sepa gran cosa de “eso” que desprecia, solo que le gusta mojarse en los charcos y lanzarse por la ventanilla del tranvía y hacerse el que no escucha las palabras.

Tal es el desprecio, que el narrador “lo” abandona en un banco de la plaza, y se larga al paseo Colón. Pero vuelve, siente algo en el estómago y vuelve a recogerlo, a llevarlo a casa. ¿Por qué vuelve? ¿Por qué, si tanto le incomoda sacarlo de paseo, no lo deja abandonado en la plaza y vuelve a casa solo? Conciencia moral, temor a la reacción del padre, un afecto recóndito. Podría ser alguna de esas cosas o todas juntas, o ninguna, no sabemos.  

Es probable que el lector tenga la esperanza y suponga que el narrador le revelará al final del cuento la identidad de “él”, del paseado, que le dirá por qué su reticencia a “sacarlo”, pero entonces pecaría de facilista, de perezoso. Precisamente ahí, en ese dato escondido, está el veneno, la pólvora de la bala, la segunda historia. El recurso del dato escondido se popularizó con los cuentos de Hemingway. A propósito, Mario Vargas Llosa anota lo siguiente: «En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas.» El cuento más popular en que el escritor norteamericano usa este recurso es Los asesinos. También podemos encontrarlo en un cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro: Bárbara, donde una carta escrita en polaco se queda sin traducir. Después del almuerzo es otro para agregar a la lista de esos cuentos que le alojan una bala en la cabeza al lector porque el narrador, hábilmente, esconde el dato más importante de la historia.

Pero no se crea que es fácil y puede conseguirse borrando un párrafo o una línea. El disparo debe ser con sutileza, sin fogonazo ni ruido.

@Animalmoribundo